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El fraude es el sentimiento más hermoso del mundo

Somos ideas de otras personas, lo que representamos vive dentro de los otros. A veces ‘ellos’ se borran porque desaparecieron, no cruzaron palabras, algunas madrugadas aquellas miradas resurgen.

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Toda historia de amor que vale la pena, solo necesita un arma y una mujer. Estaba en la tina, pensando, ahí pensaba todo, la cama era el segundo lugar en el que se cocinaban los mejores y peores pensamientos. Tomó el libro que descansaba en la mesita junto a la tina. Los personajes de las películas de Godard leen en la tina. Puedo intuir cómo sucedió todo: una mañana aburrida, al salir de un largo baño, se vistió. Pantalones vintage de mezclilla, blusa negra, chamarra estilo 50’s, lentes obscuros. Una visita al café nuevo en su calle, ponerse los audífonos, las personas siempre le aburrían. Cansada de voces huecas, repetitivas. Pensó en un segundo baño de tina, se conformó con un regaderazo rápido. Tumbada en la cama, noqueada por el cansancio de la soledad. Cuando abrió los ojos, la avenida repleta de luces giraba bajo la ventana. Decidió bajar. Algunos corredores, perros solitarios sin correa esperando a personas que hablaban por celular. En el cruce con avenida Sonora se detuvo a pensar en aquella última llamada. Caminó hasta Nuevo León. La ciudad es un animal rencoroso. En su memoria: las puertas de cristal remachadas en metal rojo, el piso cuadriculado negro-blanco. Barracuda Diner se sentó en la barra, pidió una malteada de cereza con vodka, recordó cuando años atrás el bartender había hecho ese trago especialmente para ella. Las personas estaban demasiado solas. Hablaban. La necesidad de comunicar algo, realmente nos aísla. Fue un día nublado, el sol desapareció como un espejismo apenas visible entre el cielo gris y lánguido. A veces estaba triste, las cejas enmarcaban una mirada sombría que por momentos lograba brillar. No le gustaba ir al cine, prefería las drogas duras, un libro, la tina de baño. No le interesaba el amor, no lo conocía, le parecía una mala mentira. Cuatro años atrás tuvo el impulso de entrar a la iglesia, estaba por hacerlo cuando una mujer se le acercó, tomó una de sus manos.

Era una vidente, le dijo que ella era la reencarnación de Marilyn Monroe, que sufriría por un hombre, morirás por tantas pastillas, ten cuidado, no leas en la tina. Ella no sabía inglés, no le gustaba. Las tinas y barbitúricos son clichés, cualquiera podría acertar lanzando predicciones absurdas. La duda es un animal ponzoñoso. Un viaje a los Ángeles ese verano, con miedo se dio cuenta que entendía todos los letreros y conversaciones. Vio a la vidente un par de veces más, siempre se citaban en el Lucky, un café cerca del barrio chino en el Centro de la ciudad, una tarde ella no acudió a la cita, borrándose para siempre, no volvieron a verse. Somos ideas de otras personas, lo que representamos vive dentro de los otros. A veces ellos se borran porque desaparecieron, no cruzaron palabras, algunas madrugadas aquellas miradas resurgen con engañosa fuerza desde algún sitio. Aquella tarde, ella caminó sobre la calle de Ometusco, tambaleándose, demasiado alcohol, pastillas. Llevaba puesta una camisa de hombre, ni siquiera podía recordar el nombre de la persona a la que pertenecía. Atravesó el parque. Los corredores le parecían tan deprimentes. ¿Por qué somos ideas de otros? ¿por qué tenemos que conformarnos con ser lo que otros sienten por nosotros? Entonces se atravesó en su camino el Barracuda, fue la primera vez que entró. Pidió una Red Neck con aros de cebolla, malteada de cereza, estoy cruda, esta camisa apesta, ten piedad de mí. El bartender extendió aquella malteada con una dosis secreta de vodka, vermouth rojo, unas gotas de ginebra. Estaba en la segunda malteada cuando dos tipos entraron empujando un bote de basura con ruedas y bolsas de plástico encima, trabajadores de limpieza. Uno de ellos sacó de una de las bolsas de su overol un fogón, el otro un hacha.

—Vamos, echen al bote carteras, relojes, portafolios, aretes. Todo, cabrones, hasta sus zapatos. Rápido, yuppies de sexta. Mamones pretenciosos.

Levantó la mano, al ver que la ignoraban, intentó levantarse; uno de ellos se le acercó apuntándole en la nariz.

—¿Quién demonios te crees?

Lo miró con carita de perrita asustada.

Yo no soy yuppie, nací en la Bondojito.

Lo miró fijamente, dejó de apuntarle cagándose de risa.

—Bien, tú no. Agarra una bolsa, mete todo lo que puedas en ella, deja sin nada a estos idiotas.

Probablemente la asaltó el remordimiento al hacerlo, el fogón no parecía de plástico. Aquella cara: la de un verdadero hijo de puta, bonito. Un hijo de puta, a mí me da más miedo un hijo de puta bonito, que uno feo. Con gritos, advirtió que si alguien se alteraba, comenzaría el fuego. El cómplice empezó a comerse los aros de cebolla de alguien. Una camioneta se detuvo en la puerta, Durango blanca. El conductor portaba una máscara de halloween, en esos días era normal cualquier cosa, podías ver la botarga de Mr. Simi comiendo en un asqueroso Mac-Donalds. El tipo se quitó la máscara, se puso unos lentes estilo 50’s, el tipo del overol que masticaba los aros de cebolla parecía modelo en plena pasarela. Una nariz perfecta. Ella reparó hasta ese momento que el más guapo y agresivo llevaba camisa blanca, pantalón arremangado estilo Marlon Brando, botas de motociclista, chamarra negra, acomodó su tupé. Se miraron. La besó. El mundo siempre espera por los amantes, un beso todavía es un beso. Cuando la camioneta se puso en marcha, tal vez pensó que el mundo era perfecto, por dentro, enormes ganas de reírse. Deseaba quitarse la camisa del tipo del cual no recordaba el nombre. Sonaba Hound Dog; él sujetó el vaso de su malteada, bebió lo que quedaba rápidamente, sacó nuevamente una pistola.

—¡No me gustó!

Disparó al plato en el que reposaba la hamburguesa de un tipo que miraba fijamente hacia la puerta, explotó en aquella cara, un llanto nervioso recorrió el local. Una carcajada, era ella entre los gritos y meseros huyendo a la cocina, las personas tratando de escapar se aplastaban confusamente. Bajó la cortina amagando al valet parking que entró al ver algo extraño. Después caminó hasta la caja disparando al circuito cerrado, descolgó los teléfonos del lugar, le pidió al cajero que hiciera el corte y pusiera todo en una bolsa. Sacó una cajetilla, encendió un cigarro, echándole el humo en la cara, la miró. Su espalda hermosa avanzó al futuro inmediato: el recuerdo. Al día siguiente ella regresó, así lo hizo durante años, nunca pudo verlo otra vez. Leer libros en la tina no pudo apartarla del humo sobre su rostro, del olor de aquella bestia magnífica. Del beso que significará hasta su muerte: un beso. A ella le pareció hermoso que disparara en la hamburguesa aquel hombre. El amor es la idea de la que ignoramos todo. No regresó al Barracuda, hoy la cortina está abajo desde hace semanas. La ciudad colapsó, nadie sonríe en la mesas del diner. El instante no regresa, jamás nos pertenece. Los personajes de las películas de Godard jamás le explicaron que los sitios que amamos pueden borrarse. No hay vuelta atrás. Y nadie le dijo que las personas que saltan al vacío no le deben explicaciones a nadie.

* Escritora. Autora de la novela ‘Señorita Vodka’ (Tusquets).

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