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Viernes , 22.06.2018 / 12:35 Hoy

El fotógrafo y su pollino

Es el año 14 del siglo XXI, por calles y avenidas aún circula don Burra, el fotógrafo ambulante o callejero y de eventos especiales en el barrio, donde habita con su familia y el asno sobre el que retrata a los chamacos.

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Emiliano Pérez Cruz

Anda medio preocupado por la nueva legislación que protege a los animales: para ejercer su oficio y ganarse la voluntad de la clientela, camina arreando a su burra; cuando alguien solicita sus servicios, ella juega importante labor: será personaje, acompañante, ser decorativo, montura sobre la que aparecerá forever la personita elegida para aparecer en la foto.

Y no se la vayan a hacer de pex los protectores de los animales por explotación animal, maltrato, o por no otorgar las prestaciones de ley al jumento. A eso teme don Burra, al tiempo que señala el camellón arbolado para que sirva de escenografía:

—Véngase pa’ la sombrita, acá está verde.

¿Quién quiere un recuerdito, la foto del irrepetible acontecimiento captado para la eternidad? Muy pocos ya, la verdad: la tecnología ha logrado que cada poseedor de un teléfono o una cámara instantánea haga sus propios registros del otrora llamado Momento Kodak.

Don Burra aún utiliza cámara analógica, rollos de 100 ASA; se toma su tiempo para determinar que la apertura del diafragma y la velocidad de obturación sean acordes a la sensibilidad de la película, para que las fotos no salgan subexpuestas, oscuras; o sobreexpuestas: muy claras o quemadas, según explica al cliente para atenuar las prisas.

A su edad no es tarea fácil: la vista le falla; algo corrigen los anteojos, pero sufre para ver los numeritos de las lentes. Con todo, su oficio le sigue proporcionando lo elemental para subsistir con su familia y alimentar al asno, su fiel compañero y socio laboral, enjaezado con frutas y verduras de plástico que ya dieron lo mejor de sí aunque algún colorido aportan al pollino para solaz de la clientela.

Don Burra ya no acude a las domingueras dominadas que se armaban en casa de don Fer, el tapicero. A ella concurrían con sus respectivas chiquilladas don Chiquito, el yesero; don Chava, de oficio taxista; don Sera, qepd, chofer ferretero; Pelanchita, la criadora de gigantescos marranos; Lena, la tendera, y su marido el Tenango, administrador nocturno de un hotel de paso en Niño Perdido.

Desde el resistente tocadiscos fluían canciones rancheras, corridos, boleros, cumbias y hasta valses para que, quienes no jugaban dominó se entretuvieran bailando y entrándole con fe a la botana y a las cubas. Quesadillas, tostadas de pata o tinga, agua de jamaica, trozos de chicharrón y salsa de chile morita con jitomate asado volaban en un santiamén. Los más deportistas se sobaban la panza y emocionaban frente el televisor ante la proximidad del ¡goool!

Las partidas de dominó se sucedían, al calor de los tragos de Don Pedro o Ron Havana con agua mineral y pintadito con refresco de cola. Pobre de quien quedara zapato en la dominada: le tocaba adquirir dos pomos para la reunión del domingo siguiente.

Las esposas aprovechaban para ponerse al tanto de los acontecimientos en el barrio y dejaban sueltos a los chiquillos para que jugaran a las escondidillas, a los encantados, al burro entamalado; ay de aquel que entrara gimoteando, porque se exponía a recibir dos que tres manazos por interrumpir el chisme de las doñas.

Antaño don Burra esperaba ilusionado el Jueves de Corpus. No se daba abasto para atender la solicitud de servicios para retratar a bebés y niños vestidos con manta, jorongos de jerga, huaraches y sombrero de palma para ser bendecidos en la iglesia ese día de las Mulas.

Don Burra no se arredraba y uno de sus hijos le auxiliaba cargando en la cámara de repuesto los rollos y anotando las direcciones de las vecinas para entregarles la foto del recuerdo, tras revelar los rollos en la calle de Argentina, centro histórico del DeFe.

—Eran otros tiempos —se queja don Burra—. Ora todo mundo se siente fotógrafo y el trabajo escasea. Es difícil, la verdá, pero ni modo: diario salgo a ver qué encuentro, lo que sea. Algo es algo.

Ahora le ha pegado con fe la diabetes y de repente desaparece del escenario durante días. La presión alta y el dolor de piernas le impiden trabajar. Acude al centro de salud —“la beneficencia”, le llama él— y con resignación busca acomodo en la atestada sala de espera. Con un gruñido responde a los saludos de la gente e ignora la constante pregunta acerca de la salud del asno.

—Por ai anda el burro ese —responde en ocasiones.

Sale con la receta en mano y se dirige a la farmacia para que le surtan los medicamentos contra la diabetes, la presión alta, la retención de líquidos, la gastritis y colitis y otros achaques que le hacen ver su suerte, sobre todo por el alto costo para combatirlos.

Pero apenas se siente mejor don Burra, se da un baño y viste como siempre: pantalón y camisola color beige, zapatos mineros, sombrero tejano del mismo color y la mochila negra, cuadrada, donde guarda las cámara, rollos y la libreta donde anota las direcciones. Acomoda sus gafas y allá vamos. Un día más.

Lo mismo anda, aunque cada vez con menor frecuencia, en quinceaños que en bodas, confirmaciones y bautizos, en graduaciones y onomásticos, aniversarios, inauguraciones, fiestas patronales… Se resistió a incursionar en las grabaciones de video. La foto era lo suyo. En blanco y negro, sobre todo. Le gustaba revelar en el cuartito que para tal fin habilitó en su terreno. Pero la llegada del color y el encarecimiento de los químicos le hicieron desistir de su pasión.

Llega al sitio de la celebración y amarra el burro a un poste. Le encabrita que los chiquillos quieran subirse nomás porque sí y los ahuyenta a sombrerazos, pero nomás logra que se burlen y hostiguen más al pollino. En ocasiones le permiten que lo introduzca al salón de fiestas, a ver si alguien se anima a retratarse.

No falta que lo inviten a sentarse, comer y beber. No se niega, pero chamba es chamba: toma la iniciativa, busca un chiquillo interesado en el asno y lo trepa. Invariablemente los papás acuden y si el chiquillo no es rejego y se acomoda, ya estuvo el bisne; es posible que se sucedan más clientes, que más bien aprovechan para filmar con sus teléfonos al bodoque en turno.

Entonces don Burra suspira y se anima, vence al malhumor, el dolor de piernas y el cansancio que la diabetes le provoca; pone empeño a su labor, acomoda los colguijes y arreos que colman al animal, toma la distancia debida y click, click, click, el retrato ya salió…

Antes que el sol desaparezca, don Burra emprende el retorno a su hogar jalando la rienda del burro e indiferente a la chiquillería que a su paso se forma, atraída por la presencia del animal y sus vistosos colguijes. Se detendrá unos minutos en el camellón de la avenida, para que el animal mordisquee el pasto que crece a la orilla de la guarnición, y continuará su camino, hará un alto en la panadería para adquirir los bolillos…

“Son tiempos difíciles, más si no pongo de mi parte”, dice don Burra y se despide.

*Escritor. Cronista de “Neza”.

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