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Domingo , 21.10.2018 / 14:15 Hoy

El espectáculo posfactual

Se produce la sustitución de un discurso que en teoría debiera estar basado en propuestas viables para intentar atajar problemas muy complejos, por uno basado en mentiras, insultos e invectivas.

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A raíz de la proliferación de la demagogia como técnica política sumamente efectiva (Trump, el brexit, los distintos movimientos de ultraderecha, etcétera), se ha comenzado a hablar frecuentemente de la política posfactual, para hacer referencia a un discurso político para el cual los hechos y las causalidades lógicas ya no son relevantes, pues se fundamenta más bien en apelar a las vísceras, a las emociones más primarias de los votantes, principalmente el miedo y el odio. Así se produce la sustitución de un discurso que en teoría debiera estar basado en propuestas viables para intentar atajar problemas muy complejos, por uno basado en mentiras, insultos e invectivas, que incluso cuando se demuestra su falsedad no causa la mella que debiera en los votantes potenciales. Si bien probablemente Donald Trump representa un paroxismo histórico de este fenómeno, se encuentra presente en distintos grados en la enorme mayoría de las sociedades occidentales, de manera que las adhesiones políticas han dejado de ser racionales (el “Abandon all reason” cantado recientemente por Radiohead en su nuevo disco), para ser definidas abiertamente por la pasión.

En un texto titulado “El mundo del catch”, que fue incluido en su libro Mitologías (aparecido en 1957), Roland Barthes ofrece, a propósito de un tipo de lucha francés denominado precisamente catch, diversas claves sumamente interesantes y precisas para comprender nuestra actual realidad política. A partir del carácter fársico del catch, semejante al de nuestra lucha libre, Barthes explica que en él lo esencial son los gestos que producen determinadas pasiones en el público asistente (“Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía a la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve”). En ese sentido, es incluso bastante coherente que se pueda encontrar en internet un video donde Trump lucha debajo del ring con el presidente de la compañía de lucha libre estadunidense WWE, para posteriormente humillarlo mientras le rasura la cabeza en señal de victoria. Ya no hay metáfora en la consideración de la política como espectáculo, y los votantes-espectadores esperan de las campañas que sean todo menos aburridas pues, como bien explica Barthes: “El ritmo del catch resulta totalmente diferente, pues su sentido natural es el de la amplificación retórica, el énfasis de las pasiones, la renovación de los paroxismos, la exasperación de las réplicas, no pueden desembocar normalmente sino en la más barroca de las confusiones”.

Incluso la probable derrota de Trump otorgará coherencia (y alivio) al actual espectáculo político, pues “nada más excitante para la multitud que el puntapié enfático dado a un canalla vencido; la alegría de castigar llega a la culminación cuando se apoya sobre una justificación matemática”. Entretanto, mientras la realidad se vuelva cada vez más brutal para los millones de excluidos del actual sistema sociopolítico, lo importante será que el juego vuelva a comenzar…

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