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Lunes , 24.09.2018 / 13:30 Hoy

El error de la semana

Toscanadas


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Hace unos días estuve en un sobrepoblado café en Braga, al norte de Portugal, donde vi a Cristiano Ronaldo fallar un tiro penal. Los locales se jalaban los cabellos y lamentaban la mala puntería, pero yo más me lamentaba de que mi bacalao fuese “mal remojado y peor cocido”, tal como el que le sirvieron a don Quijote en la venta que a él se le representó que era un castillo. La gente de Braga, por cierto, es muy religiosa, y antes de que Ronaldo pateara vi a algunas personas en actitud de rezar, pero por esas fechas Dios cumplía treinta años de no intervenir directamente en un partido de futbol.

Algunos días más tarde, Messi hizo lo propio al fallar su oportunidad en la pena máxima y echarse al hombro en un santiamén la insustancialidad de veintidós competidores que no quisieron competir; y de paso poniéndonos a pensar si por clemencia la FIFA le ahorrará a la humanidad en el 2018 los inanes 90 minutos más tiempo de compensación y eventuales periodos extras de 64 juegos para de una buena vez convertir el Mundial en un torneo de series de penales.

Fue obvio que tanto la estrella portuguesa como la argentina fallaron sus tiros porque ninguno pensó en solamente meter el gol, sino que quisieron anotar un gol digno de sus egos. Los tiraron para sí, no para el equipo. De modo que uno lo echó al palo y el otro a los espectadores que miraban la jugada a través de sus celulares.

El error de Ronaldo quedó olvidado cuando al siguiente partido anotó dos goles. Qué bien que muchos errores puedan lavarse.

En cambio, el error de Messi fue definitivo. Sin segundas oportunidades. Estelar. Magno. Tanto así que la noticia en los diarios no fue “Chile campeón”, sino algún encabezado messiánico. Después de todo un torneo, recordaremos más que nada a un futbolista lacrimoso; tal como del Mundial de 2006 solo nos quedó el cabezazo de Zidane.

Chile y su triunfo salen sobrando. La otra cuestión memorable fue el árbitro de esa final que no fue “gran final”. Siempre me ha maravillado la incapacidad correctiva de los hombres del silbato. Son el mejor ejemplo del dicho “Palo dado ni Dios lo quita”. Me alegra que los pilotos de avión no se amachen en sus errores como los árbitros y sepan cambiar rumbo y modificar altitudes luego de tomar una decisión errónea. Y, sobre todo, me maravilla que el arbitraje sea la única actividad en la que se puede compensar un error con otro error.

También ahora se está jugando la Eurocopa. El torneo entre esos países que realizaron el proyecto más bello de la humanidad: la Unión Europea. Y esta semana los británicos jugaron su peor partido. Pero ya sabrán que no estoy hablando del Inglaterra–Islandia.

Tampoco estoy hablando de Cristiano Ronaldo ni de Messi ni del árbitro brasileño. Estoy hablando de tres tipos de errores. De tres reacciones ante esos errores. De separar el trigo de la paja, lo relevante de lo inane, el esfuerzo de la simulación. Hablo de políticos con la obcecación de un árbitro y que sin embargo nada compensan sumando más errores; de los que buscan su golecito antes que el triunfo de la nación. Hablo de ojos que se abren cuando ya no hay nada que ver. De pozos y niños ahogados. De prórrogas o tiempos de compensación que nada resuelven cuando nada se quiere resolver. De entrenadores, jugadores y jefes de Estado que ponen su dignidad en la renuncia porque no la pusieron en el juego.

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