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Martes , 11.12.2018 / 15:18 Hoy

El dolor de ser árbol en la arena

Reseña

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El agua que mece el silencio (Vaso Roto, México, 2015) es el tercer libro de Rose Mary Salum. Le preceden Entre los espacios (2002) y Delta de las arenas. Cuentos árabes, cuentos judíos (2013) y aunque El agua… es anunciado por los editores al igual que éstos como un libro de cuentos, el volumen trasciende la denominación. El de Salum pertenece a un género especial que Héctor Manjarrez ha denominado “novela en cuento”, que considera un reto para cualquier narrador. Es difícil saber si Salum lo planeó deliberadamente de este modo, lo cierto es que es la primera cualidad a destacar de El agua que mece el silencio.

Si bien cada uno de estos cuentos–capítulos puede leerse de un modo independiente, conforme se avanza en la lectura el lector se da cuenta que las historias de los personajes se van entrelazando. Lo que establece la unidad es el espacio donde ocurren los acontecimientos que se narran: se trata de una ciudad del Cercano Oriente donde conviven, y aquí sigo la enumeración que hace la protagonista del capítulo final, “La tía”, judíos, católicos, musulmanes, drusos, maronitas, ateos y ortodoxos. Es decir, estamos en un sitio de conflicto intercultural en el que cada uno de estos grupos defiende sus arraigadas costumbres. Los personajes son fundamentalmente niños que pasan a la juventud, más un adulto especial, la tía ya mencionada, que resulta afín a ellos porque luego de que una bala la hiere en la cabeza entra al terreno de la locura volviéndose incómoda y una especie de Casandra, como la describe Salum. Todos son transgresores: los niños, por convivir sin tomar en cuenta las diferencias; los jóvenes, especialmente las mujeres, porque quieren romper la añeja servidumbre.

El agua… es un libro lleno de violencia, con la guerra de trasfondo, pero el modo en que la autora la presenta sorprende y conmueve. Su estilo es el segundo rasgo que sobresale, que es el más importante literariamente hablando. El recurso fundamental de Salum es la metáfora, pero por fortuna se aleja de los autores que buscan “embellecer” la violencia. En su caso, el uso que hace de ella está ligado a la personalidad del personaje. En todos los personajes se mantiene, en lo básico, un estado de ensoñación. Sí, el estilo de Salum puede considerarse “prosa poética”, pero no lo utiliza para ocultar la realidad, aunque no faltarán los despistados que así lo vean. En ese sentido, pide lectores atentos y comprometidos.

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