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Jueves , 18.10.2018 / 07:26 Hoy

El día que murió el señor Bernal

El temblor radicalizó tu profesión y dejaste el teatro para convertirte en periodista cultural de tiempo completo. El temblor de 1985 te convirtió en crítico teatral sin quererlo. 

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Acuérdate: el belga afincado en México, Frederik Vanmelle, había muerto la mañana del 19 de septiembre, en el edificio que se derrumbó por el sismo en la calle de Bruselas número 8, en la colonia Juárez (el mismo edificio donde murieron el cantante y compositor Rockdrigo González y el periodista Manuel Altamira). Te lo contaron Humberto Ibarra y un grupo de actores de la Compañía Frederik, una mañana de algunos días después del siniestro. Caritas desoladas, con ausencia tutelar.

Frederik vivía en el país desde 1978 y había fundado una compañía de “teatro sin palabras”, digamos, pantomima con la incorporación de máscaras y arte popular. Había sido discípulo de Marcel Marceau en París y escogió México para desarrollar su trabajo escénico. Se presentó en el Festival Internacional Cervantino en 1980. “Sin Frederick el teatro Frederick sigue adelante”, fue la cabeza de La Jornada. Si la gente estaba triste esos días, imposible contemplar la ciudad con sol y flores, aunque las tuviera en parques y avenidas. Si de por sí el teatro de Frederik era oscuro para que los cuerpos y los vestidos brillaran en su representación, la ciudad mostraba sus cuarteaduras que por las noches eran tétricas.

Los integrantes de la Compañía Frederik se sobrepusieron y hasta la fecha continúan haciendo teatro, aunque dispersos en diferentes agrupaciones.

Acuérdate: la investigadora teatral Margarita Mendoza López se derrumbó junto con el Hotel Regis. Allí vivía. Era amante del Centro Histórico —“mi Centro”, decía—. Acababa de publicar dos de sus libros señeros: Primeros renovadores del teatro en México, 1928–1941, y El teatro de ayer en mis recuerdos, que Emmanuel Carballo, Emilio Carballido y José Antonio Alcaraz reseñaron con entusiasmo. El experto en literatura mexicana John S. Brushwood la recuerda al lado de su esposo José Rojas Garcidueñas, y junto al actor Miguel Córcega una semana antes del terremoto, platicando animadamente en el Teatro Jiménez Rueda que, sabemos, sigue activo a pesar de riesgos que desde entonces, dicen, padece la estructura del edificio.

Acuérdate: la comunidad teatral amaneció temblando como todos en la Ciudad de México. Se cayeron los televiteatros 1 y 2 de Televisa (hoy teatros Telmex), más los daños a escenarios como el teatro Milán, que ya nunca abrió sus puertas (Olga Harmony estrenó ahí una de sus obras, La ley de Creón, dirigida por Manuel Montoro en 1984. Hoy es un consorcio privado con tres teatros modernos en la actualidad). O los deterioros al Hidalgo, el Principal y Ciudadela. Los integrantes de la comunidad teatral dejaron de laborar toda la semana, del 19 al 26 de septiembre, mínimo. Preocupación. Al abrir nuevamente sus puertas, el vacío en salas anunciaba una crisis comercial para la comunidad de histriones, directores y dramaturgos. Pero la función continuó hasta estabilizarse.

Acuérdate: eras actor en Del día que murió el señor Bernal dejándonos desamparados, de Héctor Mendoza, dirigido por Flora Dantus. Vivías en el Centro Histórico —en la emblemática calle de Cuba—. Quedaste acordonado 24 horas por decisión de autoridades, sin teléfono ni luz. Saliste a observar una ciudad destruida, con las calles de asfalto levantado, con llamas en la calle de Pugibet, con olores a gas por la calle Veracruz, donde vivía el dramaturgo Sergio Magaña, o los destrozos en la colonia Tabacalera donde vivía Lola Álvarez Bravo. En tu rostro, el desconsuelo de ver la calle de Juárez como una locación en que Hollywood destruye cinematográficamente el espacio, filmando con gran capacidad creativa una película como Escape de Nueva York, donde lo único que sobrevive es un escenario con actores cantando piezas de ópera. El problema es que todo era cierto, no era un set.

El encuentro con tus compañeros de teatro al día siguiente del temblor fue espectral. Rosa María Bianchi y Luisa Huertas estaban mudas, apenas balbuceaban. Héctor Mendoza, desconcertado a pesar de la firmeza en su carácter. Flora Dantus, menos tensa, nos dijo que en su casa avisó el movimiento del agua de su alberca. Vivir en El Pedregal era estar a salvo de colonias como la Roma o Condesa. Contaban que Claudio Obregón, que actuaba en Contradanza convertido en una magistral reina Isabel, dirigido por Ricardo Ramírez Carnero, procuraba ayudar a gente que lo necesitara. La comunidad teatral se organizó en labores diversas, como miles de ciudadanos que sacaron a gente de los escombros. La sociedad que se organiza.

Sí, el panorama era de pesadumbre pero a la semana siguiente los actores tenían que regresar a temporada al teatro Juan Ruiz de Alarcón, en un papel en el que tú interpretabas a alguien que moría en una escena en medio de una mancha de sangre sobre el suelo. Alguien te asesinaba. La impresión que traías del temblor regresó a tu cabeza, como aquel 19 de septiembre frente a tu edificio, cuando una persona se arrojó por los aires, en desesperación. Tú te hiciste chiquito desde tu ventana y murmuraste que no podías morir. Hablaste con el maestro Mendoza y le dijiste que abandonarías el teatro para dedicarte íntegramente al periodismo. Te dijo:

—El teatro es un amante exigente. No te permite dos profesiones. En la vida siempre hay que elegir.

Acabaste temporada de Del día que murió el señor Bernal dejándonos desamparados. La crítica teatral Malka Rabell escribió: “espectáculo de largo título, cuenta tan solo con dos actrices profesionales, Luisa Huertas y Rosa María Bianchi, excelentes ambas. Todo el resto del reparto se debe a principiantes, todavía bastante inexpertos”. Despedida sin pena ni gloria. Aquello del tono, el ritmo y el gesto se convirtieron en un aprendizaje para la vida misma.

Acuérdate: en aquella década de 1980 había fiebre escénica. Se consagraban directores como Julio Castillo y Luis de Tavira. Dramaturgos como Óscar Liera y Víctor Hugo Rascón Banda. O actrices como Julieta Egurrola, Blanca Guerra, Delia Casanova y Margarita Sánz. Y actores como Luis Rábago, Humberto Zurita y Arturo Beristáin. Actores y actrices que amaban al teatro como esencia en sus vidas.

El temblor radicalizó tu profesión y dejaste el teatro para convertirte en periodista cultural de tiempo completo. El temblor de 1985 te convirtió en crítico teatral sin quererlo. Porque el teatro ha sido una pasión que jamás te abandonó. Por terrible que parezca, se lo debes al terremoto del 19 de septiembre.

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