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El día de ayer: El ímpetu que nos trae aquí

Más allá de ser un mostrador para el trabajo literario, la FIL es nuestra casa por diez días y eso se percibe en el ímpetu de los asistentes y participantes


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Mi definición favorita de la palabra “ímpetu” es la de “brío, vehemencia, ardor con que se actúa”. Pero más que su significado, me gusta sentirlo y verlo en las demás personas, porque ¡hay tantas razones por las cuales sentirse así! En esta feria de las maravillas que es como un parque de diversiones con todo y ruedo-pabellón de Madrid, gritos, aplausos, olor a teen spirit y hasta casas del terror, lo percibo en muchos rostros, en el pasar de la gente, en el trabajo de tantas personas aquí reunidas.

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Ímpetu en los numerosos asistentes al concierto de Leiva y Natalia Lafourcade, en el rostro de las fanáticas del cantante español, en el grito tan mexicano al ver el rostro de niña bonita con trenza en las enormes pantallas. Enjundia en la cara de los guitarristas Miguel Peña y Juan Carlos Allende, grandes conocedores de la música mexicana y macorinos de Chavela Vargas, dominando el escenario.

Ese ímpetu que me llevó a reflexionar durante todo el concierto si me seguía gustando o no Lafourcade. Si habíamos perdido una roquera y ganado una nueva Lola Beltrán o estaba siendo testigo de una obra maestra que llenaba esa hambre permanente por la canción mexicana con la necesidad de escuchar temas originales ejecutados con maestría y una vocecita de terciopelo.

Con “Hasta la raíz” me dejé llevar con vehemencia por ese ritmo tribal, tan instalado en un lugar secreto de mi pecho, de las guitarras que me conducían por selvas y ceibas a bordo de un coro hilvanado por cientos de gargantas cansadas ya de gritar. “Pienso que cada instante sobrevivido al caminar, y cada segundo de incertidumbre, cada momento de no saber, son la clave exacta de este tejido que ando cargando bajo la piel”, escuché. Y con ímpetu la admiré. No habrá manera ya, mi rayo de luna, de que yo me vaya. ¡Me convenció en una hora! Pensé que se dio cuenta de que vivimos una ausencia de héroes y supo regresarnos a las raíces, pero la periodista que hay en mí me regresó a la pregunta que aquí me corroe: ¿quién nos dice que podemos hablar de lo que no sabemos?

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El ímpetu de la FILfiesta (Especial)

Miguel, el vendedor de chelas, acepta que su ímpetu viene del deseo de tener trabajo, y la FIL se lo da. La becaria de los pies cansados encuentra esa fuerza en la posibilidad de entrar a los conciertos al final de su jornada. Los escritores vienen a ver y ser vistos, a promover su obra, a ver a sus amigos. La locutora tapatía que cada año soporta el desmadre que genera en su ciudad la Feria Internacional del Libro dice que su ardor está en ver y hablar sobre lo que sucede. Contemplar cómo los chilangos se juntan con los chilangos, no con los de Jalisco, pero, ¿cómo saber de dónde somos si en lugar de encontrarnos nos perdemos en la Expo? Nos extraviamos entre millones de libros, de brazos que nos rodean, de saludos, preguntas, risas, de la invaluable posibilidad de vernos aunque sea una vez al año y en otra ciudad.

Ahí está nuestro ímpetu. Más allá de ser un mostrador para el trabajo literario, este encuentro es nuestra casa por diez días. Un espacio que aparece en el mapa a finales de noviembre para desaparecer antes de que nos caiga encima el invierno.

Tú sí sabes quererme

El ímpetu está implícito en el aplauso absoluto para Natalia Lafourcade, en los jóvenes periodistas que bailan y gritan el “Puto” de Molotov en su fiesta en la Mansión Magnolia. En todas las progenitoras trabajadoras que estamos en la FIL, partiéndonos en dos para no sentirnos malas madres pero disfrutando, a la vez, la posibilidad de descansar por unos días de nuestra amorosa responsabilidad (aunque asumamos, aquí, las laborales, que son igual de intensas).

El rostro del joven Joel Flores, quien ha ganado los premios Sor Juana Inés de la Cruz y Juan Rulfo, parece el de un estudiante universitario con el brío detrás de sus anteojos, dispuesto a seguir siendo uno de los escritores ochenteros más representativos de América Latina. Existe en los Taibo, Benito y Paco Ignacio, parte de la fauna anual en estos lares, en las conversaciones sobre futbol, el dedazo priista, en la sobremesa, en nuestras frivolidades de tropa loca. Está el ímpetu en aquellos que, en la explanada de la Expo, buscan firmas para Margarita Zavala, para Kumamoto, para Ferriz de Con, pero también en quienes nos negamos rotundamente a caer en esa oferta nada tentadora.

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La FIL es una canción entonada por una voz bañada en nostalgia. Es la aventura que llega para ayudarnos a continuar nuestro camino, la que jamás olvidaremos porque, aunque no es lo prohibido, cada año se transforma en esa fiebre de nuestro ser que nos domina sin querer. Castigo y papel en horas pico que siempre se quedará, como ese beso que se da y sí se puede comentar.


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AG

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