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Miércoles , 16.01.2019 / 08:23 Hoy

El día de ayer: El fuego lo guardo yo

La agrupación madrileña Vetusta Morla se encargó de la parte musical en la inauguración de la Feria Internacional del Libro Guadalajara 2017.

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Entre la modorra del despertar tapatío aún conservas en el cuerpo y la mente algunos restos de la música de Vetusta Morla que sonara una noche antes, en el Foro FIL, durante la inauguración de la Feria. La sensación es maravillosa: cada disco de los madrileños es excelente, pero escucharlos en vivo tan llenos de energía, tan entregados a su arte, estableciendo puentes con el público, es algo que, aunque predecías, no esperabas.

Antes de levantarte de la cama buscas en el archivo de tu memoria fragmentos de las canciones que interpretaron, recuerdos que llegan rodeados de luces de colores iluminando al gentío. Aparecen en tu auxilio "Deséame suerte", "Te lo digo a ti", "Valiente", "Sálvese quien pueda" y particularmente "Fuego", ese temazo que te llenó de una enorme emoción en medio de los acordes inmisericordes que salían por los instrumentos de estos seis músicos madrileños.

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Basada en una historia que le contaron a uno de ellos en torno a un pueblo indígena al que la llegada del progreso le causó más problemas que ventajas, cuestiona los conflictos que genera la imposición de algo, por muy civilizado que se diga ser. "Trajeron ropas para impresionar/ trapos y pieles en forma de abrigo/ pero ¿quién quiere taparse si aún no conoce el frío?", cantó Pucho con esa voz tan suya que es como una lluvia de diamantes cayendo sobre el público.

Te preguntas, como ellos, ¿quién quiere encontrarse si aún no se ha perdido? La respuesta es como en la canción: aquellos que han olvidado que el fuego siempre está alrededor.

El fuego lo guardo yo.

¿Quién quiere ocultarse de lo desconocido?

Es imposible no perderse de muchos misterios de la FIL, pero se necesitarían tres clones que pudieran ir a donde tú no puedes para contarte después, de manera telepática, lo que aconteció. El afán por ver desde lejos lo desconocido, buscar el asombro en el rostro de la gente, en sus ojos brillando frente a su autor favorito, te lleva a ubicar a los seguidores de Paul Auster, ese escritor con un fuego de larga duración que se eleva por encima de la hoguera cada vez que publica un libro. Los miras abordándolo en un pasillo, pidiéndole una dedicatoria tras hacerle una entrevista, contemplándolo detrás de una pantalla con un entusiasmo que es como un sello de felicidad.

Con Savater la historia es otra: tiene otro tipo de admiradores. Muchos son jovencísimos, aún con restos de acné en la cara y las mochilas sin libros todas llenas de propaganda ("yo quiero ver la FIL", dice uno de ellos y te parece que lo diría quien va al cine). Escuchan al abuelo Fernando muy campechano, sintiéndose como en casa frente a una serie de generaciones a las que ha cobijado durante su crecimiento. Y también están todos aquellos de edades variopintas que miran el rostro gigante que se proyecta en el enorme monitor ubicado afuera del salón donde se lleva a cabo su homenaje, como sabiendo que el fuego del autor de Ética para Amador es más suave, como el del final de la fogata, que te invita a cavilar sobre esas brasas aún ardiendo en donde se guarda la complejidad de la lumbre.

El fuego lo tiene él.

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¿Quién quiere curarse si aún no ha sido herido?

El 25 de noviembre se conmemoró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Por la tarde observaste en tu teléfono una fotografía de la inmensa mesa inaugural de la Feria, integrada por una larga fila de hombres y apenas tres mujeres, perdidas por ahí entre tanta testosterona. Menos humo y más fuego, señores. Así aquí, así en el mundo.

La periodista Verónica Ortiz ofrecería después una charla en el stand de la Ciudad de México sobre la mujer en el proceso de reconstrucción tras el sismo del pasado 19 de septiembre. Te emociona su recopilación de anécdotas de las congéneres que convirtieron en su causa el ayudar al prójimo en esos tensos momentos. Las mujeres demostramos, aquellos días, la facilidad que tenemos para coordinar, para proteger y vigilar. El fuego nos llena a nosotras. Por ello, piensas, quizá un día el censo de escritores y escritoras que hay en el mundo llegue a estar nivelado, para que veamos cada vez más rostros femeninos en los salones de la Expo Guadalajara.

Por la noche, Vetusta Morla haría referencia sobre este tema. Pucho, el cantante, sudoroso y sacando chispas, invitaría a la reflexión con un rabioso discurso sobre esa desigualdad. Te sientes entonces abrazada, rodeada por los brazos de la agrupación española, tan semejantes a los de esas personas que te estrujan como si quisieran tronarte los huesos cuando te quieren consolar.

Ellos, sin duda, son los dueños del fuego.


FM

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