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Jueves , 21.06.2018 / 03:50 Hoy

El debate

Los paisajes invisibles


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Iván Ríos Gascón

Encuestas que a nada ni nadie representan, estadísticas a modo sobre la preferencia electoral, paneles de discusión a cargo de opinadores variopintos, exhaustivas coberturas sobre la hipotética reacción y la volubilidad de los electores ante tal o cual declaración de un candidato. Especulaciones sobre la salud física (curiosamente pocos reflexionan sobre la otra salud, la mental, de un suspirante) o reportajes de color sobre la supuesta cotidianidad doméstica de los adversarios en las urnas: nada de esto sirve al momento en que el ciudadano se encierra en la casilla y emite su voto, la política ha dejado de ser eso, política, con el reality show mediático que le da forma pero la deja sin fondo, sin contenido.

Los “debates” televisivos son una herramienta que perdió sus atributos al minimizar la argumentación para enfatizar los enconos de los contendientes. Reproches y acusaciones que se vuelven un torneo de culpable versus culpable. Se dice que Donald Trump perdió el primer debate con Hillary Clinton y festinaron la caída de puntos porcentuales del Republicano, aunque algunos no están de acuerdo con el saldo, por ejemplo el documentalista Michael Moore. Aquí se celebró un exiguo avance del peso contra el dólar poco después del encuentro en la Universidad Hofstra en Hempstead, Nueva York.

Sin embargo, ¿hubo ideas concretas sobre los proyectos presidenciales para el país líder del continente y la potencia más influyente del planeta? Solo algunas pinceladas en torno del terrorismo, la seguridad, la guerra cibernética, la portación de armas de fuego (el mal supremo que aqueja a los ciudadanos estadunidenses) y la ley, el orden y la capacitación policiaca (vaya que la necesitan con urgencia pues prosiguen las revueltas por los homicidios extralegales de tinte racial) o los problemas, los “muchos problemas” (economía, acuerdos comerciales, infraestructura) que aquejan al país vecino.

En suma, puros lugares comunes para los que no se trazó una estrategia firme que conceda, al menos, una pizca de certeza de un futuro mejor para un país cuyo colapso se halla en su propio territorio, porque no hay que perder de vista la cosmogonía bélica, intervencionista, depredadora y supremacista que se desborda en el imaginario colectivo al otro lado de la frontera, esa idea implantada por el maniqueísmo demagógico no solo de los políticos sino de la industria del entretenimiento. ¿Qué conciencia en sí y para sí tiene un nostálgico del western o un detractor del progresismo oriundo de Ohio o de Georgia?

Trump centró sus dislates, no fueron ideas ni concepciones, en el desprecio a los mexicanos e insistió en su muro. Clinton no pudo responder con elocuencia su apoyo a la guerra contra Irak en 2002 (una de las razones por las que el 70% del electorado desconfía de ella), lo que el empresario aprovechó para señalarla como alguien incapaz de ejercer la presidencia.

¿Entonces?... Michael Moore, el que no cree que Trump perdió el debate, tiene varios argumentos para afirmar que el Republicano ganará la presidencia. Matemática geográfica: Michigan, Ohio, Pennsylvania y Wisconsin (el llamado “cinturón industrial” es la clave numérica para llegar a la Casa Blanca), la molestia de los estadunidenses blancos que sienten que han perdido mucho en los últimos años, el sufragio de los deprimidos, el escepticismo sexista con respecto a una presidenta y, sobre todo, la sensación de poder que el voto inspira en el ciudadano.

Moore lo explica así: “Millones van a votar por Trump no porque estén de acuerdo con él, ni porque les guste su fanatismo o su ego, sino simplemente porque pueden”. La política mediática, con los debates como piedra angular, es el gran fraude a la inteligencia de este siglo porque no hay nada más ignoto, más voluble, que la psique de las masas.

@IvanRiosGascon

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