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Viernes , 22.06.2018 / 10:59 Hoy

El criado del sicario

A fuego lento.

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Roberto Pliego

Una de las bendiciones que traerá el día en que México se despierte sin titulares refiriendo la muerte de quién sabe cuántos individuos durante una balacera es el descenso extremo de la producción de novelas inspiradas en la violencia delincuencial. Qué vulgares y predecibles se han vuelto esas historias de jóvenes atraídos por el prestigio efímero de una camioneta con vidrios polarizados y un arma automática. Vean, si no, Asdrúbal (Rodrigo Porrúa Ediciones, México, 2015), del consultor en políticas públicas Héctor Fabricio.

La novela se mueve por pueblos, serranías y cañadas sin nombre donde dos grupos rivales imponen la ley del secuestro, el pago por protección y el trasiego de droga. Suena conocido, ¿no es así? Aún más común es la carrera del protagonista, quien no deja de presentarse como una víctima de las circunstancias, uno más de entre la lista inagotable de presuntos ingenuos convertidos en carne de leva. Suena familiar, ¿verdad? Como tantos aficionados metidos a novelistas, Héctor Fabricio no tiene más horizonte que el que dibujan las crónicas policiacas de la prensa escrita y los medios electrónicos: una respuesta apropiada al tamaño de nuestros miedos escrita en una jerga incoherente.

Vamos a ver. Alonso narra su tránsito de la miseria en una ranchería a la ruindad como mascota de un sicario, un amigo de la infancia a quien recurre para hallar a un tío desaparecido. Leemos su relato y al mismo tiempo oímos la voz de un ser sin voluntad que solo obedece a los reclamos de su estómago: por unas enchiladas y una cerveza aprende el oficio de la coerción y el gesto intimidatorio. Torva y atropelladamente, invoca la existencia de un orden natural que condena a los ejemplares de su especie a secuestrar, mutilar, matar, luego de una infancia que constituye una cruda versión de la humanidad en estado salvaje. O sea que pobrecitos sanguinarios, que no han tenido más remedio que ser como son.

Pero no vaya a creerse que este determinismo social, una lección a todas luces repulsiva, se expresa con solvencia. El estilo de Héctor Fabricio no acepta más definición que la de pueblerino: suena a chirriar de dientes. "En la televisión pasaban una telenovela, pero de momento, cuando cambiaron el canal, alcancé a oír que anunciaban lo de un incendio en un restaurante en la meseta"; "Las sillas las trajeron de una parte de la casa que yo nunca vi, a la que el Capitán se había ido con la güera alta días antes", leemos con ganas de habitar otra lengua.

El lector tiene derecho a preguntar si vale la pena ocuparse de una novela de esta naturaleza. Vale hacerlo al menos para llamar la atención sobre la desfachatez con la que políticos, opinadores, reinas de belleza, toreros, rockeros en desgracia, chistosos y hasta consejeras matrimoniales han incursionado en la novela. Son legión, son la encarnación de la tendencia al despilfarro y amenazan con enviar la buena literatura a la mesa que las librerías colocan a la entrada del baño.

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