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Miércoles , 20.06.2018 / 16:27 Hoy

El caso Aaron Swartz, el hacktivismo y su suicidio

Semáforo.

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Julio Hubard

Aaron Swartz fue colaborador en el desarrollo de muchos recursos informáticos que hoy forman parte de las herramientas cotidianas de los usuarios de internet (el formato RSS, la organización de Creative Commons, la agencia de noticias Reddit y un largo etcétera). Pero el 6 de enero de 2010, Swartz hackeó (en la Academia existe el verbo “jaquear”, pero significa dar jaques al adversario, en ajedrez, o también “hostigar al enemigo”, así que prefiero la grafía bárbara) el portal de J-Stor —quizá el mayor acervo electrónico de investigaciones académicas, organizado por el Massachusetts Institute of Technology— y se hizo de un montón de artículos sin pagar la tarifa requerida. Esos actos están calificados como delito mayor (robo) y no como falta administrativa (uso indebido, infracción). Le tocaban 35 años de cárcel. Desde luego, el interés de Swartz en los artículos no era solo la fascinación por los canales de sodio de las miofribillas cardiacas; había un muy preciso interés en hacer una intervención ciudadana: si el financiamiento es público, el acceso a los resultados debe ser público, no restringido. La gente ya pagó por esos conocimientos. Tiene razón, aunque la puerta queda abierta para un conflicto severo: ¿es el mismo tipo de robo de información que el de quien clona una tarjeta de crédito, por ejemplo? El acto es semejante; el objetivo, radicalmente distinto. No es un distingo sencillo. El MIT decidió seguir con el caso. Los fiscales ofrecieron a Swartz un arreglo: se declaraba culpable y le daban una pena mínima. No aceptó (no queda claro, pero uno puede sospechar que declararse culpable sentaba una jurisprudencia lesiva para el hacktivismo). Unos días antes del juicio, Aaron Swartz se suicidó.

Su aspecto es el del prototípico hacker: un chavo sin bañarse, de camiseta, de costumbres peculiares, pero, cosa sorprendente, dueño de una notable capacidad expositiva: articulado, incisivo, claro y, a pesar de ser tan joven, dueño de sí y de verdad conocedor de sus asuntos. No tiene nada de peculiar que se desenvuelva entre códigos y conectividad, pero su visión del derecho es un fascinante desafío a la mentalidad de las generaciones mayores. Resulta que la ley y los programas de computación son códigos. Pero no es lo mismo leer las leyes como legislador, jurista, abogado, que como hacker. No es lo mismo la lógica que el litigio. El modo de pensar de los jóvenes inteligentes está estructurado de otro modo, y vale la pena auscultarlo. Recomiendo mucho, en YouTube, el video “Aaron Swartz Awesome Speech Internet Freedom” (y ojalá alguien lo retome y subtitule en español), donde relata cómo los hackers derrotaron la famosa ley SOPA (Stop Online Piracy Act), que no fue sino un intento de secuestrar la libertad en la red.

Estos chavos han puesto una bomba en la conciencia pública, y la quiero glosar de este modo: nuestra moralidad se ha vuelto cómplice de la injusticia y, entre ambas, solo los hipócritas podrían elegir su moral a despecho de la justicia.

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