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Viernes , 22.06.2018 / 17:45 Hoy

El animal simbólico de Kenia Cano

Reseña

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Diego José

Existe un manoseado debate que pocos hallazgos ha producido, a pesar de su reiterativa aparición sobre la mesa: se trata de la condición femenina en la poesía. Discusión que propicia malestares y confusiones. Me parece inevitable señalar que la poesía de Kenia Cano, en especial su libro Un animal para los ojos (Ediciones Monte Carmelo/ UAQ) se configura y propone una visión declaradamente femenina del lenguaje y la forma poética. Elizabeth Barret Browning dice en su poema “Aurora Leigh” esta idea: “Las labores de las mujeres son simbólicas”. Existen distintas maneras de comprender esto: la alquimia de su cuerpo, desde la menarquía hasta la posibilidad de transformarse en alimento para otro ser, necesita de un lenguaje distinto para nombrarse porque se reconoce como “un vehículo del fuego”, “una llanura abierta”. Lo simbólico otorga una dimensión distinta al lenguaje. El lenguaje es el ciervo sigiloso que atraviesa los páramos del libro de Kenia Cano.

Algo sagrado y mítico está presente en las asociaciones y en el lenguaje poético que Kenia Cano elije, como si una energía predeterminada se pusiera en juego para acercarnos a las cosas y a las experiencias de una forma distinta, con un ritmo capaz de aletargar el momento de la revelación. Esta energía es identificable desde Las aves de este día (2009) y alcanza ahora su notoria madurez porque su autora demuestra habilidad para moverse en ese orden distinto: ¿qué dimensión abren los poemas de Emily Dickinson, Enriqueta Ochoa o Pura López Colomé? Se trata de lo simbólico atravesando lo cotidiano. Susan Howe lo justifica diciendo que “Existe una separación mítica entre la visión poética y la vida ordinaria. Las condiciones para la poesía están fuera de cada vida, a un alcance milagroso e indiferente a la cronología mundana”. Y Kenia Cano parece comprenderlo.

Me refiero a una concepción del poema desde lo simbólico, no a la composición metafórica de los elementos constitutivos del poema. Dice Yeats: “las metáforas no son lo suficientemente profundas para ser conmovedoras cuando no son símbolos”. Kenia Cano escribe: “Nadie en mi familia sostuvo la cabeza de Holofernes./ Las mujeres quietas de la casa/ aprendimos a callar mientras Judith oraba”. La referencia ilumina el mito, sin duda, pero su intención es llevarnos a lo simbólico para ver, más allá de los referentes bíblicos, una certeza abrumadora: “Las mujeres de mi casa emprendimos batallas silenciosas./ Un dios misericordioso armonizó nuestros órganos”. ¿Cuántos secretos fantasmales empiezan a levantarse en la morada del poema? Su juez es implacable: “Tal vez por herencia nuestros cuerpos tiendan a la holgura,/ tal vez porque la piel es un cajón opaco”. La voz poética quiere degollar la cabeza de las mentiras, las suposiciones, las complicidades: “Judith me enfada porque no sé quién es el Holofernes que dañó a mi familia,/ porque envidio su seguridad, su forma de engañarlos a todos”. Yeats explica la sensación que esta clase de poesía produce: “Todos los sonidos, todos los colores, todas las formas, ya sea a causa de sus energías predeterminadas o a causa de viejas asociaciones, evocan emociones indefinibles y aun así precisas”. La emoción permite que la experiencia poética se asiente en nuestro interior. Las asociaciones que logra Kenia Cano en su nuevo libro nos regalan una visión acendrada en lo simbólico, cuando reflexiona en su Judith: “Tantas muertes hay en mi país/ que esta circunstancia no importa// Hay que respetar el silencio de la familia” vuelve a cifrar el misterio con una sinceridad firme que nos recuerda los silencios atroces y necesarios, voluntarios e impuestos que han soportado las mujeres a través del tiempo, pero esta vez, recordándonos la desgarradora realidad en que vivimos sin alardes ni lenguajes sensacionalistas sino con la claridad de quien comprende que “Puedes construir una ciudad sobre la duda” o recibir “la iluminación cortando una manzana”.

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