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Lunes , 16.07.2018 / 13:18 Hoy

El ángel de la eutanasia

A fuego lento.

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Roberto Pliego

No es la primera vez que Gerardo de la Torre acierta con un protagonista estoicamente diseñado para someterse a los caprichos y a la rapacidad emocional de algunas mujeres. Ahí está, para mayor evidencia, el patético viudo de Morderán el polvo (1999), a quien no paramos de desearle una caída más estrepitosa que la que promete la autohumillación. Tampoco es la primera vez que incursiona en los páramos donde la agonía no puede obtener el favor de la eutanasia: lo hizo en Muertes de Aurora (1980) y lo hizo con rabia autobiográfica.

Esta atmósfera agónica y una reencarnación superior de aquel protagonista son las fuerzas telúricas de su nueva novela. Nuestro reloj psíquico no necesita tiempo para adaptarse al hecho básico de la catástrofe, a la inminencia del dolor físico, a la descomposición y a las voces suplicantes. Desde las primeras páginas, Gerardo de la Torre acaba con la paz de los lectores, aunque no tiene prisa en conducirnos por los argumentos en favor de la nada cuando la vida es pura y épicamente una batalla perdida contra el dolor. Sabemos de inmediato que el traumatólogo Damián Miranda enfrenta el cáncer terminal de su esposa y sabemos también que pertenece a una sociedad secreta que procura la muerte buena y misericordiosa siguiendo las prescripciones del médico estadunidense Jack Kevorkian. Pero ignoramos muchas otras cosas, entre las cuales figura un buen número de interrogantes.

La muerte me pertenece (Ediciones B, México, 2015) pasa muy poco por el dilema de Damián Miranda. Se ocupa, en realidad, de su conversión, diez años de oír y desoír las invitaciones que le susurra el ángel de la eutanasia. De modo que en un principio es la condena que lanza un alma religiosa y después la duda razonable; más tarde es la aceptación de los mandamientos de un credo "terrible en apariencia" y por último la práctica piadosa mientras Damián Miranda padece la ruina amorosa y sexual a manos de mujeres que son la propaganda eficaz de la misoginia.

Suerte de alter ego de Gerardo de la Torre —la misma cariñosa resequedad de sus modales, la misma sabiduría adquirida tras una cadena de reveses compensados por el trato con unos cuantos placeres mundanos—, el psiquiatra Javier Iribarren personifica a ese ángel negro que tiene por misión liberar a los desgraciados de la servidumbre de la muerte. Ni iluminado ni vociferante, conduce a su aprendiz hasta las puertas mismas del verdadero juicio final, con mano suave pero decidida.

Es inevitable preguntarse cuántos libros fueron necesarios para que el pendenciero militante comunista desapareciera de la escena para dar paso a un autor cuya voz equilibrada trabaja por decir que así como uno se las arregla para vivir debe también arreglárselas para morir sin temor, sin amargura. Ese autor nos dio el desencanto político. Nos dio la sátira amorosa y la indignación social. Ahora ya está en condiciones de dar una respuesta literaria a nuestra mayor vulnerabilidad.

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