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El amor como enfermedad

Hombre de celuloide

Destrucción es una de esas películas que fascinan a la crítica y que al público dejan frío, con una increíble personificación de Nicole Kidman
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@fernandovzamora


Destrucción es una de esas películas que fascinan a la crítica y que al público dejan frío. Aunque no comparto el entusiasmo de quien ve en esta obra una joya, entiendo a quien encuentra fascinante la forma en que Nicole Kidman se transforma para dar vida a una detective tan enamorada que no le importa acabar consigo misma. Si no fuese por ella, Destrucción sería una de esas obras que hay que ver en la televisión.

Dirigida por Karyn Kusama, quien ganó notoriedad con Girlfight en el Festival de Sundance en el año 2000, Destrucción cuenta la historia de una detective que habiendo trabajado encubierta en una banda de mafiosos debe enfrentarse a sus antiguos compañeros por un asunto pasional que ha quedado sin resolver. La historia despega cuando Kidman llega a la escena de un crimen e informa que conoce la identidad del asesino. Ya en su oficina la detective recibe un sobre con un billete que le confirma que el líder de la banda en la que trabajó encubierta ha vuelto a las andadas. Silas, el jefe criminal, está suelto.

Decidida a enfrentarse de nuevo con su enemigo, la detective contacta a los miembros de la organización criminal y con cortes al pasado nos entera del tórrido romance que sostuvo con otro personaje de este grupo. Así la historia da saltos entre el pasado y el presente mostrando que durante la operación encubierta el personaje de Kidman se dio tiempo para mantener una relación que se complicó hasta el punto de volverla a ella y a su amado en criminales de verdad.

Destrucción pretende ser una reflexión en torno a la relación entre el amor y el crimen, la violencia y una pasión destructiva, pero no hay nada en esta película que no hayamos visto antes, con excepción, claro, de la actuación de Kidman, una mujer que resulta, en efecto, el secreto por el que la crítica ha tratado tan bien esta obra. Porque la actriz no solo se revela a sí misma acabada por el amor y el crimen. Es como si la pasión le hubiese llenado el rostro de cicatrices, de malestares que se revelan en un físico amoratado. En este sentido, Kidman parece la versión femenina de Tom Cruise en Ojos bien cerrados. La pasión sexual se manifiesta como una enfermedad que ataca su piel, como una suerte de alergia que le impide pensar y relacionarse con su hija y sus compañeros de trabajo. La pasión de amor la consume y enceguece, le cierra los ojos al amor por ella misma, al peligro, al crimen y al deber ser.

En Destrucción, la historia es lo de menos. Lo de más es la construcción del personaje, el trabajo de una actriz que se permite explorar los síntomas de una pasión que se manifiesta en la piel. Lo único notable en la dirección de Karyn Kusama consiste en su capacidad de desaparecer, de impedir que aparezca en el cuadro cualquier cosa que distraiga la atención de esta actriz cuyo único sentido es consumirse de amor. En este sentido, Destrucción recuerda que, de las muchas artes que conforman al cine, la única realmente imprescindible es la actuación. Porque es verdad que una mala película muy bien fotografiada termina por ser todavía más odiosa; de igual modo, una película mal escrita puede salir a flote si tiene la fortuna de contar con una actuación excepcional. Kidman es el secreto de Destrucción, la obra de una directora con poco talento y dos guionistas incapaces de construir un drama verdaderamente excepcional. Lo único que brilla es Kidman pero brilla tanto que su rostro parece testigo del amor que se ha transformado en exceso, en pasión y enfermedad.


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