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Martes , 19.06.2018 / 09:18 Hoy

El amigo informador

[Caracteres]

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Álvaro Uribe

Ya lo describió Augusto Monterroso, con su proverbial concisión, en La letra e. Fragmentos de un diario. Nunca falta un lenguaraz que, apenas se sienta contigo a la mesa, te informa sin preámbulos: "Anoche tuve que defenderte a morir". Y tú te preguntas, acongojado, quién te atacaba tan feo. Por qué, si hasta donde sabes no tienes enemigos. Pero no le trasladas esas interrogaciones al amigo informador, para no darle el gusto de explicarte: "¿Qué más da? Lo que importa es que yo puse los puntos sobre las íes".

A tu amigo Amador el informador le interesa todo de ti. Tanto, que se entera antes que tú de las cosas que te afectan. Y es el primero en comunicarte las peores noticias. El primero en lamentarlas ostentosamente. En asegurarte que está contigo. En las buenas y en las malas. Como aquella vez que ganaste un concurso de cuento y, no sin felicitarte, Amador te informó de que él conocía a los jurados y le habían dicho en confianza que te eligieron a ti porque no lograban ponerse de acuerdo sobre otros dos cuentos mejores que el tuyo.

No vaya a creerse, sin embargo, que aquí se trata solo de varones. En el campo de la información no solicitada e indeseable, igual que en muchos más, las hembras no son en modo alguno el sexo débil.

Todas las mujeres que se respetan, y la mayoría de las otras, tienen una amiga como Isadora la informadora. Una fémina feroz y franca a ultranza que en cuanto entras en la galería, nerviosa como siempre que inauguras una exposición, susurra a tu oído mientras te abraza: "El galerista me comentó que le parecen mejores tus cuadros de antes, pero a mí los de ahora me encantan".

En esa misma ocasión o en cualquier otra, pues no desaprovecha una sola oportunidad de informarte, Isadora te cuenta que hace pocos días una amiga común, artista como ustedes, anduvo diciendo horrores de ti. Atónita, permites a la inexorable informadora hacerte un relato pormenorizado de todas esas maledicencias. Y si al final del suplicio cedes a la tentación de preguntarle a tu verduga qué le dijo ella a la maledicente, Isadora te contesta, casi ofendida contigo: "Nada. Ya sabes que detesto el chisme".

Te gustaría decirles a tus amigos informadores que tú tampoco careces de información. Que en prolongadas tertulias con otros machos criticas a Amador sin miramientos: sus libros, su vida ociosa, su manera desenfrenada de beber. Que en comidas de parejas escuchas con deleite lo que otras mujeres opinan de Isadora: sus depresiones, sus fracasos artísticos, su falta crónica de amantes.

Pero luego de pensarlo con cuidado te abstienes de informar: no porque no quieras zaherir a quienes te lastiman, ni porque te repugne moralmente rebajarte a ser también un vil informador, sino porque estás seguro, por experiencia tanto propia como ajena, de que tarde o temprano, y más bien lo segundo, uno de tus contertulios o una de tus comensales se encargará con fruición de comunicarles a Amador y a Isadora las crueles verdades que ambos hubieran preferido ignorar.

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