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Miércoles , 17.10.2018 / 09:36 Hoy

El admirador impertinente

Los paisajes invisibles


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Orgulloso del bodriejo que está a punto de acabar, el cineasta Máximo Espejo (Francisco Rabal) observa embelesado el desarrollo de la escena pero no por la acción sino por la estrella: Marina Osorio (Victoria Abril) intenta escapar de la creatura que la asedia, un tipo musculoso con una máscara de acero, pero las cosas se complican y al final ella lo ahorca con la cuerda hecha de sábanas con la que pretendía huir por el balcón.

El equipo festeja la escena y se retira. Marina Osorio se queda sola en el plató en busca de algo, y Máximo Espejo vuelve lenta, sigilosamente. Desde su silla de ruedas contempla a Marina arrodillada en el escenario, la cara triste, con un dejo de angustia. De pronto, ella lo descubre. En el rostro del viejo se dibuja el arrobo, el éxtasis, la adoración. Sin ponerse en pie, lo increpa: “No me gusta que me mires así”. Máximo Espejo responde: “No te miro. Te admiro”.

Así comienza Átame! (1989) de Pedro Almodóvar, una de las películas emblemáticas del manchego para el que las mujeres son el centro de sus historias hilarantes, románticas, oscuras, kitsch, neuróticas, obsesivas, telúricas y melancólicas, porque Almodóvar conoce a la perfección las turbulentas pasiones femeninas. Sus mejores personajes son ellas, siempre ellas, los hombres son elementales, burdos, patéticos, idiotas, incluso en cintas como Matador (1986), La ley del deseo (1987) o La mala educación (2004). Átame! se recuerda siempre por el buzo en la bañera (ah, ese goce acuático que Del Toro revive hoy en La forma del agua); por el enigmático secuestrador, rudo pero sentimental hasta la ñoñez, llamado Ricky (Antonio Banderas); por la cama como jaula con barrotes de soga; por el enamoramiento forzado; por la erupción carnal que acopla a Marina con su carcelero a pesar de los hematomas e hinchazones. Átame! es la súplica amorosa de uno a otra, de otra a uno: “¿Si te dejo suelta estarás cuando regrese?”, pregunta Ricky, y Marina contesta: “Mejor, átame”. Y en tanto, Máximo Espejo edita su bodriejo contemplando a Marina una y otra y otra vez. Quizá recuerda cuando la vio en el plató, arrodillada y vulnerable, y ella le dijo que no le gustaba cómo la miraba y él objeta: “No te miro. Te admiro”.

Admirador es el que admira. Busquemos en la RAE. Admirar: “1. Causar sorpresa la vista o consideración de algo extraordinario o inesperado; 2. Ver, contemplar o considerar con estima o agrado especiales a alguien o algo que llaman la atención por cualidades juzgadas como extraordinarias. U. t. c. prnl.; 3. Tener en singular estimación a alguien o algo, juzgándolos sobresalientes y extraordinarios” (http://dle.rae.es/?id=0mcCwDF).

“Avenida/ avenidas y flores/ flores/ flores y mujeres/ avenidas/ avenidas y mujeres/ avenidas y flores y mujeres y un admirador”. Eso lo escribió el poeta suizo de origen boliviano Eugen Gomringer. Sus versos, en español, adornaban la fachada de la universidad berlinesa Alice Solomon desde 2011 hasta que ahora, 7 años después, las universitarias alemanas detectaron que la palabra admirador es sexista y el poema impertinente por ofrecer una imagen estereotipada de la mujer.

La palabra, una vez más, la palabra. Es bálsamo o toxina, antídoto o ponzoña. La palabra es virus (William Burroughs dixit). Sus cualidades varían según el espíritu que las absorba.


@IvanRiosGascon

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