Dejar de ser pobre

Semáforo.
Semáforo
(Especial)

Ciudad de México

Hoy se debate intensamente acerca de la desigualdad en el ingreso y la concentración de las riquezas en cada vez menos manos. Piketty afirma que la acumulación de la riqueza ha provocado la creciente desigualdad. Gabriel Zaid y Joseph Stiglitz refutan esa perspectiva: no tiene caso combatir la riqueza; lo importante es que la pobreza no se agrave hasta la miseria con la equívoca “generosidad” del Estado (véase el artículo “Desigualdad”, de Zaid, en el portal de Letras Libres y la entrevista a Stiglitz en el portal de Salon, del pasado 2 de enero) y con modos supersticiosos de pensar, como el de suponer que la pobreza se arregla con algo así como una “suma cero” —y peor: de orden moralista— en donde si unos tienen mucho es porque se lo quitaron a otros.

No tiene caso solamente denunciar las cosas injustas. Cuando hablamos de economía, el asunto parece más complejo: los saberes técnicos disuaden la opinión de los legos. Pero, bien visto, se trata solamente de un reclamo viejo como el mundo y que puede ser enunciado con toda claridad y simpleza: una sociedad, o Estado, en que el trabajo no solo no me saca de mis privaciones sino que me augura una vida cada vez más pobre, está destinada al fracaso y a la criminalidad.

En su origen, la democracia misma era el recurso correcto para la movilidad social. Y hallo dos muy distintas instancias, separadas por más de 20 siglos, en testimonio. Desde luego, el discurso de Pericles, según lo transmite Tucídides (siglo V, A.C.), que elogia su democracia porque “amamos la belleza con economía y amamos la sabiduría sin blandicia, y usamos la riqueza más como ocasión de obrar que como jactancia. Y el reconocer que se es pobre no es vergüenza para nadie; es vergonzoso, en cambio, no hacer algo por evitarlo”.

Y en 1846, Domingo Faustino Sarmiento, mientras recorre Estados Unidos, discurre que se trata de “la nación más civilizada de la Tierra”, precisamente por su increíble capacidad de transformar la pobreza en riqueza por vía del trabajo, la suerte o la inteligencia. Notable rasgo que igualmente elogiaría Rudyard Kipling en sus Notas Americanas (1890). Dice Sarmiento que “el yankee ha nacido irrevocablemente propietario; si nada posee ni poseyó jamás, no dice que es pobre sino que está pobre”.

El famoso discurso de Pericles es, quizás, la primera afirmación de la sociedad abierta, 2400 años antes de Karl Popper. Las reflexiones de Sarmiento son el descubrimiento de la sociedad democrática, que, pese a vicisitudes, fallas y accidentes, procura la movilidad económica.

Eso significa que creen posible el cambio, que les resulta verosímil superar la pobreza. Eso hemos perdido los mexicanos. La posibilidad de salir de pobre con el trabajo honesto se ha vuelto inverosímil, ficticia. No tiene nada de raro el auge del crimen organizado. Lo fundamental de estos dos casos: siglos de distancia, pero griegos y gringos (en el siglo XIX) creyeron que en su sistema de justicia —es decir, en ellos mismos, porque su justicia no es impartida por el Estado sino por una representación ciudadana— residía incluso su vida económica.