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Jueves , 20.09.2018 / 04:12 Hoy

Ebriedad espartana

[SEMÁFORO]

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Si falta la conversación, la ciudad se llena de borrachos peligrosos. En las Leyes (636-643), Platón hace discutir a un ateniense y un espartano. El espartano elogia la severidad de las virtudes entre su pueblo. El ateniense está de acuerdo, pero le recrimina: entre ustedes, la bebida lleva a la ebriedad (signo de intemperancia) y se vuelve disruptiva del orden social. Los espartanos carecían del arte del simposio. Su moral se ocupa de la valentía, pero, al carecer del arte civilizatorio de la conversación, descuida y pierde la virtud del dominio de sí mismo. Todo lo que sabemos de Esparta quedó escrito por los atenienses.

Para entonces ya existía una larga tradición celebratoria de la virtud y sus fermentos. Homero es una forma del simposio: cantaba para soldados o pastores mientras ellos comían y bebían, imaginaban, se conmovían. En la Ilíada, y más en la Odisea, hay varios episodios del arte de compartir la bebida con los cantos y las conversaciones. Después, Arquíloco, Teognis, Alceo, dedican poemas a celebrar las rondas de bebida, los amigos y las virtudes. Y traduje, en versión muy libre (y asistida involuntariamente por García Gual), a Alceo:

"Bebe cuanto puedas, solamente procura llegar por propio pie, sin criado que te cargue (sólo que seas muy viejo) hasta tu casa. Alaba y distingue a aquel que haya bebido pero insista en buscar la virtud con ánimo y memoria, sin gastarse en ficciones ancestrales, cuentos de Titanes, o Gigantes, ni Centauros. Y que siempre guarde el respeto a los dioses".

La tradición ha confundido banquete, simposio y hasta congreso. La celebración por la bebida es un simposio; la comida es: hó deîpnos. Es la comida principal. Pero la confusión no es solo nuestra, moderna. Ateneo de Náucratis fundó, en el siglo III, el grupo de los deipnosofistas y escribió una enorme cantidad de diálogos y relatos que pretendían copiar el simposio platónico. Pero sus diálogos eran reuniones de esnobs. Y esa versión romana, latinizada, halla su sátira en un episodio incidental del Satiricón, donde los comensales echan poemas y discursos vacuos y pomposos, pura mala retórica. Almas vacías y entusiasmadas con un puerco eviscerado. Es en esa cena donde Trimalción, el mayor de los esnobs, para darse importancia, cuenta haber hallado a la inmortal Sibila de Cumas, en un mercado, consumida, colgada en su botella. Pasan niños gritando, jugando, clientes vulgares, mercaderes, usureros. Y Trimalción, al reconocer a la Sibila, se acerca y le pregunta, en griego: "Sibila, ¿qué quieres?", y ella responde: "Quiero morir".

T. S. Eliot entendió lo que estaba leyendo. Por eso lo puso de epígrafe al poema más importante del siglo XX, The Waste Land: lo que sucede cuando se olvida el sentido original de la conversación y quedan voces rotas, solas, retazos de sentido. "En The Waste Land ni siquiera me molestaba por averiguar si entendía lo que estaba yo diciendo", le respondió Eliot a Donald Hall. Era el momento en que la ebriedad cambiaba de recursos y sustituía el alcohol por drogas de laboratorio.

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