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Viernes , 21.09.2018 / 19:30 Hoy

Dulcísonas palabras

Toscanadas.

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Hace como veinte años busqué en el diccionario de la RAE la palabra “mazuelo”. La definición me dejó en blanco: “mano como de almirez con la que se toca el morterete”. A veces la duda no es tan turbia como la respuesta.

Tengo la vida leyendo literatura y otros textos históricos, científicos y filosóficos. También libros de cocina, de viaje, revistas, instructivos y demás textos, y me sigue maravillando la cantidad de palabras que desconozco.

Abro una página al azar del diccionario, y no sé qué es “oligotrófico” ni “olivarda” ni “olivino” ni “olma”. Abro otra y desconozco “rumpiata”, “runcho”, “rungue”, “rupicabra”, “ruqueta”, “rusel”. “rustir”. Y aunque “rusticano” me viene a la mente por la caballería, no sabía que se refería específicamente a las “plantas no cultivadas”.

Y si en esta última página conozco “rútilo” es por el poema “Canción de la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob, en el que habla de las “rútilas monedas”. Con el buen Porfirio también aprendí sobre los “niños rosicler”, el “jocundo címbalo”, los “bucles undosos” y la “noche estelífera”.

Uno casi puede imaginar a los poetas de esos años con diccionario en mano, tratando de aparear por primera vez tal o cual adjetivo con tal o cual sustantivo, sobre todo a la hora de las rimas, en ese mundo en que los besos se vuelven ósculos. Así debió de meterse en líos Amado Nervo cuando escribió “mirada azul” y “fino tul” y su diccionario rimador le daba opciones como “abedul”, “gandul”, “curul” o “baúl”, así es que para salir airoso del paso se convirtió en el único mortal que ha conocido el “trigo garzul”.

El propio diccionario aclara que ciertas palabras son de uso poético, tales como “adamantino”, “alígero”, “amplexo”, “armífero”, “armisonante”, “astrífero”, “aurívoro”… y apenas vamos en la A.

Esto no significa que tengamos que hacer poesía para emplear dichos vocablos. Si vemos a un militar que al correr hace traquetear su metralleta, podemos decir “Ahí va un soldado armisonante”, o sobre una mujer entusiasmada en una joyería, podemos comentar: “He ahí una fémina aurívora”, o en vez de decir “tengo sed” puedo declararme sitibundo. Pero sin duda sonará a fanfarronería. A alguien puedo decirle que su coche echa humo y hace mucho ruido, pero difícilmente me referiré a su “fumífero y grandísono vehículo”.

Muchas palabras, entonces, se vuelven incómodas, mal recibidas en un discurso o conversación, pasan a ser parias y su presencia se limita al diccionario; sin ser palabras cómicas sirven para decorar un chiste.

Se da, por supuesto, la llegada de incontables neologismos, pero la mayoría nace para nombrar cosas nuevas, no para darle un alias a las de siempre. Con el tiempo, quién sabe cuántos objetos, ideas, seres y conceptos pierden su nombre. Un personaje contemporáneo no diría “el mazuelo es como la mano de almirez con la que se toca el morterete”, sino “la cosa ésa es como la madrecita con la que se toca aquella chingadera”.

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