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Viernes , 22.06.2018 / 03:11 Hoy

Dos cuentos

Por cortesía de la editorial Océano, publicamos dos de los textos que forman parte de Antología personal. 50 años de cuentos, con los que celebramos la concesión del Premio Cervantes al escritor


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Sergio Ramírez

De las propiedades del sueño (I)

Sinesio de Cirene, en el siglo XIV, sostenía en su Tratado sobre los sueños que si un determinado número de personas soñaba al mismo tiempo un hecho igual, éste podía ser llevado a la realidad: “entreguémonos todos entonces, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, ciudadanos y magistrados, habitantes de la ciudad y del campo, artesanos y oradores a soñar nuestros deseos. No hay privilegiados ni por la edad, el sexo, la fortuna o la profesión; el reposo se ofrece a todos: es un oráculo que siempre está dispuesto a ser nuestra terrible y silenciosa arma”.

La misma teoría fue afirmada por los judíos aristotélicos de los siglos XII y XIII (o Sinesio la tomó de ellos) y Maimónides, el más grande, logró probarlo (según Gutman en Die Philosophie des Judentums, Múnich, 1933), pues se relata que una noche hizo a toda su secta soñar que terminaba la sequía. Al amanecer, al salir de sus aposentos, se encontraron los campos verdes y un suave rocío humedecía sus barbas.

La oposición política de un país que estaba siendo gobernado por una larga tiranía quiso experimentar siglos después las excelencias de esta creencia y distribuyó entre la población de manera secreta unas esquelas en las que se daban las instrucciones para el sueño conjunto: en una hora de la noche claramente consignada, los ciudadanos soñarían que el tirano era derrocado y que el pueblo tomaba el poder.

Aunque el experimento comenzó a efectuarse hace mucho tiempo, no ha sido posible obtener ningún resultado, pues Maimónides prevenía (parágrafo XII) que en el caso de que el objeto de los sueños fuera una persona, debería ser sorprendida durmiendo.

Y los tiranos nunca duermen.

De la afición a las bestias de silla

Por su afición a las bestias de silla, a las partidas de caza y a las revistas militares en cabalgadura, S. E. fue adquiriendo poco a poco la costumbre de realizar todas sus tareas desde la montura y con el tiempo prefirió no bajar ya más del caballo.

De manera que entraba a su despacho montado y su rastro era de estiércol sobre los pisos de mármol; junto a su escritorio se dispuso un pesebre y pronto las jáquimas y los cabezales fueron vistos sobre las alfombras; las albardas sobre las consolas; y en las capoteras toda clase de riendas y aperos. El sudor de S. E. era uno con el de su bestia.

La situación era difícil para las damas que debían ayuntarse con él en ancas, o sufrir al caballo y al caballero, cuando llevaba las cosas al límite de la perversión. Pero el amor se hacía por igual sobre el forraje que sobre las sábanas y en la alcoba presidencial se escuchaban de la misma manera los relinchos y los suspiros. Más tarde, Su Excelencia comenzó a dormir montado y a defecar desde tal elevación; a las inauguraciones y a los banquetes iba también caballero. En este último caso se producían muchos inconvenientes pues el caballo metía las narices entre los platos y resoplaba sobre la sopa, importunando también a las señoras a quienes lamía los escotes.

Los ministros eran recibidos en la sala de audiencias a pie, pues no precisaban de caballo; a los embajadores, por protocolo, se les obligaba a entrar montados y presentar sus cartas credenciales de montura a montura. Y en la República, los ciudadanos se sentían a mecate corto.

Pronto la casa presidencial fue mitad cuadra y mitad palacio. La primera dama se paseaba en una yegua por los jardines y desde su asiento cortaba las rosas perfumadas, siendo pronto imitada por las otras cortesanas, que un día aparecieron también al trote. Los criados, desde sus propias mulas, se encargaban de ahuyentar a los garañones, que aprovechando la confusión se introducían en las recámaras, en tropel sonoro.

Siguiendo el ejemplo de palacio, las gentes de cierta educación y recursos impusieron la costumbre de manera general en el país, como timbre de distinción.

Al fallecer S. E. un día aciago, erigirle una estatua fue simple tarea de disecarlo, con todo y caballo.

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