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Sábado , 15.12.2018 / 09:16 Hoy

Dónde jugará Arturito

EL SANTO OFICIO

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El cartujo mira a su alrededor, no hay nadie. Como dice la canción: "Se mira relampaguear/ el cielo está encapotado", por eso los cofrades se encuentran recluidos en sus celdas, orando por los pecadores. Solo él deambula por los pasillos del monasterio rumbo a la hemeroteca, donde en un montón de amarillentos periódicos y revistas espera encontrar la historia de Arturo Escobar y Vega, el recién designado subsecretario de Prevención y Participación Ciudadana.

¿Realmente lo nombró Miguel Ángel Osorio Chong?, se pregunta el monje mientras apresura sus pasos. No lo cree, el secretario de Gobernación es inteligente, no tanto como el Chapo Guzmán pero vaya si lo es. Más bien, considera, se trata de una imposición, de un castigo por la fuga del escurridizo capo, de una mácula en su camino hacia la candidatura presidencial del 2018, tan lejos, tan cerca, como bien lo saben todos los suspirantes —como se decía en los tiempos antiguos.

Una canción de Maná llega intempestivamente a los castos oídos del cofrade; aprieta las manos sobre sus orejas, pero la letra resuena insistente en su cabeza: "¿Dónde diablos jugarán/ los pobres niños?".

No le gusta la música del grupo tapatío, pero su pegajosa canción de contenido ecológico lo hace imaginar a un niño nacido en la década de los setenta en la ciudad de México, quien haría de la ecología un juguete desechable y de la trampa una forma de vida.

Consentido, proclive a las mentiras, muy pronto aprendió a jugar sucio, a transgredir las reglas para lograr sus propósitos: un regalo, un viaje, un 10 en la boleta de calificaciones, una maleta Louis Vuitton con un millón de pesos (bueno, eso sería años más tarde, pero de cualquier manera vale).

¿Dónde jugará Arturito el día de mañana?, se interroga el fraile, a punto de llegar a su destino en la hemeroteca monacal. Con sus amiguitos, jugó a ser diputado y senador, presidente de un partido político verde —emblema de humanismo y defensa del medio ambiente en todas partes, menos en México, donde es sinónimo de transa y corrupción—, ahora es funcionario federal y quién sabe hasta dónde podrá llegar con su talento para acomodarse en cualquier parte.

El trapense ha conocido varios chamacos como Arturito, dispuestos a vender su alma al diablo con tal de salirse con la suya. Los vio crecer, encumbrarse, ganar dinero y notoriedad, nunca respeto. Y eso, respeto, requiere un subsecretario encargado de "la prevención social de la violencia y delincuencia con participación ciudadana", a ver dónde lo encuentran. Por ahora, la Presidencia erró el tiro al imponer a Arturito y con él a la estirpe de niños verdes, tan ignorantes como ambiciosos, habituados a la impunidad, a ser tan gandallas como chillones.

El amanuense llega a su destino, pero no cruza la puerta. Da media vuelta y se dirige a su celda, en realidad ya no le importa saber nada de nadie. No tiene caso.

Queridos cinco lectores, vapuleado por el clima y las críticas, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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