No al nacionalismo

Se equivocan quienes creen que el nacionalismo nos sacará de las nuevas crisis. No puede. Tal y como ser buen mexicano, sin nacionalismo patriotero de por medio, no puede limitarse a gritar.
Donald Trump, candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos
Donald Trump, candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos (Especial)

Ciudad de México

Siempre he criticado el nacionalismo y me enoja Donald Trump. ¿Me contradigo? No. Ser nacionalista mexicano es suficiente para reaccionar contra el señor, pero el nacionalismo no es ni puede ser condición necesaria para ser antiTrump.

Todos los mexicanos nacionalistas están contra él pero no todos los no nacionalistas somos indiferentes ante su desprecio. No se necesita estar orgulloso de todo lo que contiene una nación, o sentir amor por todo lo que ésta sea, para rechazar a patanes peligrosos para el lugar en que naciste y (sobre)vives, o en el que naciste y (sobre)viven familiares.

Lo que se necesita son dos cosas: racionalidad y decencia. Sí, decencia, que no es lo que los equivocados del socialconservadurismo siempre escupen sino actuar con y por consideraciones sobre y hacia la dignidad, la dignidad pública y privada de terceros, sin importar su nacionalidad, color de piel, religión o preferencia sexual. Y resulta no sólo que los fanáticos de Trump son nacionalistas también, sino que el nacionalismo no tiene las mejores relaciones con la decencia ni con la racionalidad. Los antinacionalistas, por tanto, nos oponemos a los Trump de cualquier origen nacional.

¿Qué pasa con el nacionalismo? Sobre el verdadero y puro, el nacionalismo puro y duro, absoluto, sin adjetivos, una respuesta de trece piezas:

1) Parecería obvio pero suele hacerse a un lado: el nacionalismo no puede definirse correctamente si se le separa de “la nación”. No es el simple deseo de que le vaya bien a tu país ni la mera intención de no dañarlo.

2) El nacionalismo no es ninguna serie de conclusiones o posiciones sistemáticas a favor del Estado.

3) Nación, país, pueblo, población, sociedad no son analíticamente equivalentes ni propiamente intercambiables, podemos unirlos en el lenguaje más o menos coloquial (y entendernos) pero no son lo mismo. La nación y el Estado tampoco lo son. Por eso la figura del Estado-nación. Y hay naciones sin Estado y Estados que incluyen más de una nación.

4) Que el Estado regule, que intervenga, que no privatice, ninguna de esas situaciones/peticiones es nacionalismo per se (así, tampoco son intrínsecamente antiliberales, por ejemplo).A veces pasan por hechos nacionalistas (y populistas) pero es un artilugio “eufemístico”; los nacionalistas y los fundamentalistas del mercado haciendo marketing político. A veces se refieren esas situaciones, se cubran o no de nacionalismo, pero las peticiones son realmente otras: estatismo, estado-nacionalismo, oportunidad de corrupción, más poder.

Por no dejar: la intervención estatal en la economía puede tener variaciones y variedades, distintos tamaños, distintas raíces: puede tener inspiración nacionalista pero también puede ser solamente racional, o pragmática, o liberal, solidaria, socialista, habiendo socialismo antinacionalista, prodemocrática, autoritaria o simple y políticamente corrupta. Otra vez: el nacionalismo es otra cosa.

5) El nacionalismo incluye xenofobia y racismo. En algún grado, en alguna forma y, sobre todo, muy expresivamente, en algún momento. La nación no puede no ser una cuestión etnocultural. Lo nacionalista es un paquete todo incluido para el discriminador indecente (que además no le impide seguir sumando exclusiones: nada impide que el nacionalista sea un homófobo). Hay que repetirlo: el nacionalismo siempre es xenofobia, y si hay xenofobia hay nacionalismo —la primera existe porque existe el segundo; si no, ¿a partir de qué se hablaría de extranjero y cómo se le construiría negativamente?

6) El nacionalismo es una creencia orgullosa y un orgullo creyente. Punto.

7) ¿Creencia y orgullo sobre qué, exactamente? Sobre un ser auténtico. Una supuesta autentificación: una autenticidad superior y una superioridad auténtica que son irreales, y hasta surrealistas. Los nacionalistas creen que ellos son mejores que otros y fundamentalmente diferentes de otros más, que por lo mismo (por lo “diferente”) no pueden ni merecen ser miembros de su nación, o de su Estado nacional. Toda nación está compuesta por elementos objetivos y subjetivos, de hechos preexistentes y de “apoyos” plenamente imaginarios. A veces las diferencias nacionales, es decir, entre naciones como naciones, son mínimas, o muy pocas, accesorias y perfectamente superables, como entre catalanes y el resto de españoles. Que no se les supere sino exagere carece de Razón, se trata única y exclusivamente de política nacionalista.

8) El nacionalismo no es lo mismo que el patriotismo y el imperialismo. Pero el imperialismo es nacionalismo; no hay imperialismo sin nacionalistas; y el nacionalismo puede ser imperialismo. Recalquemos: el nacionalismo no necesariamente es imperialista pero puede llegar a serlo y todo imperialista es un nacionalista. Por otro lado, el patriotismo no requiere nacionalismo y éste incluye patriotismo. Un nacionalista es un patriota y un patriota no necesariamente un nacionalista. El patriotismo es más una cuestión geográfica, territorial, una preocupación emocional por un lugar mayor, constitucionalizado o no, que se asume como propio; el nacionalismo, en cambio, es un complejo de nudos geográficos, socioculturales y étnicos o raciales. Como sea, no hay que olvidar la observación de Samuel Johnson: “el patriotismo es el último refugio de los canallas”. Más cierta aún si aplicada al político nacionalista. De ahí también el “patrioterismo”, esa corrupción o degeneración de sentimientos y actitudes relacionada con el nacionalismo —patriotero es el patriota bajo los efectos del nacionalismo. 

9) En el nacionalismo no hay evaluaciones objetivas: los valores y el dato empírico, el nacionalista no los pone a comulgar. Si las hubiera no habría nacionalistas, esto es, los nacionalistas no serían nacionalistas. Se daría una crítica que contradiría tanto el amor a la nación como el amor a la patria que nacionalistamente se esperan sin condición.

10) El nacionalismo puede ser útil pero no es bueno. Que puede ser útil significa también que puede no serlo y no excluye que la utilidad sea o pueda ser para fines moralmente inválidos, antidemocráticos o de plano antisociales. Johnson aplicado, de nuevo.

11) El nacionalismo no es necesario ni suficiente para querer, buscar y/o lograr cambios positivos para un país o sociedad. De hecho, los verdaderos nacionalistas son orgullosos que pueden serlo por partida doble y creer que no se necesitan cambios. Salvo, acaso y en casos, en política y Estado. No en la gente, no en la cultura a ras de tierra, no en la sociabilidad y convivencia, no en sus compatriotas. Uno de los rasgos más nocivos del nacionalismo es implicar la imposibilidad de la autocrítica.

El nacionalismo estricto no es conmemorativo (más o menos reflexivo) sino celebratorio (irracional). Ejemplo que une y resume los puntos nueve, diez y once: para los nacionalistas hemos sido víctimas, nunca victimarios; para ellos no existen bajezas como las que muchos mexicanos cometieron contra muchos chinos (un resumen al respecto, tan breve como bueno, es la crónica “Barrio chino” de Héctor de Mauleón, incluida en su libro La ciudad que nos inventa). Es la perspectiva nacionalista: está mal si nos lo hacen, no si lo hacemos. ¡¿Cómo estaría mal algo que haces por y para tu nación?! Lo mismo que dicen los amantes de Trump.

12) El nacionalismo tampoco es necesario ni suficiente para el progreso. Progresar hoy necesita otras cosas, de la comprensión de conveniencias hasta una ética humanista, pasando por reglas y estrategias.

13) Por último, el fascismo envuelve y revuelve nacionalismo y populismo. El nacionalismo no es idéntico al fascismo pero puede serlo por evolución: llegar a él o llevar a él. Y el fascismo necesariamente exige y agrega nacionalismo. Todo fascista es nacionalista, y no al revés, pero, aunque no todo nacionalista es fascista, no debemos olvidar la semilla, el riesgo: puede serlo. En cada nacionalista cierto, hay potencial fascista. Su realización depende de coyunturas históricas no siempre previsibles. Mejor tener conciencia y cuidado. Mejor no confiarnos. Mejor tener presente que los extremos sí han triunfado: los nazis no sólo expresaban una hijoputez racista, los nazis eran nacionalistas.

Se equivocan quienes creen que el nacionalismo nos sacará de las nuevas crisis. No lo hará. No puede. Tal y como ser buen mexicano, sin nacionalismo patriotero de por medio, no puede limitarse a gritar.

*José Ramón López Rubí es politólogo; ha colaborado en centros académicos como el Centro de Investigación y Docencia Económica y la Benemérira Universidad Autónoma de Puebla.