Slavoj Žižek devela la falsedad de la libertad de elección

En su libro 'Problemas del paraíso..', el filósofo vislumbra el bien común como la solucion a problemas actuales y exhibe el disfraz bajo el que se esconde el fallido capitalismo 

Vivimos en un mundo cuyas economías están dominadas por la deuda y donde se lucha en secreto por el control del ciberespacio; encerrados en callejones sin salida, como los que reflejan los movimientos de la Primavera Árabe; conscientes de la futilidad del antieurocentrismo; agobiados por la presión del superego de la ideología e inseguros sobre las consecuencias de la violencia en las luchas sociales.

Ante esto, el filósofo, sociólogo, psicoanalista y teórico cultural Slavoj Žižek publica Problemas en el paraíso. Del fin de la historia al fin del capitalismo (Anagrama, 2016), donde apela a un horizonte que nos permita vislumbrar, de una vez por todas, no una solución a los múltiples temas que esos asuntos plantean, sino el nombre de un problema: el problema del “bien común” en todas sus dimensiones.

“El bien común de la naturaleza como la sustancia de nuestra vida, el problema del bien común de nuestra biogenética, el problema de nuestros bienes comunes culturales (la “propiedad intelectual”), y por último, pero no menos importante, el bien común como espacio universal de la humanidad del que nadie debería ser excluido”, escribe Žižek (Liubliana, 1949) en este ensayo recién publicado en nuestro idioma.

En esta obra, el autor delimita con claridad ese horizonte, ese espacio de ideas dentro del cual podemos movernos para afrontar esos problemas, y lo apunta con claridad, consciente, por lo demás, de que el gran aparato ideológico capitalista caerá en turba sobre sus reflexiones para descalificarlas con la habitual y cínica cantaleta a la que nos tiene acostumbrados la Intelligentsia escandalizada con la palabra “comunismo”. Pero el comunismo no como esa especie de utopía redentora (y simplona) a la que nos tienen acostumbrados ciertos manuales filosófico-histórico-económicos y ciertos críticos del establishment, sino como un instrumento serio y eficaz de análisis de lo que ocurre en la actualidad, una especie de “indicador inmanente de lo que ha ido mal”, como el autor precisa.

La audacia de la emancipación

Žižek hace un meticuloso análisis de los principales retos y alternativas que enfrentamos a nivel global, partiendo de la confrontación de las opciones políticas básicas en las que estamos sumergidos hoy día: el conformismo cínico, que nos dice que los ideales emancipadores de más igualdad, democracia y solidaridad son aburridos e incluso peligrosos, y que conducen a una sociedad regulada en exceso, postulando que el único paraíso es el universo capitalista existente. Pero “el compromiso radical emancipador -añade el filósosfo- surge de la premisa de que lo que es aburrido es la dinámica capitalista, pues ofrece más de lo mismo bajo el disfraz de cambio constante, y de que la lucha por la emancipación sigue siendo la más audaz de todas las empresas”.

Paso a paso, apoyado en un aparato crítico que abarca un amplio espectro teórico, Žižek elabora una herramienta de “desmontaje” de los axiomas y anatemas que se utilizan para desacreditar los esfuerzos de un cambio radical en las condiciones de vida de nuestras sociedades, analizando cómo funciona la ideología en su máxima pureza en nuestros tiempos supuestamente posideológicos, y advierte que “para detectar las así llamadas distorsiones ideológicas, deberíamos observar no sólo lo que se dice, sino la compleja interacción entre lo que se dice y lo que no se dice, el implícito no dicho en lo que se dice”.

Por ejemplo, la crisis, ese tema tan manido que está en boca de todos, que va y viene sin ton ni son y que sirve a todo el mundo para explicar muchos de los problemas estructurales de nuestras sociedades. Žižek apunta: “La crisis no es sólo resultado de una regulación financiera inadecuada, sino que expresa la dificultad intrínseca de conseguir que el capital inmaterial funcione como capital y que el capitalismo cognitivo funcione como capitalismo”, lo que ha puesto fin al sueño de la llamada nueva economía, con la cual se pretendía revitalizar ese sistema socieconómico en su forma digital, con la ayuda de programadores y otros trabajadores intelectuales convertidos en capitalistas “creativos”.

La economía, un espacio inconsistente

Por otro lado, el autor subraya la lógica inmanente de las relaciones de mercado, “que tiende hacia la explotación y los excesos desestabilizadores” en eso que llamamos “economía”, un campo que designa un espacio inconsistente atravesado por multitud de prácticas y discursos, de la producción material y las operaciones monetarias, al aparato publicitario, las intervenciones de los aparatos estatales, las regulaciones y obligaciones legales, los sueños ideológicos, los mitos religiosos, las historias de dominación, sufrimiento y humillación, las obsesiones privadas con la riqueza y los placeres, etcétera. Pero la economía no tiene una “esencia” profunda, advierte, sino algo así como una matriz formal “transhistórica y transcultural” de la autorreproducción del capital, algo que permanece igual a través de todo el proceso de capitalismo global, “la locura de lo que se hace palpable en momentos de crisis”, una locura cuyos contornos Marx describió cuando se refería al avaro tradicional como un “capitalista enloquecido” que acapara su tesoro en un escondite secreto, en contraste con el “capitalista normal”, que aumenta su tesoro poniéndolo en circulación. Žižek agrega que cuando algo no funciona en un sistema en el que la incontrolable especulación bancaria puede provocar que todo un país vaya a la bancarrota, es el momento de tomar medidas radicales, como “un cambio radical de todo el sistema bancario”, una especie de “socialización de los bancos”, y no sólo su regulación.

Libertad y medios digitales

La libertad es un asunto que a todos importa y Žižek lo sabe. Por eso discierne una lección a tener en cuenta: que “la libertad de elección es algo que de hecho funciona sólo si una compleja red de condiciones legales, educativas, éticas, económicas y de otro tipo conforman una base amplia e invisible del ejercicio de nuestra libertad”.

Apliquemos esta premisa a todas las soluciones que se nos ofrecen, como la austeridad, una forma más bien contemporánea de superstición, acusa Žižek, que desvía las miradas de las auténticas raíces de la crisis. Porque la libertad que se nos permite en la actualidad es solo una reconceptualización del individuo como “empresario del yo”, a quien se le ofrece, en contrapartida a la mengua de sus salarios y la eliminación de su protección social, créditos y seguros de jubilación personal, hipotecas para viviendas, créditos estudiantiles, convirtiéndonos en trabajadores, consumidores y ciudadanos endeudados que tenemos que responsabilizarnos por la parte que nos corresponde de la deuda de nuestros países. Así, la libertad de elección que se nos impone es falsa, y se torna en realidad, devela Žižek, la mismísima forma de nuestra servidumbre.

Otra carta que pone el autor sobre le mesa de esta partida diabólica en la que está en juego nuestro propio destino, es la democratización informativa, que se ha revelado, indica, “como uno de los dominios clave de la lucha de clases en dos aspectos: económico en un sentido limitado, y sociopolítico”. Por un lado, los nuevos medios digitales de comunicación y el problema de la propiedad intelectual, donde la misma naturaleza de la World Wide Web parece ser comunista, pues tiende al libre flujo de datos. Por otro, las nuevas maneras que esos medios de comunicación digitales han abierto para que millones de ciudadanos corrientes establezcan una red y coordinen sus actividades colectivas, “ofreciendo también a las agencias estatales y a las empresas privadas unas posibilidades jamás soñadas de rastrear nuestros actos públicos y privados”.

El discurso ideológico

En ese contexto, Žižek analiza los comodines de la política y su lógica subyacente de posiciones antagónicas en liza: el puro capitalismo global liberal; su versión más suave del Estado del bienestar (que acepta el capitalismo siempre y cuando esté regulado para asegurar la asistencia sanitaria, la educación, la solidaridad con los pobres, etcétera); el anticapitalismo fundamentalista directo y reaccionario; los movimientos emancipadores radicales; el capitalismo autoritario (como el de valores asiáticos tipo Singapur y China); y lo que queda de la antigua Izquierda comunista “totalitaria” (Cuba, los jemeres rojos de Camboya, Corea del Norte o los rebeldes maoístas de la India y Nepal). ¿Quién tiene un discurso que nos ayude a superar nuestros problemas? Es en buena medida una cuestión de ideologías. Y a su análisis se dedican, entre otros, los filósofos. “Los filósofos realmente creen en el poder de las ideas”, dice Žižek, “creen que las ideas dominan el mundo, y los cínicos están plenamente justificados cuando los acusan de este pecado; sin embargo, lo que no ven los cínicos es su propia candidez. Los auténticos realistas son los filósofos, pues son perfectamente conscientes de que la posición cínica (que no atina a reconocer la eficacia simbólica de las ilusiones), es imposible e inconsistente (…) La cuestión teórica general que subyace tras la ceguera del cinismo es que una crítica de la ideología tiene que incluir una teoría de la ignorancia construida”. Y ello tiene que ver con una serie de reflexiones que Žižek hace sobre el derecho, la ley, las religiones y el “superego”, esa Ley bautizada así por Freud, que funciona como un “real-imposible”, teniendo como tarea primordial discernir la auténtica división en el terreno de la lucha de clases en medio de la confusión de las luchas secundarias, con una novedad: que ya no deberíamos centrarnos en la clase trabajadora tradicional, “sino incluir a todos aquellos que están explotados: trabajadores, desempleados y no empleables, el ‘precariado’, el ‘cognitariado’, los inmigrantes ilegales, los habitantes de los suburbios, los ‘estados canallas’, excluidos del espacio ‘civilizado’”.

Capitalismo, revueltas, Estado y democracia

Žižek va más allá y aborda el asunto de las revueltas que consiguen por un momento el sueño radical de unidad nacional y, a veces, transnacional (los movimientos de Occupy Wall Street, la Primavera Árabe, la Plaza Taksim en Turquía, el Movimiento de los Indignados, etcétera), que a su vez manifiesta el sueño de una solidaridad y una justicia igualitaria que vaya más allá de la estrecha esfera de la política y se amplíe a la economía, la vida privada y la cultura, permeando todo el edificio social. ¿Qué hacer al día siguiente, a la semana siguiente, después?, se pregunta. En primer lugar, “una situación revolucionaria surge cuando queda claro que sólo un cambio global radical puede resolver los problemas particulares”. Por eso resulta benéfico para los defensores del orden global existente presentar los problemas como específicos, a lo que Žižek contrapone a Marx y su idea de “totalidad”, en este caso el capitalismo global, “un proceso complejo que afecta a distintos países de maneras distintas”, frente a cuyas diferentes facetas reaccionan las protestas. Así, observa el autor, “el capitalismo global actual tiene tendencia a expandir aún más el reino del mercado, tendencia que se combina con la progresiva reducción del espacio público, la disminución de los servicios públicos (salud, educación, cultura) y un aumento del autoritarismo”. En suma, dos temas que amalgaman las protestas globales: uno económico más o menos radical y otro ideológico político que exige democracia e incluso derrocar la democracia clásica multipartidista.

Por supuesto, aclara Žižek, todo ello no significa que por ser el capitalismo global la causa de las protestas, con derrocarlo se solucionen los problemas. ¿Entonces? Žižek sugiere que “el antagonismo básico que define a la sociedad actual no es la resistencia contra el Estado, sino la ‘lucha de clases’ dentro de la sociedad, a cierta distancia del Estado”. Por otro lado, agrega, “si simplemente abolimos el mercado (incluyendo la explotación en el mercado) sin reemplazarlo por una forma adecuada de organización de la producción y el intercambio comunistas, la dominación regresa con más fuerza que antes, y con ella la explotación directa”. Asimismo, destaca, debemos asumir una “posición completamente comprometida conscientes de los riesgos: no somos instrumentos de ninguna “Necesidad histórica superior” que garantice el resultado final de nuestras intervenciones (…) Nunca habrá una Izquierda que transforme mágicamente confusas revueltas y protestas en un gran Proyecto de Salvación coherente; todo lo que tenemos es nuestra actividad, expuesta a los riesgos de la historia contingente”.

La cuestión última estriba en discernir un dilema existencial profundo que Žižek plantea mediante la pregunta: “¿Qué es más deseable, una vida tranquila y apática de pequeñas satisfacciones, algo que no es una verdadera vida, o asumir un riesgo que pueda acabar en catástrofe?”.

 En esa disyuntiva, tampoco es una buena opción el mero impulso de “actuar” o “participar”, porque se puede enmascarar simplemente la Nada de lo que ocurre, implicándose en actos localizados cuya función última es hacer que el sistema discurra sin problemas. Mejor estar atentos al “lado oscuro del progreso” y denunciarlo, decirlo de forma contundente. En última instancia, como reflexiona Žižek, “la auténtica liberación revolucionaria se identifica de manera mucho más directa con la violencia: es la violencia como tal (el gesto violento de deshacerse de algo, de establecer una diferencia, de trazar una línea de separación) lo que libera. La libertad no es un bienaventurado estado neutral de armonía y equilibrio, sino el mismísimo acto violento que perturba este equilibrio”. Sería el fin del infierno al que muchos quieren seguir llamando paraíso.