Rügen: crónica de una isla, un pintor y un paisaje

Una visita al mar Báltico nos lleva a conocer el movimiento pictórico romántico alemán y a su máximo representante, el paisajista Caspar David Friedrich, artista que fundió su espíritu con la ...

Rügen, Alemania

Me he quedado con la sensación del azul. Sería el tono celeste de los dos pequeños cuadros que adornan las paredes, irreprochablemente blancas, de mi diminuta habitación alquilada en el hotel Am Ostseegarten (El jardín báltico). Construido en 1880 a pie de playa frente al mar Báltico, sus detalles arquitectónicos recuerdan las clásicas mansiones de Nueva Orleans, con balcones y ornamentos de hierro estilo victoriano. La dueña es una pintora alemana, autora, además, de todos los cuadros dispuestos en habitaciones, pasillos, comedor y vestíbulo; una millonaria setentona con pinta de hippie que vendió su casa de Baviera para hacerse de esta propiedad y emprender en la isla de Rügen su negocio de verano.

Y ahí me encontraba: con una mujer que no paraba de hablar del frío, del calor, del viento, de los mejores lugares para visitar, a punto de emprender un viaje sin la certeza de saber a dónde me llevaría. Mientras elaboraba el registro de admisión, preguntó sobre mi procedencia. Al escuchar la palabra “México”, lanzó un grito sorpresivo. Le hizo recordar su viaje a Acapulco, hace 10 años, del cual exclamó con evidente emoción: “¡La gente, tan amable!”, “¡el paisaje, precioso!”,  “¡el territorio, inmenso!”, aunque (lógico) se concentró en los desayunos: “¡Quedé boquiabierta!, ¡cuánta cantidad de comida sirven allá!”, y en la criminalidad: “Es una lástima; un país tan interesante y con tanta cultura”.

Mi habitación, aunque pequeña, tenía un balcón con vista al mar. Al entrar, se me desató la impresión de haber ingresado en el corazón de una espumosa nube albar. “Muy romántico”, auguró ella al entregarme la llave. A partir de ese momento, tal expresión se volvió recurrente. La pronunciaban los dueños de negocios, la encontré inscrita en los folletos promocionales de paseos, en el menú impreso de los restaurantes, en las tiendas de regalos. Tal adjetivo lo califica todo: las caminatas por el bosque o a orilla de la playa, los paseos en velero, las terrazas con vista al Báltico, los atardeceres, los viajes en tren. Incluso, un sutil aroma a té de hinojo, perceptible en áreas campestres de algunos tramos carreteros, igualmente me inoculó la idea romántica.

Ubicada al noreste de Alemania, Rügen es la mayor isla del territorio alemán


La isla mayor

Ubicada al noreste de Alemania, Rügen es la mayor isla del territorio alemán. Es famosa por su clima benevolente de veranos frescos e inviernos moderados, por las playas de fina arena, sus extensos campos florales, los enormes acantilados y sus espesos bosques de hayas, árboles de altísimo tronco cuyo proceso de evapotranspiración (para mantener la humedad de los suelos) genera neblinas matinales que dan un toque de misterio a la interior oscuridad boscosa.

Zona de rocas cretáceas (creta/ greda), los visitantes encuentran por doquier pequeños trozos de tiza (gis/ yeso), que van tomando para estampar su nombre sobre las formaciones rocosas. En concordancia con el destino artístico de esta región, los millones de sedimentos depositados a lo largo de la costa son originales obras de arte producidas de manera natural, al combinarse elementos minerales con restos fósiles. Cada piedra parece llevar impreso un paisaje elaborado con cuidadosas pinceladas. Las hay en combinación negro-blanco, gris-blanco, blanco-azul y azul-beige.

El pintor del abismo

Probablemente, Rügen no habría trascendido más allá de ser un lugar de descanso, a no ser por el legado artístico del paisajista Caspar David Friedrich (Greifswald, 1774), a quien se recuerda cada septiembre con motivo de su cumpleaños (el día 5). Principal representante de la pintura romántica alemana, el artista encontró en la fisonomía de este lugar una fuente de inspiración que derivó en dos de sus cuadros más famosos: Acantilados blancos en Rügen (Fundación Oskar Reinhart, Winterthur, Suiza) y El caminante ante el mar de niebla (Museo de Arte de Hamburgo), pintados durante su viaje de luna de miel en 1818. Para entonces, Friedrich era ya un pintor reconocido.

Se dice que Acantilados blancos fue su regalo de bodas, una declaración de amor a su esposa, y su único cuadro “alegre”. Friedrich tomó como modelo los escarpados cretáceos erigidos en el norte de la isla, los llamados “Königsstuhl” (Silla del rey), hoy bajo resguardo del Parque Nacional de Jasmund. La inmensa formación arcillosa que conforman los Wissower Klinken —las dos rocas de más de 20 metros de altura que Friedrich habría pintado— ha sido desde hace muchos años la mayor atracción turística. Hoy es posible apreciar solo la base de la formación original debido a un derrumbe ocasionado en febrero de 2005 por efecto del deshielo. Friedrich, formado en la Academia Real de Bellas Artes de Dinamarca, fue el mejor paisajista del movimiento romántico. Entre 1815 y 1816, impartió clases de pintura en la Escuela Superior de Bellas Artes de Dresde. Su profunda espiritualidad lo llevó a revolucionar esta temática, a la que en siglos previos se le consideraba un género “menor” y solo se recurría a él por motivos decorativos. Cimentó su concepción de la vida y el arte sobre la base de lo divino. Nunca antes de Friedrich, la naturaleza había sido representada en un cuadro como metáfora de la fuerza interior humana ni como resultado de la creación de Dios. El paisaje “pintoresco” fue sustituido por escenarios donde el dramatismo se conjuga con lo metafísico. Friedrich se convirtió en el autor polémico de lúgubres imágenes, el hombre que había descubierto “la tragedia del paisaje”, según palabras del escultor francés David d´Angers.

La serenidad de la contemplación

Los elementos pictóricos en la obra de Friedrich fueron tierras y playas solitarias, llanuras planas y desnudas, infinitas cadenas montañosas y abismos, árboles de extrema altura en caprichosas posturas, paisajes rocosos y abruptos, recintos en ruinas, tormentas, tinieblas. Como él mismo refirió en sus escritos, cada una de sus pinturas conlleva un carácter simbólico: las montañas representan la fe; los rayos solares del atardecer, el fin del precristianismo; los abetos, la esperanza.

Lo importante no era para él la figura humana, sino la serenidad de la contemplación. Desplazó a sus personajes, a quienes vemos siempre de espaldas, a un segundo plano. Como espectadores dentro del cuadro, ellos contemplan la lejanía, rendidos ante el fenómeno de lo natural. Incluso, se atrevió a presentar de igual manera a un Jesús crucificado en “La cruz de la montaña o El retablo de Tetschen” (1808), su primera gran obra al óleo, considerada una de las pinturas más representativas del Romanticismo alemán.

Friedrich mantuvo amistad con los pintores Phillip Otto Runge, Johann C. Dahl, Georg F. Kersting, Gerhard von Kügelgen, Ferdinand Harmann, Louise Seidler, el escritor Ludwig Tieck, los poetas Novalis, Heinrich von Kleist, Ernst Moritz Arndt, el escultor Christian Gottlieb Kühn, el filósofo Gotthilf H. Schubert, el médico, pintor y filósofo Carl Gustav Carus, con quienes se reunía en la ciudad de Dresde, cuna del movimiento.

El arte iluminista, racional y crítico fue abandonado en pro de la expresión romántica más genuina de las emociones


La cualidad sagrada

Fueron los románticos alemanes quienes dotaron al arte de un nuevo significado. El arte iluminista, racional y crítico, con su tendencia moralizadora y generalizada, fue abandonado en pro de un intento genuino por expresar en mayor medida las emociones. Música, poesía, literatura, filosofía, pintura y ciencia comenzaron a vislumbrarse a partir de la libertad de ejercer la contemplación interior y detonar el individual impulso instintivo. Novalis decía que el mundo “tenía” que romantizarse para así encontrar, de nuevo, su “sentido primigenio”. Y romantizarlo no era más que “potenciarlo cualitativamente”.

Friedrich sostenía que cada manifestación de la Naturaleza, “registrada con precisión, dignidad y sentimiento”, podía llegar a ser tema del arte. Lejos estaba de considerarse uno de los grandes artistas sabios de su tiempo. En lo que se considera como sus pensamientos más conocidos, aseguraba: “No soy uno de esos artistas locuaces de los que tanto abundan hoy, capaces de cantar 24 veces en un instante lo que es el arte, mientras que en 24 años no podrían mostrar ni una sola vez en su obra lo que el arte es. El auténtico arte se concibe en un momento sagrado; a menudo es creado por un impulso interior, sin que el artista sea consciente. La tarea del pintor de paisajes no es la fiel representación del aire, el agua, las piedras y los árboles, sino que es su alma y su sentimiento lo que ha de reflejarse”.

Friedrich fue un hombre atormentado, obsesionado con la muerte y lo que exista más allá de ella. Su vida estuvo llena de tragedias familiares, comenzando con la muerte de su madre, cuando él tenía siete años; al año siguiente, la de su hermana Elisabeth, debido a un brote de viruela; cinco años más tarde, su hermano Johann moriría ahogado al intentar salvar a Friedrich, quien había caído en un agujero de hielo, muerte de la que el pintor se sintió responsable y nunca pudo recuperarse; su hermana María, enferma de tifus, tampoco logró sobrevivir. Su amigo, el pintor Gerhard von Kügelgen, fue asesinado durante las guerras napoleónicas.

Sus crisis de infancia y su búsqueda existencial, aunadas a la tensión política de la época, lo sumergieron en una severa depresión y en una profunda melancolía que lo llevaron a un intento de suicidio entre 1801 y 1802, tiempo de sus primeras visitas a Rügen, isla a la que volvió varias a veces y llegó a considerar su “patria chica”.

Naturalmente romántico

No obstante su éxito artístico y financiero, Friedrich murió en la pobreza, solitario y “medio loco”, sin discípulos destacados, aunque con una larga lista de seguidores y admiradores, particularmente los pintores simbolistas y surrealistas, que tomaron su obra como precedente de su propuesta artística (Arnold Böckling y Max Ernst). Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, su obra fue olvidada; se pensaba que el nacionalismo del artista empataba con el ideal nazi.

Su presencia resurgió en la década de 1970 y, desde entonces, las actividades culturales entorno de su figura no han cesado. En 2013, con motivo de su cumpleaños 239, fue publicado el libro Natürlich Romantisch (Naturalmente Romántico), escrito por la historiadora del arte Birte Frenssen. A la par de esta publicación, el 5 de septiembre de ese año, fue presentada la iniciativa “Naturalmente Romántico”, auspiciada por un grupo de 40 socios, como la Asociación Nacional de Turismo de Alemania, varios museos y colecciones de arte, el Festival de Fotografía Ambiental “Horizonte” y el Parque Nacional Königsstuhl, entre otras instancias.

Concebido como un proyecto “de por vida”, tal iniciativa pretende dar impulso internacional a esta región (denominada “Naturalmente romántica”), mediante un programa permanente de actividades culturales —con exhibiciones de arte, literatura y música— que contribuyan a mantener vigente no solo la obra de Friedrich, sino la de todos los artistas románticos que no dudaron en recobrar y defender el sentido humano en todas sus dimensiones. Sigo en el viaje.