La política migratoria de Canadá permite a México ampliar horizontes

Con la eliminación del requisito de las visas como primer paso, el canadiense Justin Trudeau abre la relación bilateral a nuevas oportunidades económicas y culturales en beneficio de ambas naciones

Toronto

Este primero de diciembre se retiró para los ciudadanos mexicanos el requisito de tramitar una visa de turista para poder visitar Canadá. La medida fue anunciada en junio de este año, durante la visita de estado del presidente Enrique Peña Nieto a Ottawa, la capital canadiense, y era una de las promesas de campaña del primer ministro Justin Trudeau, junto con otras como recibir a miles de refugiados de zonas de conflicto, abrir mercados y reducir el déficit del gobierno.

El retiro de la visa se puede leer como un mensaje de la disposición del gobierno canadiense para mejorar las relaciones entre los dos países. Esta propuesta, y algunas de sus promesas de campaña, hubieran representado un suicidio político en muchos países. Sin embargo, Justin Trudeau y el Partido Liberal —al cual pertenece— lograron obtener un gobierno de mayoría y una popularidad que se mantiene a la alta, incluso un año después de las elecciones.

De manera contraria, la administración del antiguo primer ministro Stephen Harper era vista por un gran número de canadienses como un gobierno no alineado con la identidad y valores de sus ciudadanos. El país empezó a desaparecer del mapa internacional mientras descuidaba relaciones con otros estados y con sus propias embajadas. El fin de la era Harper representó para muchos un retorno a los días soleados.

Durante la era de Harper, México no fue la excepción del daño a las relaciones de Canadá con el mundo. En México se percibía ya una indiferencia del gobierno canadiense, pero las relaciones se tensaron aún más ante el anuncio sorpresivo y sin antelación de la imposición de visas a mexicanos en 2009. El turismo mexicano a Canadá se redujo casi de inmediato en 40 por ciento, cayendo a 123 mil 763 visitantes en 2010, en contraste con 2008, cuando viajaron a ese país 270 mil 828 mexicanos. En junio de 2015, Enrique Peña Nieto canceló su viaje a Canadá en protesta por el requisito de las visas y debido a una aparente amarga visita del primer ministro Harper a la Ciudad de México en febrero del mismo año.

En un mundo donde se elige a Trump y se vota por brexit, la decisión de la administración Trudeau de retirar las visas llega en un momento oportuno para Canadá, que estará reconfigurando sus relaciones con sus aliados tradicionales y buscando nuevos aliados debido al aislamiento que progresivamente experimenta dentro del club de los países avanzados al ser uno de los últimos estados progresistas con una narrativa no divisiva y de optimismo.

A pesar de la diferencia en políticas de Canadá con la de muchos países de occidente, Justin Trudeau, su gobierno y el país en general se han convertido en una sensación global. En su portada, The Economist del 29 de octubre se lee: “Ejemplo de Canadá al mundo: Canadá se muda al norte”, mostrando a la estatua de la libertad con una corona de maple. Christine Lagarde, la directora general del FMI, ha expresado que las políticas económicas canadienses “deben hacerse virales”. Y esto con todo y que dichas políticas están basadas en un gasto en infraestructura que provoca déficit y que en principio son contrarias a la doctrina euroopea de austeridad impuesta desde el 2008 como método único ante la crisis económica de la región.

Por su parte, en su visita a territorio canadiense en junio, Barack Obama expresó ante el Parlamento “el mundo necesita más de Canadá”. Por si fuera poco, y a pesar de su clima de mala fama, Lonely Planet nombró a esa nación como el destino número uno para el año 2017. Los turistas que van allá, incluyendo los mexicanos, tienen ahora la opción de no declarar su género en las solicitudes de aprobación de viaje (eTA) si no se sienten identificados como hombre o mujer. Dicha norma es ejemplo de las políticas por las cuales busca caracterizarse la administración de Trudeau: un gobierno promotor de la diversidad y la equidad. Y dicho y hecho, estos últimos adjetivos son unos de los más mencionados por todas las notas internacionales acerca del país.

Al inicio de su gobierno, Trudeau dejó claro que su gabinete se vería como Canadá, mismo que está compuesto por 50 por ciento de mujeres y 50 por ciento de hombres y toma como criterio central la equidad, la diversidad y la meritocracia. Harper, en 2006, eligió únicamente a seis mujeres en su gabinete de 26 funcionarios. En la administración de Trudeau, el ministro de Relaciones Exteriores, Stéphane Dion, canadiense de la provincia francófona de Quebec, es ampliamente reconocido por su papel como antiguo ministro de Medio Ambiente, desde donde promovió varias medidas de protección ambiental. Chrystia Freeland, la ministra de Comercio internacional, de ascendencia ucraniana, ha escrito extensivamente sobre desigualdades socioeconómicas. El ministro de Defensa es sikh (religión procedente de la India), el ministro de Transporte es un antiguo astronauta. Y posiblemente el nombramiento más importante sea el de Jody Wilson-Raybould, una indígena, como ministra de Justicia y Fiscal del Tribunal Supremo. El gobierno envía a través de esta última designación una clara señal de su disposición de iniciar un proceso de reconciliación con los pueblos indígenas del país, una prioridad de política interna.

Una de las primeras y más nombradas acciones de la administración fue el recibir a miles de refugiados sirios, un total 35 mil para finales del año. En diciembre de 2016, se enviaron 600 especialistas de migración a Jordania, Líbano y Turquía para procesar a miles de sirios ubicados en campos de refugiados, quienes en un par de días se encontrarían en vuelos a Canadá. A su llegada al país fueron recibidos en terminales especiales, se les entregaron papeles de trabajo, tarjetas de salud universal, ropa de invierno y, más importante, no fueron recibidos como migrantes sino bienvenidos como futuros canadienses. Trudeau fue captado recibiendo a los refugiados y expresándose con la frase “bienvenidos a casa”. Esto es así principalmente porque en Canadá, a diferencia de muchos países, cuando un inmigrante llega al país, es percibido por la mayoría como futuro ciudadano —no como migrante— con los privilegios y responsabilidades que conlleva la ciudadanía. Se espera que el inmigrante sea parte de la sociedad, sin tener que olvidar sus raíces, y así contribuya al tejido y forma del país.

En el caso de los refugiados de Siria, existen dos categorías: patrocinados por la sociedad y patrocinados por el gobierno, siendo los primeros quienes experimentan una transición más rápida y exitosa. Alain Pescador, de origen mexicano, quien dirige la mayor conferencia de inmigración y ciudadanía en el país, Six Degrees Citizen Space, nos comenta: “En Canadá se entiende que el gobierno tiene su papel en la integración de los nuevos inmigrantes, pero más importante, es la labor de los ciudadanos, su apertura, y las horas que ellos dedican a promover la integración de los nuevos llegados del país”. John Ralston Saul, uno de los filósofos más importante del país dice: “La integración de nuevos ciudadanos es cuestión de ciudadanía, no es solo una cuestión de políticas o estado, por ello el proceso requiere de la cooperación de los ciudadanos, ya sea de individuos, la sociedad civil o el sector privado. Canadá tiene los niveles de voluntariado más elevados del mundo. El ser voluntario es parte esencial de ser un ciudadano”.

Así como los canadienses lo realizaron con la oleada de inmigrantes de Vietnam en la década de los 70, en esta ocasión —por igual— la sociedad civil y el sector privado se organizaron para auspiciar a los refugiados sirios, proveyendo casas, rentas, dinero y, más importante aún, apoyo moral, consejo y una red social en su nuevo país, clave para una transición exitosa. John Ralston Saul añade: “El modelo funciona porque en Canadá se percibe a la inmigración como una cuestión positiva. No existe una narrativa mayor que conteste los beneficios de la inmigración. Cuenta con un ministerio de inmigración y ciudadanía a diferencia de los países europeos, donde estas cuestiones son gestionadas por los ministerios del Interior, es decir bajo un esquema y mentalidad de seguridad, no de ciudadanía e integración. En gran medida, la política de inmigración canadiense está basada en la filosofía indígena del círculo en constante expansión, donde al entrar te conviertes en parte de él”. La Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) ha sugerido a otras naciones que copien el modelo de patrocinio y procesamiento de refugiados de Canadá, un país que recibe aproximadamente entre 270 mil y 300 mil inmigrantes cada año o el equivalente al .7 y 1 por ciento de su población.

Aunque la popularidad de Trudeau es aún elevada, su gobierno tendrá que cumplir sus promesas de campaña, en particular en los procesos de reconciliación con los pueblos indígenas, los cual parecen tener un inicio lento. Existen comunidades sin agua potable ni calefacción y con niveles de vida muy por debajo de la media. Los canadienses esperan con anhelo una reforma electoral y una mejoría en el tiempo de espera en el sistema de salud. La administración tendrá, al mismo tiempo, que manejar las contradicciones de su narrativa con la de sus acciones. Por ejemplo, hablar de libertad de expresión y paz siendo el segundo exportador más grande de armamento a Medio Oriente. De igual forma, Canadá promueve una narrativa de protección al cambio climático cuando ciertas cifras sugieren lo contrario. Aunque haya mejorado en ciertas áreas, el país se encuentra entre los 10 principales expulsores de gases de efecto invernadero en el mundo y es de los expulsores más altos en términos per cápita de los países desarrollados. Esta semana, el gobierno aprobó el proyecto del oleoducto Trans Mountain, en el oeste del país, lo cual ejercerá escrutinio y presión a la baja en su popularidad por parte de varios grupos.

En cuanto a las relaciones México-Canadá hay un gran potencial y mucho que hacer. Las muestras de apertura de Canadá deben de tomarse como una oportunidad para incrementar el diálogo y la cooperación entre los dos países, particularmente en un momento donde la visión de ambas naciones aparenta ser más paralela que la visión de la próxima administración de Estados Unidos. Un primer ejemplo lo encontramos en las acciones relacionadas con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Trudeau expresa estar abierto a la renegociación del tratado, mientras Peña Nieto opina que no debe ser renegociado sino modernizado. Su manera de abordarlo es menos importante que su objetivo común: salvarlo. Se sabe que los dos líderes ya han tenido conversaciones sobre el tema.

En relación a la proporción de exportaciones de cada uno de los países hacia Estados Unidos, el comercio entre México y Canadá es pequeño; sin embargo, se ha cuadruplicado a 37 mil 800 millones de dólares desde la firma del tratado de libre comercio, cifra que se espera se incremente al facilitar el viaje de mexicanos al país. Canadá progresivamente ve a México no solo como un mercado en crecimiento, sino como un receptor fiable de inversiones con un gran potencial en el sector de manufacturas, particularmente en productos de gran tamaño, instrumentos médicos de precisión, proyectos mineros y de aeronáutica. México es hoy el segundo destino turístico internacional más importante de los canadienses, con casi 2 millones de visitas cada año.

En esta nueva oportunidad para las relaciones bilaterales entre México y Canadá, los dos deben ampliar su conversación más allá del comercio y el turismo, promoviendo el intercambio cultural, científico, entre organizaciones de la sociedad civil y entre diversos sectores, como el de la industria cinematográfica. Se deben abordar seriamente las políticas de cambio climático e iniciar una conversación honesta de la industria minera canadiense en el país, para sanar heridas y desarrollar una relación de justicia para las partes involucradas. Un buen primer paso en la relación fue el convenio firmado hace unos días entre un consorcio de universidades canadienses y el Conacyt para incrementar el intercambio estudiantil y de investigación.

México, por su parte, debe mejorar su desempeño en derechos humanos, ya que la ciudadanía canadiense puede llegar a boicotear ciertos intercambios si se perciben violaciones en esta área. El caso de Ayotzinapa todavía se comenta en las calles del país del norte. La percepción de seguridad sobre México ha mejorado, pero el canadiense continúa viajando con cautela y la corrupción es un concepto que ejerce temor en la sociedad de esa nación, ya que interpretan la misma como una debilidad en el estado de derecho y una posible incapacidad del gobierno para protegerlos, ya sea en sus vacaciones o en sus contratos comerciales.