La ‘rentrée’ literaria que reanima a los franceses

Dos veces al año, Francia rinde homenaje a la literatura mediante esta tradición cultural, cuando las librerías exhiben las novedades y los lectores hacen el agosto a la industria editorial

Novedades por doquier

Después de los dos periodos vacacionales más importantes en el año, verano y Navidad, ocurre el regreso a clases y al trabajo, el retorno a la vida cotidiana. Hay que decir que en Francia las vacaciones veraniegas son una institución, algo que se planifica a detalle y con prioridad, además de que se vuelve tema de conversación obligatorio. La gente vive para ello. En realidad, en Francia el año nuevo empieza en septiembre. Este regreso tiene sus pesares, pues la población no deja de añorar el verano que se les escapa cada tarde a medida que los días se hacen más cortos. Es ahí donde la ficción de los libros —novelas sobre todo—, funciona como remedio para resanar la nostalgia de los días estivales. De modo que es previo al equinoccio de otoño, una época tradicionalmente de abundancia y prosperidad, que la literatura se vuelve foco de atención.

No es un secreto, adentrarse en otra narrativa diferente a la cotidiana logra distender y generar ese bienestar tan importante para l'art de vivre a la francesa. Los actores del mundo editorial comprendieron esto y desplegaron un mecanismo para asegurarse de que sus publicaciones caigan en buenas y numerosas manos.

En septiembre pasado se lanzaron 560 novedades, un número que ha venido a la baja desde 2007 —previo a que aumentó el precio del papel—; en ese año la rentrée septembrina tuvo su máximo histórico: 727 novedades editoriales. De cualquier modo, 560 es una buena cifra, la cual esconde otra significativamente importante para la literatura francesa: 363 eran obras de autores nacionales y de estos, 66 eran primeras novelas. Un 20 por ciento de aire nuevo que innova y refresca esta tradición, reforzando la idea de Francia como una nación literaria. Además de la celebración de los libros, este periodo tiene como propósito mantener a la lengua francesa vigente y muy apegada a sus autores emblemáticos. Con esto se garantiza que al decir “la lengua de Voltaire”, pocos ignorarán que se hace alusión al idioma galo.

Libros y mercadotecnia

Ahora bien, ¿por qué dos rentrées? ¿No bastan 600 libros en septiembre para satisfacer a un público ávido de lecturas? Es claro que nadie podrá leer 300 novelas entre septiembre y enero, entonces ¿por qué una segunda oferta recién comenzado el año? La respuesta es meramente mercadológica: debido a que hay una sobreoferta que debe ser dosificada, ya que en Francia se escribe mucho.

La gran rentrée, por llamarla de algún modo, es la de septiembre, cuando las casas de edición aprovechan para mandar a librería sus mejores cartas. Hoy en día esas mejores cartas son dos facetas diametralmente opuestas: los autores consagrados y los debutantes. Es con bombo y platillo que los escritores de renombre son anunciados. En las fajillas de sus textos se pregonan premios, cifras de ventas y citas contundentes. Gallimard, Flammarion, Actes Sud, Le Seuil, Grasset —la lista de editoriales puede seguir y seguir—, despliegan un poderoso aparato mediático en torno a sus autores faro para lograr vender esas 200 mil obras que les permitirán seguir publicando. En realidad, son estos literatos los que impulsan una ola que debe romper con fuerza. No es necesario que el impulso lo generen los premios Nobel que ostenta Francia —J.M.G Le Clezio y Patrick Modiano—, basta con que los bestselleristas como Marc Levy o Guillaume Musso hayan concluido su novelón para que el público esté al pendiente. Es más, el hecho de que escritores de calidad discutida pero de buenas ventas no tengan libro en la rentrée, es visto como una mala señal.

El caso de los debutantes es distinto. Desde hace un cuarto de siglo, la etiqueta de primera novela exhibe a su autor como una promesa y reactiva ese fantasma del genio en ciernes que en Francia remite sobre todo a la figura de Rimbaud, un emblema cuya efigie alcanza similar importancia a la que El Che tiene en América Latina. Pero también, hay que decirlo, existe un factor oportunista en la opera prima: en estos tiempos donde la “actualidad” cuenta mucho, escribir una novela es algo que dignifica —o engrosa— el currículum, y en una Francia letrada, una publicación literaria nunca está de más. Algunos de estos autores sobrevivirán, mientras que otros verán sus libros atomizados y puestos a la venta en los montones que se apilan en las librerías de viejo de los barrios parisinos. La vocación de la escritura demanda más que un primer intento.

Ahora bien, la rentrée invernal tiene menor ímpetu que la estival; muchos la ven como una consolación al hecho de no haber podido integrar la lista de la gran rentrée. Sin embargo, el menor ímpetu es sinónimo de menor revuelo comercial. De formato semejante a su hermana mayor salvo por las óperas primas, la rentrée invernal suele ser más literaria en el sentido estricto del término. Este enero 2017 hay 517 obras circulando, 337 francesas entre novelas, relatos y libros de cuentos, y 180 traducciones. Con títulos como Artículo 353 del código penal, de Tanguy Viel; El abandono de las pretensiones, de Blandine Rinkel, o Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, los creativos del marketing tienen menos posibilidades de montar un espectáculo mediático.

Pese al mayor nivel intelectual en enero, el aparato comercial tiene todo calculado. Entre las dos campañas editoriales, concretamente en noviembre, acontece un nuevo torbellino: los premios literarios. Encabezados por el Goncourt (cuyo monto es simbólico, sólo 10 euros), estos motores comerciales continuarán seduciendo al mercado con nuevos cintillos y fajillas sobre las pastas de los libros premiados. Algo no menor pues, por ejemplo, ganar el Goncourt representa para un autor y su editorial ventas cercanas a los 400 mil ejemplares.


Los actores

El ciclo de toda rentrée implica cuatro actores fundamentales en el universo de la edición: críticos, libreros, editores y, por supuesto, escritores. Baptiste Liger, crítico de las revistas L’Express y Lire, pasa veranos y otoños con un libro entre las manos. “Recibo hasta 20 libros por día. Algunos los reviso someramente, otros, los dejo a la mitad; aun así, alcanzo a leer más de 100”. Se trata de un esfuerzo necesario para la rentrée, una voz que legitime y seleccione el abundante material en turno. Otra voz no menos influyente es la del librero. Crítico a su vez, sobre todo ante a sus clientes, conoce bien los escritores que vende en librería. Es él quien se encarga de jugar al vitrinista para que la mesa de novedades tenga un toque llamativo, pero también es quien recomienda de viva voz a uno u otro autor. Por lo general, su consejo es seguido. Un librero debe estar informado de lo que se escribe, pues el periodo de las novedades representa 10 por ciento de sus ventas anuales.

El trabajo más comercial corre a cargo de los editores. Son ellos quienes, cual director de empresa, barajan términos como planeación estratégica o benchmarking en un universo que se considera virtuoso. Entre mayor es la editorial, más complicado se vuelve el proceso de selección. Las grandes editoriales como Gallimard apuestan sobre todo por autores con potencial para conseguir alguno de los premios otoñales. Es raro que casas como esta se vayan en blanco. En septiembre de 2016, Gallimard lanzó como carta fuerte Chanson douce, una segunda novela de la joven autora Leila Slimani, y su apuesta redituó con el Goncourt. Hija de banquero, casada con un banquero y formada en un taller literario de Gallimard, era buena carta para el gran premio. Dinero llama dinero, se suele decir.

Finalmente están los escritores, la materia prima sin la cual este fenómeno literario no sería posible. El sentimiento general de un escritor es que sus libros sean leídos por otras personas. En este sentido, muchos autores franceses prefieren que su obra recién publicada salga a librerías en septiembre pues hay mayor revuelo entre la gente. Además, no tienen la competencia de la temporada de rebajas, que es también en enero, y que consume un buen porcentaje del presupuesto de las personas. Sin embargo, los escritores ven un problema en el sentido de que existan períodos en el año durante los cuales es conveniente sacar un libro. El oficio literario se reduce a “escribir para la rentrée”, es decir, escribir para una fecha límite más o menos impuesta. De este hecho se desprende una situación de competencia. Opacados por la polarización que reciben ciertos autores, habrá libros de calidad que corran el riesgo de pasar inadvertidos. Hay que recordar que el tiempo de vida de un libro en la mesa de novedades es corto y si no consiguió concretar su oportunidad, se perderá primero en los anaqueles de la librería y después en los del tiempo, de donde es más difícil salir.