René Avilés Fabila

Los paisajes invisibles
René Avilés Fabila
René Avilés Fabila (Cuartoscuro)

A Rosario Casco Montoya

A principios de 1993, René Avilés Fabila me dejó pasmado con una inesperada petición: escribir la cuarta de forros para su novela Réquiem por un suicida, que la editorial madrileña Libertarias/ Prodhufi lanzó en mayo de ese mismo año. Le entregué el texto un par de días después y sonriente, como aparece en todos sus retratos, René me señaló una falta: “¿Y tu firma?” Ahora estaba más estupefacto. ¿Mi nombre en la contraportada de una novela editada en España? Yo aún no había publicado un libro (el primero, Tu imagen en el viento, circuló bajo el sello de Aldvs en 1995) y, a decir verdad, pensé que me tomaba el pelo. René me dijo entonces: “un escritor rubrica sus palabras. Yo no creo en los textos huérfanos y, sobre todo, creo en ti”. Al escuchar aquello comprendí por qué en 1989 aceptó, sin conocerme, leer La mitad de la luna, mi primera novela escrita (y rigurosamente inédita, como deben ser casi todas las obras iniciales), y me dio un diagnóstico objetivo pero estimulante; por qué me abrió la puerta en las páginas del suplemento cultural El Búho (“¿Solo escribes novelas o también artículos? Dame algo para el suplemento”, así fue la invitación) y también por qué poco después me ofreció formar parte del Consejo Editorial del mismo semanario. Aquellas palabras me aclararon la razón por la que me confió la lectura de Réquiem… en su proceso de creación y tomó en cuenta mis comentarios (nunca desdeñó, ni en broma, una sola sugerencia), y por qué me pediría, también, que escribiera el guión cinematográfico de su novela Tantadel, proyecto que por diversas circunstancias, principalmente el financiamiento, no prosperó.

René fue un maestro generoso. Contagiaba un cáustico e inteligente sentido del humor, carácter que no variaba ni dentro ni fuera de la Redacción porque nunca regañaba a nadie, no imponía castigos, jamás se mostró malhumorado ni ofensivo. A su ingente caudal de amigos se sumaban incontables adversarios pues su deporte favorito era entablar batallas en el mundillo literario de este país tan dado al influyentismo, las tribus, el reparto del poder, el ninguneo. Era partidario de mantener vigentes a las plumas y pinceles de generaciones pasadas, a rescatar a las figuras olvidadas de la República de las Letras, a los caídos por los días aciagos, y tenía especial predilección por los jóvenes ya que, decía, era fundamental promover a nuevas voces. Quizá por eso se ufanaba de que los editores de El Búho (Jairo Calixto Albarrán, David Gutiérrez y quien esto escribe), fuéramos veinteañeros haciendo el suplemento cultural de un periódico leído, en mayor medida, por la vieja guardia.

Fueron diez años de trabajo con René. Una época de bohemia y de tertulia, de aventuras y delirios literarios. Diez años que habrían de interrumpirse tras el cierre de El Búho, quizá su creación más venerada (obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en 1991), ese espacio que cada fin de semana provocaba sonrisas o gastritis, entusiasmo o indiferencia, emoción o hasta desprecio y odio ya que el texto editorial no dejaba títere con cabeza. Diez años de amistad que también habrían de interrumpirse y cada quien siguió su rumbo.

René se fue pero su obra permanece. Tantadel, La canción de Odette, El gran solitario de Palacio, Réquiem por un suicida. También se queda la película de Gerardo Pardo, De veras me atrapaste (1985), basada en su cuento “Miriam”, y todos sus otros, tantos libros. Y no sé si la muerte puede elegirse en el calendario (bueno, lo hacen los suicidas), pero su partida sucedió en domingo, tal vez su favorito, porque era el día en que El Búho aleteaba sobre los lectores. Adiós, René. Reitero la dedicatoria que aparece en Tu imagen en el viento: fuiste un amigo del alma.

@IvanRiosGascon