Omar Z. Robles, el mimo de la fotografía llega a México

Como parte de su proyecto estético, que trasplanta el ballet del teatro a la calle, el artista y embajador de Fujifilm capturó imágenes de bailarines en avenidas y callejones de la CdMx

De derecha a izquierda se ven: un viejo poste de madera, cables de la luz, la bailarina Scarlet Güémez congelada a mitad de la ejecución de una figura de ballet a un metro del piso, un tinaco y un tendedero con ropa colgada.

Es difícil describir la fuerza con que impactan las fotos de Omar Z. Robles, cuyo trabajo con bailarinas en escenarios callejeros le han sumado más de 224 mil seguidores en Instagram. Hasta ahora lo había hecho básicamente en Nueva York y sus suburbios, pero este año emprendió el vuelo.

El embajador de Fujifilm llegó a finales de octubre a la Ciudad de México para fotografiar bailarinas y acróbatas en medio, por ejemplo, del mar de gente que cruza un sábado cualquiera la calle Madero, en el Centro Histórico donde María Fernanda Cervantes hace un grand jeté entre la multitud. Los brazos de la integrante de la Compañía Nacional de Danza se alzan elegantes, como alas entre los edificios, mientras su pierna izquierda apunta firme al cielo. A diferencia de los peatones atrapados en el congestionamiento humano, ella es libre.

A Scarlett, integrante del cuerpo de baile de la misma compañía, la colocó en uno de esos callejones de Xochimilco, creados por el crecimiento desordenado que devoró el chinamperio, rodeada por 10 mil 600 corazoncitos. Es una de las fotos que más gustó a los instagrameros.

Para Omar Z., compartir su arte en redes sociales es algo natural. “Cada vez que aparece un avance tecnológico, los artistas tienen la oportunidad de abrazar ese cambio y utilizarlo a su favor, en lugar de pensar que es un enemigo que terminará por matar, por ejemplo, a la fotografía”.

Los más de 10 mil “me gusta” que en promedio generan sus imágenes de bailarines en situaciones cotidianas le dan la razón a su práctica de “fotógrafo social. Es un medio que democratiza el arte”, dice. Pone, sin embargo, una línea muy clara entre “tomar buenas fotos y ser fotógrafo. “La gente suele pensar en Instagram como una red social de fotografía, pero no lo es, es una red social y punto. Es un medio de comunicación y cada quien lo usa como quiere. He visto infinidad de perfiles, hay quienes hacen selfies, paisajes, animales, comida, pero todo esto son formas en que la gente se comunica, no necesariamente arte. Hay personas que sin saber algo de fotografía se metieron a Instagram y han aprendido a hacer buenas imágenes a base de la emulación, de ver lo que hacen otros y repetirlo”.

Esa línea delgada, que divide a los usuarios de una red social tan visual como Instagram, para Omar Z. Robles está claramente delimitada. Su razonamiento es más claro cuando se conoce su historia y cuenta cómo surgió este proyecto de ponerle ballet a la calle. Robles es puertorriqueño y estuvo a punto de no ser artista sino ingeniero. Sin embargo, luchó contra el deseo de sus padres que querían para su hijo “una profesión de verdad”, y también contra un sistema que “te enseña a competir con los otros, no contigo mismo, que te educa pensando que todo tiene relación con el dinero, con quién tiene mayor sueldo”.

En 2002 abandonó sus estudios y decidió vivir del silencio y convertirse en mimo. Viajó a París para demostrarles que el interés por el arte no era efímero: “Me fui a Europa a hacer audición en la escuela de Marcel Marceau, éramos como 47 aspirantes y solo había 18 lugares”, recuerda.

“Venían de Japón, España, Italia, Ucrania, Corea, Bélgica. Al final de una semana de pruebas, pegan en una pared los resultados de las audiciones. Tuve la fortuna de quedarme. Ahí estudié dos años”. Pero además se graduó con el mejor promedio y obtuvo un reconocimiento sólo otorgado a cinco personas por generación.

Luego de llevar su silente arte a otros puntos de Europa, volvió a Puerto Rico y lo hizo con algo más que un título de mimo: conoció a Marcel Marceau tres años antes de su muerte (en 2007) y ese tiempo le bastó para aprender varias cosas de él: “Marcel hablaba de dos temas. Primero, que el arte tenía que mover al público; como artista debes tener un propósito, no se trata solo de hacer cosas porque son bonitas ni porque tengas una cierta habilidad. Tus acciones deben tener un peso emocional. Lo segundo es que el arte tiene que ser sencillo, mientras más simple, más potencial tiene; si estás tratando de explicarlo a cada rato o ponerle cada vez más cosas entonces ya no es tan puro”.

Un arte silencioso

A su regreso a Puerto Rico, ya como un mimo profesional, Omar volvió también a la universidad para terminar la carrera de diseño que había dejado inconclusa y así complacer a sus padres, es ahí donde descubrió lo que marcaría el rumbo de su vida: la fotografía.

Desde entonces encuentra una conexión entre ambas disciplinas: “La foto y la mímica se tratan de llevar un mensaje sin palabras”. Con esa nueva herramienta, comenzó a retratar lo que llama “claves sociales”, el silencioso día a día de una persona. “Si miras con atención, puedes distinguir si alguien en la calle está triste, si tiene prisa o si está ansioso, no es necesario que la persona te lo diga. En la fotografía yo encontré una forma parecida a lo que hacía como mimo, pero lo que me parecía curioso es que en la foto uno se puede quedar con el resultado, en cambio como mimo cada que baja el telón se acaba la historia”.

Ya asentado en Nueva York, empezó con ese proyecto de documentar la rutina de la calle y de captar el instante y atesorarlo e incluso empezar a compartirlo: “Los medios sociales que para esa época todavía no existían, poco a poco me han dado la oportunidad de darle vida a ese producto y llevarlo a un público amplio, que es lo que el teatro no te permite, porque el teatro depende de que haya gente en el lugar para poder ver la pieza, mientras que la fotografía la creo, la publico en los medios sociales y el público viene, en donde esté puede apreciar el trabajo sin la necesidad de estar en un sitio físicamente”, redondea el fotógrafo que nunca suelta su pequeña cámara.

Omar, que de niño practicó gimnasia y que como mimo trabajó también con el cuerpo como instrumento, era consciente de la fuerza y la belleza estética que ofrecía. Empezó con él mismo como modelo: programar la cámara, ponerse frente a ella en una posición de mimo y hacer la foto. “Pero la edad y el trabajo de calle dificultan las acrobacias y ye hace desatender la cámara”, recuerda.

“Empecé a contactar bailarines porque ya para entonces tenía los lineamientos de lo que es mi actual proyecto: la levitación y el brinco estilizado como una forma de moverse en el espacio urbano”. Este concepto lo convirtió en embajador de Fujifilm, empresa que le permite recorrer ciudades como México y trabajar con acróbatas como Marco Piña y bailarines como Julio Morel, Scarlett Güémez, Iratxe Beorlegui, Edith Luna, Mónica Barragán, Mónica Arroyo, Andrea Salazar, Greta Elizondo, Ximena González y María Fernanda Cervantes.

Ahora Omar es fotógrafo, pero tiene claro lo que cimienta el poder de sus imágenes: “Nunca voy a dejar de ser mimo, es parte de mi forma de pensar, inclusive cuando estoy dirigiendo a las bailarinas, las dirijo desde la perspectiva de un mimo, les pido que hagan cambios poco a poco. El mimo como arte y como técnica trabaja de una forma en que utiliza las partes del cuerpo como una orquestación de diferentes notas, cada una de las partes del cuerpo se convierte en una nota y yo dirijo al bailarín desde esa perspectiva”, explica quien lleva dos décadas trabajando los silencios.

“Te voy a hacer una confesión: muchas veces al segundo disparo ya tengo la fotografía que busco, pero les sigo pidiendo que lo hagan porque me gusta ver la ejecución, porque para mí estar frente a un bailarín es estar enfrente de la grandeza, esa capacidad que tienen para hacer lo que hacen, estar enfrente a eso y poder verlo una y otra vez es un lujo para mí”. Un lujo que comparte en cada una de sus instantáneas.