Hugh Grant: “Casi me hice actor del método para trabajar con Meryl Streep”

El histrión inglés, quien se alejó un tiempo de los sets, no pudo resistirse a trabajar con la célebre estadunidense en la comedia dramática ‘Florence Foster Jenkins’

A partir del estreno en 1994 de Cuatro bodas y un funeral y luego a través de una serie de éxitos de taquilla, Hugh Grant (Londres, 1960) se fue consolidando como una de las estrellas de cine más cotizadas de las dos pasadas décadas. Aunque en años recientes se ha dedicado más a su familia —es padre soltero de cuatro niños— y su presencia en pantallas no ha sido tan activa como antes, sí ha participado selectivamente en proyectos bien escogidos.

Es el caso de la cinta Florence Foster Jenkins, que ahora protagoniza al lado de Meryl Streep y bajo la dirección de Stephen Frears. La historia real narra parte de la vida de la famosa cantante de ópera amateur Florence Foster, que no obstante su pésima voz tomó Nueva York y Londres por sorpresa en los años 30 y 40. Grant interpreta al célebre actor St. Clair Bayfield, que por años fue el compañero, protector y principal promotor y cómplice de la excéntrica millonaria. El filme, que ha logrado para el actor algunas de las mejores críticas de su carrera, se estrena este inicio de año en México.

¿Qué elementos te llevaron a querer hacer esta cinta?

Me intrigó la idea. No conocía la historia, pero Stephen pensó en mí para este personaje, y tú sabes que él puede ser sumamente persuasivo. Estoy en un punto en el que si bien no necesito ser muy persuadido para hacer algo, sí necesito que el proyecto me llame realmente la atención para que me sienta motivado a salir de mi casa y poner mi vida en pausa mientras dura el rodaje. Pero como dije, Stephen es sumamente persuasivo y además venía armado de un excelente guión. Fue difícil decir que no. Soy perezoso y me gusta estar en mi casa, pero hay veces en las que no puedes resistirte a un proyecto y lo haces básicamente por el placer de hacerlo.

¿Hiciste algún tipo de investigación acerca de St. Clair Bayfield, previo al rodaje?

Sí, sabes, y eso es algo que no suelo hacer casi nunca —te dije, soy perezoso (ríe)— pero lo hice porque estaba francamente muerto de miedo. Verás, yo firmé el contrato para hacer esta película alrededor de un año antes de que comenzara el rodaje, y es demasiado tiempo para vivir aterrado. Pero es natural: iba a trabajar con ¡Me-ryl Stre-ep! (ríe),y tú sabes que Meryl se come a los actores malos que salen en sus películas. Además, maldecía a Stephen Frears por haberme convencido de hacerlo, porque me ponían muy nervioso algunas partes del guión en las que pensé que no iba a tener otro remedio que ponerme a actuar (risas). Así que estudié, viajé a Nueva York y leí los diarios de Bayfield que están en el archivo del Lincoln Center. No sé si haber pasado ocho horas leyendo al respecto habrá servido de algo o si se reflejará en la pantalla, pero te diré que es satisfactorio salir de ahí sintiendo que te has convertido en actor del método y ya no debes temer que Meryl te arranque una pierna para comérsela en el almuerzo.

¿De verdad St. Clair protegía a Florence como se muestra en la película?

Oh, sí, absolutamente. Por absurdo que parezca para nosotros, su adoración por ella, así, excéntrica y completamente chiflada como era, resultaba genuina. Resulta interesante tratar de separar esa parte de su relación que era egoísta, porque ella era ridículamente rica y le daba dinero, seguridad y estatus a quien era solo un actor de teatro, de la otra parte, la abnegada y basada en un cariño puro, como puede ser el de una madre a su hijo. Lo llamativo es que las dos cosas coexistían lado a lado en la relación entre ambos. En el cine nos gusta simplificarlo todo, y darle al espectador una papilla, pero eso no pasa en las películas de Stephen Frears. Esta no es una comedia, ni es un drama, pero se van a reír y van a necesitar contener las lágrimas.

¿Hay algo que te gustara del personaje que interpreta Meryl?

Su maravillosa pasión por vivir, sin que le importe un carajo lo que opinen los demás. Tengo que reconocer que ese tipo de valor tan disparatado me parece fascinante. Y la manera en que Meryl la interpreta. Sé que es un lugar común decir que verla trabajar es maravilloso, pero es un lugar común porque es la verdad. Tener la oportunidad de verla hacer un trabajo de actuación tan soberbio es un privilegio, y más aún cuando estás a menos de dos metros de distancia.

Te has alejado de las pantallas, ¿a qué te dedicas cuando no trabajas?

A vivir mi vida, como lo hace cualquiera. Encuentro que ha sido muy refrescante vivir la vida real en lugar de crear otras ficticias. De hecho, cuando regreso ocasionalmente a la actuación, como fue el caso de esta película, son como vacaciones para mí, porque la vida real es bastante intimidante.

¿Es complicado para ti tener tiempo para hacer películas?

Bastante. La verdad es que no me gusta poner mi vida en pausa para salir a hacer desfiguros frente a una cámara. Además, todo se complica teniendo hijos pequeños y yo tengo cuatro, así que saca las cuentas, aunque hacer una película es mucho más fácil que ir a un programa de televisión en Inglaterra para hablar con periodistas y presentadores que tienen muy poca compasión por otros seres humanos. Me gusta más estar con mis hijos que en un set.

¿Te ha cambiado drásticamente el ser padre de cuatro hijos?

Si te digo que no, mentiría. Siempre fui una buena persona, pero ahora creo que soy mejor y es gracias a ellos. Comprobé que todo lo que decían sobre la paternidad era, para mi sorpresa, cierto. Yo que me burlaba de cómo mis amistades parecían haberse vuelto otras personas por el hecho de tener prole, ahora soy el más comprometido con mis hijos. Dejé de ser el número uno y pasé a ser el número dos, y luego el número tres y el cuatro. Ahora soy el número cinco. Pero es algo que disfruto enormemente.

¿Qué tal eres como padre?

No tengo queja todavía. Pero aún son muy pequeños. Deja que pasen unos 10 años y vuélveme a preguntar. Obviamente he cometido errores y debo ser cuidadoso. Por ejemplo, me gusta decir palabrotas como “mierda” y “carajo”, y siempre las digo, o las decía, de manera casual. Pero un día uno de mis hijos fue y con toda candidez lo dijo en la guardería y me di cuenta de que los niños todo lo imitan. Supongo que no debería usar esas palabras con tanto abandono. Lo cierto es que soy lo contrario de los padres excesivamente apegados. En la parte de Londres donde vivo nunca vas a ver a un niño pequeño jugando solo. Siempre va a tener a su lado a un padre insistente. Ese no es mi estilo, soy más de respetar el espacio de mis hijos y su privacidad, pero cuando estoy con ellos, lo estoy al 200 por ciento y soy un padrazo.

¿De veras? ¿Ellos qué opinan?

¿De qué hablas? Para mis hijos soy fabuloso (carcajadas).

¿Qué te gustaría que tus hijos heredaran de ti?

El sentido del humor. No tengo expectativas para ellos más allá de que tengan un techo, que estén bien alimentados y que nunca les falte el sentido del humor. Creo que la vida es insoportable si no tienes sentido del humor. De vez en cuando conoces a alguien que no tiene el mínimo sentido del humor, como ciertos miembros de la clase política mundial, y eso los vuelve verdaderamente fascinantes. Yo heredé el mío de mis padres y creo que fue lo mejor que obtuve en mi vida. Creo que en diferentes culturas le dan prioridad a cosas diferentes. Los franceses, por ponerte un ejemplo, tienen una gastronomía deliciosa, y vestir con elegancia es su prioridad. Los británicos no tienen nada de eso. Nuestra comida es espantosa y nos vestimos mal, pero al menos podemos reírnos de nosotros mismos, y viendo cómo está el mundo, creo que es una gran ganancia.