Leonard Cohen: Nuestro hombre

Con este recuerdo de la entrega del premio Príncipe de Asturias que le fue otorgado en 2011, despedimos al legendario cantautor y poeta fallecido este 7 de noviembre en Los Ángeles

Al darse a conocer la noticia de su muerte, ocurrida el pasado jueves 10, a los 82 años, recuerdo al caballero Leonard Cohen (Montreal, 21 de septiembre de 1934) con su traje negro, impecable, haciendo gala de una altura que no solo su físico mostraba, cuando subió a recoger el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en el Teatro Campoamor de Oviedo, Asturias, en la España otoñal de 2011.

Un silencio de veneración y respeto flotaba en el ambiente mientras Cohen recordaba que la noche de la víspera se había quedado en vela, pensando qué podía decir ante la concurrencia. Se comió todos los chocolates del minibar, todos los cacahuates, y garabateó unas palabras que serían recordadas como uno de los discursos más entrañables y sinceros en la historia de esos premios.

Emocionado, con la humildad de un hombre embargado de gratitud, relató que cuando estaba haciendo el equipaje en Los Ángeles para viajar a España, tenía una sensación de inquietud porque siempre había sentido cierta ambigüedad sobre un premio a la poesía. “La poesía”, dijo, “viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que yo no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo”.

Entonces tomó su guitarra, una guitarra Conde que le habían hecho en el taller de la calle Gravina número 7 de Madrid, hacía más de 40 años. La sacó de la caja y se la acercó a la cara, miró de cerca el rosetón y aspiró la fragancia de la madera viva, del cedro que nunca muere, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la había comprado. Y una voz pareció decirle: “Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia”.

Así que quiso agradecerlo porque, sabio, tenía la certeza de que “un hombre no es un credencial de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda”.

Primero habló de Federico García Lorca y se confraternizó con el poeta andaluz, que le hizo comprender que tenía una voz. “Y conforme me iba haciendo mayor comprendí que con esa voz venían enseñanzas. ¿Qué enseñanzas eran esas? Nunca lamentarnos gratuitamente. Y si uno quiere expresar la grande e inevitable derrota que nos espera a todos, tiene que hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y la belleza”.

Pero entonces, dijo, cuando ya tenía una voz, se dio cuenta de que no tenía el instrumento para expresarla, que no tenía una canción. Y ante los ojos admirados de la concurrencia, relató la historia de cómo había conseguido su canción, él, que se sentía un guitarrista mediocre que aporreaba la guitarra y solo sabía unos cuantos acordes, que se sentaba con sus amigos y colegas bebiendo y cantando canciones, pero que en mil años nunca se había visto a sí mismo como músico o como cantante.

Pero un día, a principios de los años 70, mientras estaba de visita en casa de su madre en Montreal, vio a un joven tocando la guitarra, una guitarra flamenca, en el parque de junto. Y se sintió cautivado, se sentó allí un rato con los que le escuchaban y cuando se hizo un silencio le preguntó al chico si le daría clases de guitarra. Era un joven español y solo podían entenderse en francés. Pero accedió a darle clases de guitarra. Durante tres días estuvo enseñándole acordes y la forma en que debía tocar el instrumento. Y al cuarto día no volvió. Se había suicidado.

“Yo no sabía nada de aquel hombre. No sabía de qué parte de España procedía. Desconocía por qué había venido a Montreal, por qué se quedó allí. No sabía por qué estaba en aquel parque. No tenía ni idea de por qué se había quitado la vida. Estaba muy triste, evidentemente”.

Pero años después, cuando pensaba en su discurso para recibir el premio, reveló algo que nunca había contado en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido de la guitarra que le había enseñado el chico de la guitarra flamenca, habían sido la base de todas sus canciones y de toda su música. Esa era, afirmó con voz grave, la razón de su inmensa gratitud con España, porque todo lo que podía encontrarse de bueno en su trabajo, en su obra, aseguró, venía de ese lugar y, por tanto, su gratitud era sincera.

Recuerdo la mirada de Cohen bañando con su brillo emocionado la platea, el patio de butacas y el aire del recinto aquella tarde, mientras la ovación cerrada lo acompañaba hasta su sillón en el escenario, donde hundía la cabeza en el pecho en señal de humildad, tras haber dado una lección de humanidad al mundo. Caballero Cohen, descansa en paz. Eres nuestro hombre.