Ex novia relata la historia verídica de Jan, el hermano de Elena Poniatowska

Aunque muchos pensaron que el joven murió el 2 de octubre en Tlatelolco, Ángeles González Navarrete, su pareja en esos años, da su versión y considera que es un deber recordarlo

Cuando Ángeles terminó de leer el último artículo de Luis González de Alba el domingo 2 de octubre pasado, inmediatamente pensó en contestarle. Minutos después, como casi todos los lectores, supo que el líder del 68 se había quitado la vida esa mañana, y sintió que contar su propia historia con Jan Poniatowski era un deber moral, un acto de justicia a su memoria.

“Fuimos novios, pero no cuento esta historia para desmentir a González de Alba. Si bien yo no estaba de acuerdo con mucho de lo que él escribía, fue una figura muy importante del movimiento estudiantil, un líder a quien todos seguíamos, un héroe del 68. Me dio enorme tristeza leer cómo, desde su amargura, cometía una injusticia con Jan Poniatowski y dejaba una imagen suya tan superficial. Me dolió su intención de ensuciar a Elena, a través de su hermano menor, un joven que fue mucho más de lo que él describe. Y es lo que yo quiero contar”, dice Ángeles González Navarrete en entrevista.

En “Podemos adivinar el futuro”, el último artículo de su vida, (Milenio, 2/10/16) el autor de Los días y los años dedica dos largos párrafos a denostar a Elena Poniatowska: por La noche de Tlatelolco, por la dedicatoria de aquel libro a su hermano Jan, de manera que pareciera, acusa González de Alba, que murió en la matanza del 68 y no en un accidente de coche, como en realidad sucedió el 8 de diciembre de ese año, y por la aparente negativa de la familia a admitir que el joven de 21 años tenía inclinaciones homosexuales.

Si las tenía o no, para Ángeles “no es determinante, después de todos estos años y con lo que sabemos ahora, es lo más normal del mundo que a los 20 años no sepas ni qué y tengas experiencias”.

Ángeles llega a la cita con una gran fotografía en blanco y negro de Jan, la cual está enmarcada; con sus cartas y, sobre todo, con una historia que ocurrió hace casi 50 años, pero que la ha acompañado toda su vida. “Nunca pude olvidarlo, ni superar su muerte, ni dejar de quererlo”, confiesa esta mujer, mientras pide un desayuno que permanecerá intacto durante toda su narración.

“Era 1966 yo daba clases de inglés en una escuela y entonces no había vacaciones de verano, como ahora, sino que eran en diciembre, pero teníamos otro periodo vacacional en mayo y lo típico era lanzarte a Acapulco, embellecerte y tomar el sol en la alberca del hotel Presidente, que era un lugar fresa. El término fresa en esa época era otra cosa, éramos las niñas bien portadas, de romance de manita sudada, era un ligue decente. Yo me había ido de vacaciones con dos amigas. Estaba tendida al sol, con los ojos cerrados y de pronto sentí una presencia y oí una voz que decía: ‘Hola, qué están haciendo’. Cuando lo vi, creí que era un ángel bajado del cielo, guapísimo, alto, flaco, con los ojitos azules y así para abajo, como de perrito triste. Me enamoré, fue amor a primera vista. Platicamos, él iba con un amigo, pero no recuerdo su nombre, porque para mí el mundo dejó de existir en ese momento. Solo existía Jan.

“Nos invitaron a salir y fuimos a bailar al hotel Majestic, era un lugar con música suave para bailar de cachetito y Jan y yo estábamos bailando, mirándonos a los ojos cuando tocaron ‘Strangers in the night’ y desde entonces esa fue en nuestra canción. Aquello no era un ligue, fue un terremoto”.

El lunes siguiente, Ángeles daba su clase de spelling en la preparatoria de la Helen’s School, cuando el portero de la escuela interrumpió la lección: “Miss, la buscan allá abajo, es un muchacho”. Era Jan. Así empezaron a salir. Ella tenía 19 años y él le dijo que tenía 20, pero como ella pudo comprobar después, en realidad tenía 18.

“Íbamos al cine, al teatro, a bailar, pero sobre todo platicábamos muchísimo. Él era un chamaco, pero muy inteligente, profundo, de una gran ternura y amoroso. Eso sí, se portaba muy mal, entonces sus padres lo enviaron con su cuñado, Guillermo Haro, el esposo de Elena, a Tonanzintla. Desde allá me escribía a Veracruz, donde yo pasaba las vacaciones de diciembre”.

Ángeles desata un listón lila y saca una de las cartas de Jan, escritas de puño y letra. Lee en voz alta:

Ángeles, no tienes idea del lugar donde me vine a meter, le llamo el paraíso del trabajo y del estudio. El observatorio está situado en una colina y hace un frío de la trompada, pero de un lado tengo la vista del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl, y del otro lado Puebla, que durante la noche resplandece por su luminosidad, es realmente un bonito lugar. No pienses que el observatorio está compuesto por un solo edificio, es un terreno que como superficie total tiene 48,213 metros cuadrados, vivo en un bungalito yo solito. Estoy solo y feliz, extasiándome con los paisajes en el día y en la noche, menos durante las horas de trabajo. El observatorio en sí tiene dos puntos de observación que son los de telescopios, cada telescopio tiene un programa diferente según la época del año. Aprendí a manipular el telescopio solar y todos los días, excepto cuando está nublado, observo por turnos: a las 10, luego a las 12 y luego a las 4. Acabando de comer y acabando la observación de las 4 me vengo al búngalo a estudiar las materias que presento en extraordinario y a leer. No creas que me estoy volviendo un machetero, lo que pasa es que si no trabajas, lees o estudias, te mueres de la aburrición y desesperación. En las noches el programa de observación que se sigue hasta febrero es en la “Constelación del toro”, las estrellas llamadas las Pléyades, que es un cúmulo galáctico y que popularmente se conocen como “Las siete cabrillas”. Me gustaría que estuvieras aquí conmigo, para que vieras todo con tus propios ojos, pero nada más no se puede. Tienes que estar encantada y feliz en Veracruz lleno de pachangas y demás diversiones como me has contado. Y tu pelo ¿ya se te rizó? Espero cartas tuyas aquí en Tonanzintla, salúdame a tu amiga Blanca y también a tus padres. ¿Sabes una cosa? Realmente es la primera vez que me interesa escribirle a una mujer y eso para mí es una cosa muy bonita y muy importante. Bueno, ricitos negros, como no me alcanzaría el papel para contarte todo lo que tengo que decirte, mejor le paro aquí y espero tu rápida contestación amiga de mi pensamiento, me despido de ti con todo mi cariño. No te escribo más largo porque quiero tomar té y luego tengo que ir a la cúpula donde está el telescopio Schmidt, porque a las 9 empiezan a observar.

Jan Poniatowski

Hay una de 15 páginas a mano, lee algunos párrafos:

Considera esta carta como estrictamente personal (…) Las manos me sudan y estoy sobreexaltado escribiéndote esto, estoy indeciso en mandarte esta carta, pero si la escribí te la mando, confío en ti y en tu criterio y no quiero que te sientas aludida por algunas de mis frases, pues para ti no tengo más que cariño y sentimiento y ahora te dejo porque ya son las 5 de la mañana, espero una carta tuya con mi cariño y admiración…

En otra confiesa:

Desde las primeras clases en el colegio cuando era niño, apenas un niño me ganaba en conocimiento —o sea por la rapidez de sus respuestas— o en fuerza física, luego me dejaba de juntar con él y de hablarle. No es que lo detestase o que lo envidiara, me alejaba buenamente de él, simplemente porque así es mi carácter.

“Mira, ahora que he releído todas las cartas, a la altura de mis 70 años y de toda esta vida, lo que veo es un muchacho muy confundido, con una gran necesidad de sentirse digno, útil, merecedor. Hablaba mucho de Elena, con enorme admiración. Y decía: ‘Es que si yo tengo una idea brillante o se me ocurre algo, luego viene Elena y me doy cuenta que no soy nada’. Y es que fíjate, tenía sus dos hermanas: Kitzia era famosa por su belleza y Elena destacadísima por su inteligencia, su desarrollo profesional… y él era 15 años menor. De hecho, cuando me iba a ver solía llevar a Mane, el hijo de Elena, que era un niño, pero se llevaba bien con él y lo quería mucho.

“Como te decía, iba por mí al trabajo y paseábamos. A veces fuimos a su casa y me enseñaba los álbumes de su familia, su mamá los tenía con anotaciones en francés. Era un muchacho solitario, estaba como muy solo. Al principio, cuando empezamos a salir, me dijo que tenía un grupo de amigos muy buena onda y que me iba a llevar con ellos para que los conociera y participara en sus ondas. Pero nunca me llevó, y un día le pregunté qué pasaba con eso. Y me dijo: ‘No, no. Tú no perteneces a ese mundo, mejor tú y yo solos, juntos solos, en un mundo aparte’, y bueno, en esas cartas me escribía todo, sus sueños, lo que le ocurría y lo que pensaba.

“En ese entonces, yo lo veía maravilloso, estaba endiosada, hoy me doy cuenta de que tenía sus inseguridades, aunque insisto en su profundidad. Se quejaba de las chavas de su entorno social por superficiales, de las más chicas decía que eran unas idiotas. Claro, lo mandaron a Tonanzintla por mal portado. Luego me contó que con ese grupo de amigos con los que se juntaba fumaban mariguana y ya sabes, para esa época… Y a mí que se me ocurre contárselo a una amiga y ella va y se lo dice a miss Helen y bueno, fue un escándalo, pero también había mucha envidia, ahora me doy cuenta.

“Jan estaba en Tonanzintla cuando me empezaron a presionar mucho en la escuela y los mandé a la fregada. Yo había cortado con mi familia hacía mucho tiempo, desde los 17 años vivía sola y me mantenía. Me quedé sin trabajo y perdí la poca seguridad que tenía. Entonces me fui a Veracruz y le contaba a Jan todos mis problemas por carta. Y él me fue a visitar ahí donde nací, en Córdoba. Yo estaba con mi tía, una señora muy mayor, conservadora, que no me dejaba salir con nadie sin chaperón. Entonces llega Jan con un collar de perlas de regalo, y se encantaron mutuamente. Ella fue la que le sugirió quedarse en un hotel en la carretera hacia Fortín de las Flores y él me pidió que lo acompañara. Para mi sorpresa mi tía dijo que sí, que fuera para indicarle el camino…

“Pidió su cuarto. Se metió a bañar y me senté en la cama a esperarlo. Salió con la toalla amarrada a la cintura y con toda la cara llena de crema de rasurar, se puso a bromear (…), empezamos a besarnos y a tener una cercanía física, que realmente no habíamos tenido. En esa época la virginidad era importantísima y yo ya le había dicho que me quería casar virgen. A él eso le parecía absurdo, pero me respetaba. Ese día estábamos a punto de… y yo estaba dispuesta, cuando él dijo: ‘No, porque tu quieres llegar virgen al matrimonio y de todas maneras quiero pedirte que nos casemos. Ya hablé con mis papás’”.

Elena se había casado con Guillermo Haro y el espacio en donde ella vivía quedaba libre para ellos en casa de sus padres, en la colonia Del Valle. “Jan, pero ninguno de los dos tenemos trabajo, ¿de qué vamos a vivir?”, le preguntó. “Mis papás nos van a mantener”, le contestó él. Pasaron unos días encantados. Recuerda Ángela que visitaron la planta de la cervecería Moctezuma, en Orizaba, un lugar con montañas y ríos, que vivieron un paraíso, solos, caminando, abrazándose y besándose. Fueron a Mocambo y “acostados en la arena él me enseñaba las constelaciones, la de Las siete cabrillas, la de Orión… y nos pasamos horas viendo las estrellas mientras él me hablaba de todo lo que estaba aprendiendo en el observatorio”.

Cuenta Ángeles que regresó a la Ciudad de México a buscar trabajo. Y un día se fueron a platicar a Chapultepec: “Jan, yo creo que la idea de casarnos no es nada buena, hasta que consigamos trabajo los dos”. Jan insistía que sus padres los apoyarían. Pero ella no estaba acostumbrada a depender de nadie y menos de los papás de un novio que, aunque le había dicho que estaba por entrar a la universidad, no había terminado la preparatoria. Ella le pidió tiempo. “Entonces terminamos”, le dijo Jan y ella le devolvió el anillo de oro con el escudo de la familia que le había dado.

En ese entonces, Ángeles pensaba que Jan era tan solidario que quizá su prisa por casarse era para ayudarla. Venían de mundos muy diferentes. “Nunca se me ocurrió que él también necesitara de mí, si era un príncipe azul; ahora me queda claro que sí, porque siempre fui muy madura, muy centrada, independiente y responsable… Yo era un contrapeso”. El título de sus memorias, que alguna vez fue La maravillosa historia de amor de una niña triste que conoció a un príncipe encantador, con los años cambió a Crónica de una mujer insumisa.

Después de un año de noviazgo, la relación había terminado. Dice Ángeles que ella se vino abajo, pero pasó el tiempo, encontró un trabajo, participó en el movimiento del 68, conoció a Juan, y viajaba mucho con este nuevo novio, al cual le ayudaba a hacer su tesis. Planeaban casarse.

El 7 de diciembre de 1968, Ángeles llega a la casa de la familia en donde vive y la señora le dice: “Qué bueno que te veo, te ha venido a buscar un muchacho guapísimo con un nombre muy raro”. Y ella: “¿Jan, Jan Poniatowski?”. Sí, “que le llames”. Y continúa el relato: “Entré a la sala y le marqué, me contesta y como si nos hubiéramos visto ayer, qué gusto, cómo estás, en dónde te has metido… Hasta que me dice: ‘Voy por ti en este momento porque tenemos que hablar’. Yo le pido que me espere, en ese momento Juan iba a llegar por mí. ‘No, tengo que contarte de Tlatelolco, fuimos a las manifestaciones y tú has estado ahí, voy por ti’. Hasta que le solté: ‘Jan, no puedo, tengo novio’. Me preguntó: ‘¿Y lo quieres?’. Pues yo pensaba que sí, pero ahora creo que no tanto, le respondí. Y él: ‘Córtalo, vamos a vernos, tengo mucho que decirte. Déjalo y voy por ti’. Yo le pedí que hiciéramos las cosas como Dios manda: ‘Mira Jan, él va a llegar por mí porque le estoy ayudando en su tesis, pero hoy lo corto y mañana te veo’. Entonces me dijo que su deseo era verme en ese momento, porque más tarde tenía que salir de la ciudad, a Tlaxcala para arreglar un asunto. Entonces sonó el claxon, era Juan. ‘Ya está aquí, hablo con él y nos vemos el lunes’. Me pidió el teléfono de mi trabajo, yo estaba en una agencia de viajes, y quedamos de cenar juntos el lunes. Antes de colgar nos dijimos ‘Te quiero’ y ‘yo también te quiero’”.

Ángeles termino con Juan, pero el lunes 9 en la agencia de viajes nunca recibió la llamada. Recuerda que después de las 6 de la tarde le marcó a Jan. Y luego del buenas noches… de parte de quién… escuchó lo peor: “Ángeles, soy Guillermo Haro, te tengo una mala noticia, Jan tuvo un accidente ayer…”. No podía creer lo que oía. Le llamó a Carmen Sofía, su íntima amiga, hermana de José Emilio Pacheco, para preguntarle. Ella le pidió unos momentos para confirmar todo y luego le marcó: “Sí, es cierto, efectivamente Jan tuvo un accidente ayer en la carretera regresando de Tlaxcala”. Habían hablado el 7 de diciembre. El 8 él ya estaba muerto.

Como Ángeles seguía sin creerlo, Carmen Sofía la acompañó al velorio en casa de la familia Poniatowski. Ahí vio a los compañeros de Jan, todos con el uniforme del Liceo Franco Mexicano. Se acercó al ataúd. Quiso mirar su rostro, estaba cubierto. Pero reconoció al instante las manos, que tenía cruzadas sobre el pecho. “Estaba vestido de uniforme, le pusieron moñito de uniforme militar porque oficialmente era el príncipe heredero de una monarquía que ya no existía, pero así son esas cosas”. Vio a una muchacha sentada, con todo el rostro cubierto de pequeñas cortadas. Carmen Sofía investigó y le dijo: “Esta chica venía con él”.

Esa chica era Carmen, novia de Jan. Comenta Ángeles: “El día que hablamos por teléfono él me dijo que también tenía que arreglar un asunto por Tlaxcala ese fin de semana; al ver a esta chica pensé que quizá andaba con ella y también pensaba terminar, como me lo sugirió él”. González de Alba decía en su texto que Jan venía solo de una comida del rancho de Juan Sánchez Navarro (que está frente a las pirámides de Teotihuacán), cuando chocó…, versión imposible porque la familia Poniatowski recogió el cuerpo de Jan en Calpulalpan, donde sucedió el accidente.

Ángeles rehízo su vida, pero se quedó enamorada de Jan. “Ese final me amarró para siempre a él”. Y su retrato está en la primera fila del altar de muertos que pone cada año.