‘Lugares oscuros’ o el regreso a la infancia en busca del asesino

Con autorización de Reservoir Books, publicamos un fragmento de la novela de la premiada escritora estadunidense Gillian Flynn: la historia de Libby Day y su viaje al pasado para resolver un enigma

LIBBY DAY

Ahora

Albergo la maldad en mi interior, tan real como un órgano más. Rájame la barriga y mis vísceras resbalarán fuera, carnosas y oscuras, y caerán al suelo para que puedas pisotearlas. Es la sangre de los Day. Hay algo malo en ella. Nunca fui una niña buena, y me he vuelto peor después de los asesinatos. La Pequeña Huérfana Libby creció huraña y blandengue entre un puñado de parientes lejanos —primos segundos y tías abuelas— y amigos de amigos, viviendo en un sinfín de caravanas y granjas a lo largo y ancho de Kansas. Iba a la escuela con la ropa heredada de mi hermana muerta: camisetas con los sobacos amarillos como la mostaza. Pantalones con la culera demasiado ancha, cómicamente holgados, sujetos con un cinturón harapiento ceñido hasta el último agujero. En las fotos del colegio siempre aparezco con el cabello despeinado —con pasadores que cuelgan flojamente de un mechón de pelo, como si fueran objetos lanzados desde un avión que hubieran quedado atrapados entre lianas—, y siempre con unas abultadas bolsas debajo de los ojos, unos ojos de casera borracha. Quizá alguna vez con los labios curvados en una mueca de disgusto donde debería haber lucido una sonrisa. Quizá.

No fui una niña adorable, y con el tiempo me he convertido en una adulta profundamente desagradable. Pinta un cuadro de mi alma y te saldrá un garabato con colmillos.

Era un deprimente y lluvioso mes de marzo, y yo estaba tumbada en la cama pensando en suicidarme: una de mis aficiones preferidas. El ensueño de una tarde indolente: una escopeta, mi boca, un tiro, y mi cabeza rebotando, una, dos veces, sangre en la pared. Salpicaduras, charcos. «¿Ella quería ser enterrada o incinerada? —preguntaría la gente—. ¿Quién debería asistir al entierro?» Y nadie lo sabría. Todos, quienesquiera que fueran, simplemente se mirarían los zapatos o los hombros unos a otros hasta que se hiciera el silencio, y entonces alguien pondría una cafetera al fuego, enérgicamente, haciendo la cantidad justa de ruido. El café va fenomenal para las muertes súbitas.

Saqué un pie fuera de las sábanas, pero no fui capaz de bajarlo hasta el suelo. Estoy, sospecho, deprimida. Supongo que llevo deprimida veinticuatro años. Puedo sentir una versión mejor de mí misma en algún lugar de mi interior —oculta detrás del hígado o adherida a un trozo de bazo dentro de mi cuerpo achaparrado, infantil—, una Libby que me dice que me levante, que haga algo, que crezca, que me mueva. Pero suele ganar la maldad. Mi hermano masacró a mi familia cuando yo tenía siete años. Mi madre, mis dos hermanas, todas muertas: bang bang, crac crac, chas chas. Después de eso, ya nada tenía que hacer yo, nada se esperaba de mí.

Al cumplir los dieciocho heredé 321.374 dólares, procedentes de todos aquellos que quisieron ayudarme tras leer las noticias sobre mi triste historia, benefactores cuyos «corazones me acompañaban en el sentimiento». Cada vez que oigo esa frase, y la oigo muy a menudo, imagino jugosos corazones con alas de pajarito revoloteando hacia alguna de las casas de mierda de mi infancia; yo de niña en la ventana, meciéndome y agarrando cada corazón luminoso, que deja caer sobre mí montones de billetes verdes. «¡Gracias, toneladas de gracias!» Cuando aún era una niña, las donaciones eran depositadas en una cuenta bancaria administrada de un modo muy conservador, cuyo saldo, por aquel entonces, aumentaba considerablemente cada tres o cuatro años aproximadamente, cada vez que algún noticiario de radio o revista se acordaba de mí. «El flamante día de la pequeña Libby: la única superviviente de la masacre de la Pradera cumple diez agridulces añitos.» (Yo, con unas coletas desaliñadas, sentada en la hierba, que apestaba a meados de comadreja, delante de la caravana de mi tía Diane, y ella, con sus pantorrillas como troncos de árbol y una extraña camiseta, posando en los escalones de la caravana, detrás de mí.) «¡Los dulces dieciséis añitos de la niña valiente!» (Yo, de nuevo en miniatura, la cara iluminada por las velas del cumpleaños, la camisa demasiado apretada sobre unos pechos que ese año ya habían llegado a la talla 110, un tamaño de cómic en mi cuerpo diminuto, ridículo, pornográfico.)

Había vivido de ese dinero durante más de trece años, pero ya casi se había acabado. Tenía una reunión esa misma tarde para determinar exactamente en qué se había gastado. Una vez al año, el hombre que administraba el dinero, un impasible banquero de mejillas sonrosadas llamado Jim Jeffreys, insistía en llevarme a almorzar. La «comprobación», lo llamaba él. Comeríamos un menú de veinte dólares y hablaríamos sobre mi vida: él me conocía desde que era así de alta, después de todo, je, je. En cuanto a mí, no sabía casi nada de Jim Jeffreys, y nunca pregunté, porque yo veía esas citas con los ojos de una niña: sé cortés, pero lo justo, y lo conseguirás. Respuestas lacónicas, suspiros cansados. (Lo único que sospechaba de Jim Jeffreys era que debía de ser cristiano, un beato de iglesia: tenía la paciencia y el optimismo de quien cree que Jesús está siempre mirándolo.) Yo no esperaba otra «comprobación» hasta ocho o nueve meses más tarde, pero él había insistido, dejando mensajes telefónicos con una voz seria, amortiguada, diciendo que había hecho todo lo posible por «alargar la vida de los fondos», pero que era momento de empezar a pensar en «los próximos pasos»

Y aquí apareció de nuevo la maldad: pensé inmediatamente en aquella otra muchacha del periódico, Jamie No-sé-qué, que había perdido a su familia el mismo año, 1985. Ella se había quemado parte de la cara en un incendio provocado por su padre, que mató a todos los demás miembros de su familia. Cada vez que aporreo el cajero automático, pienso en esa tal Jamie, en cómo me robó la celebridad y en que, de no haber sido por ella, ahora yo tendría el doble de dinero. Esa Jamie No-sé-qué debía de estar ahora de compras en algún centro comercial con mi pasta, comprando maletines elegantes y joyas, y maquillándose en la pringosa sección de perfumería para alisarse la cara, lustrosa a causa de las cicatrices. Un pensamiento horrible, por supuesto. Eso, al menos, lo sabía.

Finalmente, finalmente, finalmente, logré salir de la cama con un gemido que sonó a efectos especiales y vagué por la parte delantera de mi casa. Había alquilado un pequeño bungalow de ladrillo en una ladera con más bungalows pequeños, todos plantados ilegalmente en un risco con vistas a los corrales de ganado de Kansas City. Kansas City, Missouri, no Kansas City, Kansas. Hay una diferencia.

Mi barrio, de tan olvidado, ni siquiera tiene nombre. Lo llaman Al Otro Lado del Camino. Es un lugar extraño, de segunda, lleno de callejones y excrementos de perro. Los otros bungalows están atestados de viejos que han vivido en ellos desde que fueron construidos. Los viejos se sientan, grises y flácidos como pudines, tras las ventanas, asomándose a todas horas. A veces caminan hasta sus automóviles de puntillas, trastabillando tan fatigosamente que me hacen sentir culpable, como si debiera ir a ayudarles. Pero eso no les gustaría. No son ancianos amables: son viejos mudos, viejos cabrones a los que no les gusta que yo sea su vecina, esa recién llegada. La zona entera apesta a desaprobación. Así que oigo el ruido de su desdén y el del perro flacucho y rojizo de dos puertas más abajo que ladra todo el día y aúlla toda la noche, un ruido de fondo constante que no te das cuenta de que te está volviendo loca hasta que se detiene, solo unos benditos instantes, para empezar de nuevo. El único sonido alegre del barrio suele llegar cuando estoy durmiendo: los arrullos matinales de los niños. Un tropel de ellos, de caras rechonchas y abrigados con muchas capas, caminando hacia alguna guardería escondida en el nido de ratas que son las calles que hay a mis espaldas, agarrados a una sección de la larga cuerda de la que tira un adulto. Todas las mañanas pasan, cual pingüinos, por delante de mi casa, pero nunca los he visto volver. Por lo que sé, trotan alrededor del mundo entero y vuelven a pasar frente a mi ventana a la mañana siguiente, puntualmente. En cualquier caso, me siento unida a esos pequeños. Hay tres niñas y un niño entre ellos, todos aficionados a las chaquetas rojas brillantes; cuando no los veo, porque me he quedado dormida, me siento triste. Tristísima. Esa es la palabra que usaría mi madre, no una tan dramática como «deprimida». He estado tristísima durante veinticuatro años.


Me puse una falda y una blusa para la cita, y me sentía como una enana: la ropa de adulto, de niña grande, no me queda bien. Apenas mido un metro y medio: uno cuarenta y ocho, en realidad, pero siempre redondeo hacia arriba. Demándame. Tengo treinta y un años, pero la gente tiende a dirigirse a mí con un cierto sonsonete, como quien le pide a un niño que se ponga a hacer manualidades.

Me encaminé hacia abajo por la cuesta llena de maleza que hay delante de mi casa y el perro rojizo del vecino me escupió sus ladridos entrometidos. En el suelo, al lado de mi coche, vi los esqueletos aplastados de dos crías de pájaro, con sus picos chatos y esas alas que les dan aspecto de reptiles. Deben de llevar ahí un año. No puedo resistirme a mirarlos cada vez que subo al coche. Haría falta una buena riada que los arrastrara lejos.

Dos mujeres mayores hablaban en el porche delantero de una casa al otro lado de la calle, y yo notaba que evitaban mirarme. No conozco el nombre de nadie. Si una de esas mujeres se muriera, yo ni siquiera podría decir: «La pobre vieja señora Zalinsky ha muerto». Tendría que decir: «Esa vieja zorra mezquina del otro lado de la calle la ha palmado».

Sintiéndome como una niña fantasma, subí en mi anónimo automóvil de tamaño mediano, que parece estar hecho de plástico. Aún sigo esperando que se presente alguien del concesionario y me diga lo que parece obvio: «Es una inocentada. No puedes conducir eso. Estábamos de broma». En trance, conduje mi coche de juguete durante diez minutos hasta el centro, para encontrarme con Jim Jeffreys. Llegué al aparcamiento del restaurante veinte minutos tarde, con la tranquilidad de saber que él me sonreiría amablemente y no diría nada de mi retraso.

Se suponía que yo lo llamaría por el móvil cuando llegara y él saldría a buscarme. El restaurante —un estupendo asador al viejo estilo de Kansas City— está rodeado de edificios vacíos que parecen controlarlo todo, como si una tropa de violadores acechara en sus cáscaras vacías a la espera de mi llegada. Jim Jeffreys nunca será El Tipo Que Permitió Que Le Pasara Algo Malo a Libby Day. Nada malo puede pasarle a «La valiente niña Day, la pequeña niña perdida», la patética niña pelirroja de siete años con grandes ojos azules, la única que sobrevivió a «La masacre de la pradera, a la matanza de Kansas, al sacrificio de la granja de Satán. Mi madre y mis dos hermanas mayores, todas asesinadas por Ben, el único que quedó y al que yo señalé como el asesino. Yo fui la niñita mona que llevó al adorador de Satanás de mi hermano ante la justicia. Fui una gran noticia. El Enquirer publicó mi foto llorosa en primera página con el título de «Cara de Ángel»

Miraba por el espejo retrovisor y aún ahora podía ver mi cara de niña. Las pecas se me habían aclarado, y la dentadura enderezado, pero mi nariz todavía era chata, y mis ojos, redondos como los de un gato. Ahora me teñía el pelo de rubio platino, pero las raíces seguían creciendo rojas. Parecía que mi cuero cabelludo sangrara, sobre todo a la luz del sol del atardecer. Encendí un cigarrillo; hacía meses que no fumaba, y de pronto pensé: «Necesito un cigarrillo». Soy así, mis propósitos no me duran nada.

—Vamos, niña Day –—me animé. Es lo que me digo cuando me odio a mí misma

Salí del automóvil y fui fumando de camino al restaurante, sosteniendo el cigarrillo con la mano derecha para no tener que ver la izquierda, la destrozada. Ya era casi de noche: las nubes migratorias flotaban en el cielo como manadas de búfalos y el sol en el horizonte lo inundaba todo de rosa. En dirección al río, entre las serpenteantes rampas de la autopista, los obsoletos silos de grano se alzaban vacíos, oscuros e inútiles.

Crucé el aparcamiento caminando sobre una miríada de vasos rotos. Nadie me atacó. Al fin y al cabo, solo eran las cinco de la tarde pasadas. Jim Jeffreys era uno de esos tipos que cenan temprano, y que además se sienten orgullosos de ello.

Cuando entré, estaba sentado en la barra bebiendo a sorbos una gaseosa, y lo primero que hizo, como yo sabía que haría, fue sacar el móvil de la chaqueta y mirarlo como si el aparato lo hubiera traicionado.

—¿Me has llamado? —dijo frunciendo el entrecejo.

—No, me olvidé —mentí. Sonrió.

—Bueno. En cualquier caso, me alegro de que estés aquí. ¿Lista para hablar claro?

Dejó dos dólares en la barra y me llevó hasta una mesa con sofá de cuero rojo que dejaba ver su relleno amarillo por los descosidos. Al sentarme, noté los rebordes del cuero roto en la parte posterior de los muslos. Los cojines olían a humo de cigarrillos.

Jim Jeffreys nunca bebía alcohol en mi presencia, y nunca me había preguntado si quería una copa, pero, cuando llegó el camarero y le pedí un vaso de vino tinto, él intentó no parecer sorprendido, o defraudado, ni puso caras raras. «¿Qué tipo de tinto?», preguntó el camarero, pero yo no tenía ni idea; nunca recuerdo los nombres de los vinos tintos, ni de los blancos, ni sé qué parte del nombre se supone que tienes que decir bien claro, así que contesté: «De la casa». Él pidió un bistec, y yo unas patatas rellenas. Cuando el camarero se fue, Jeffreys soltó un larguísimo suspiro de dentista y dijo:

—Bien, Libby, estamos entrando en una fase nueva.

—¿Cuánto queda? —pregunté, pensando: «Diezmildiezmil».

—¿Lees los extractos que te envío? —A veces —mentí de nuevo. Me gusta recibir correo, pero no leerlo; los extractos probablemente estarían entre un montón de papeles en alguna parte de mi casa

—¿Has escuchado mis mensajes?

—Creo que su móvil no va bien. Siempre se corta

Había escuchado los suficientes mensajes como para saber que había problemas. Normalmente colgaba después de oír la primera frase de Jim Jeffreys, que siempre empezaba igual: «Libby, soy tu amigo Jim Jeffreys, y…»

Jeffreys tamborileó con los dedos y sacó hacia fuera el labio inferior.

—Hay 982 dólares y 12 centavos en la cuenta. Como te dije, podrías haberla mantenido a flote con algún tipo de trabajo regular, pero… —Sacudió las manos e hizo una mueca—. Las cosas no han funcionado así

—¿Y qué hay del libro? ¿No iba a…? —Lo siento, Libby. Te digo lo mismo cada año. No es culpa tuya, pero el libro… no. Nada.

Hace tiempo, para sacarle partido a mis veinticinco años de edad, un editor de libros de autoayuda me pidió que escribiera sobre cómo me había sobrepuesto a mis «fantasmas del pasado». Yo entonces no me había sobrepuesto a casi nada, pero había aceptado la idea del libro y había hablado por teléfono con una mujer de Nueva Jersey que iba a ser la auténtica escritora. El libro salió en la Navidad de 2002, con una foto de cubierta en la que aparecía yo luciendo un desafortunado corte de pelo tipo peluche. Se titulaba ¡Un nuevo día! No basta con sobrevivir a los traumas de la infancia. ¡Hay que superarlos!, e incluía unas cuantas instantáneas de mi familia muerta y yo, mezcladas entre doscientas páginas de una pesada papilla de pensamientos positivos. Me pagaron ocho mil dólares, y algunos grupos de supervivientes me invitaron a dar charlas. Volé a Toledo para visitar a un grupo de personas que se habían quedado huérfanas siendo muy jóvenes, y a Tulsa, a una reunión especial de adolescentes cuyas madres habían sido asesinadas por sus padres. Dediqué mi libro a un montón de niños ansiosos que me formulaban preguntas que no venían a cuento, como que si mi madre hacía pasteles. Firmé ejemplares a ancianos mustios que me miraban por encima de sus gafas bifocales, con alientos que olían a café y a acidez de estómago. «¡Empieza un nuevo día!», escribía yo, o «¡Un nuevo día te espera!». Qué suerte tener un apellido con el que poder hacer juegos de palabras. Todos los que se acercaban a mí eran personas mayores de aspecto lánguido e indeciso, y siempre en grupos pequeños. En cuanto comprendí que de gente así nunca sacaría nada, me negué a ir a ningún otro lado. El libro, de todos modos, estaba siendo un fracaso.

—Parecía que iba a dar mucho más dinero —mascullé. Yo solo quería el libro para ganar dinero, de una manera infantilmente obsesiva: la tópica idea de que, si lo deseaba lo suficiente, ocurriría. Debía ocurrir.

—Lo sé —dijo él. Después de seis años, no tenía nada más que añadir sobre el tema. Miró cómo me bebía el vino en silencio—. Pero de alguna manera, Libby, esto significa el comienzo de una nueva fase muy interesante de tu vida. Quiero decir, ¿qué quieres ser de mayor?

Esa pregunta debería haberme resultado estimulante, pero me provocó un estallido de rabia. Yo no quería ser nada, esa era la puta cuestión.

—Entonces ¿ya no queda más dinero? —Jeffreys sacudió la cabeza con tristeza y se puso a echarle sal a su bistec recién servido, encharcado en sangre roja como la grosella.

—¿Qué hay de las nuevas donaciones? El vigésimo quinto aniversario está al caer

Sentí otra oleada de rabia por verme obligada a decir eso en voz alta. Ben empezó su orgía asesina a eso de las dos de la madrugada del 3 de enero de 1985. El tiempo me devolvía la masacre de mi familia, y allí estaba yo, esperándola. ¿Quién había dicho algo parecido? ¿Por qué no podían quedar aunque solo fueran cinco mil dólares?

Sacudió la cabeza otra vez

—No hay más, Libby. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta? Ya eres toda una mujer…, y las personas cambian y siguen adelante. Quieren ayudar a otras niñas, no…

—No a mí.

—Me temo que no

—¿Las personas siguen adelante? ¿De verdad? —Sentí la sacudida del abandono, como cuando era una niña, cuando alguna tía o prima me llevaban a casa de otra tía o prima: «Yo ya la he tenido, ahora te toca a ti quedártela un tiempo». Y la nueva tía o prima serían amables durante aproximadamente una semana, intentando a toda costa aliviar mi amargura, y entonces… Normalmente era culpa mía. Lo digo de verdad, no pretendo hacerme la víctima. Rocié el cuarto de estar de una prima con Aqua Net y le pegué fuego. Mi tía Diane, mi guardiana, la hermana de mi madre, mi querida tía, vino a buscarme —y a llevarme a su casa— media docena de veces antes de cerrarme la puerta para siempre. Le hice cosas muy malas a esa mujer.

—Me temo que no paran de producirse nuevos asesinatos, Libby. —Jeffreys hablaba de forma monótona—. Las personas prestan atención a las cosas durante poco tiempo. Mira lo que están haciendo esos chalados con Lisette Stephens.

Lisette Stephens era una guapa morena de veinticinco años que había desaparecido camino de casa a la hora de la comida del día de Acción de Gracias. Todo el mundo en Kansas City se había movilizado para buscarla: no podías poner la tele sin ver su fotografía sonriéndote. La historia se había convertido en una noticia nacional a principios de febrero. Durante un mes no había pasado nada en absoluto. Lisette Stephens estaba muerta, y a estas alturas ya tenía que saberlo todo el mundo, pero nadie quería ser el primero en poner fin a la fiesta.

—Sin embargo —continuó Jim Jeffreys—, creo que a todo el mundo le gustaría oír que te van bien las cosas.

—Impresionante.

—¿Qué hay de la universidad? —dijo masticando un trozo de carne con la boca abierta.

—No.

—¿Qué tal si te buscamos algún trabajo de oficina, archivando cosas y cotilleando?

—No.

—Me encerré en mí, ignorando la comida, proyectando mi expresión tristona. Esta era otra de las palabras de mi madre: «tristona». Significa mostrar tristeza de modo que fastidie a los demás. Estar triste ofensivamente.

—Bueno, ¿por qué no te tomas una semana y piensas en ello?

—Devoraba su bistec, su tenedor se movía de arriba abajo rápidamente. Jim Jeffreys quería irse. Jim Jeffreys no tenía nada más que hacer allí.

Se fue dejándome tres cartas y una mueca supuestamente optimista. Tres cartas que parecían propaganda. Jim Jeffreys solía darme cajas de zapatos llenas de cartas, la mayoría con cheques dentro. Yo los firmaba y después el donante recibía una carta tipo escrita con mi rígida caligrafía. «Gracias por tu donación. Son las personas como tú las que me permiten seguir adelante, hacia un futuro más luminoso. Sinceramente para ti, Libby Day». Decía «para ti», en vez de «tuya», un error de expresión que, en opinión de Jeffreys, a la gente le resultaría conmovedor.

Pero las cajas de zapatos llenas de donaciones se habían acabado y yo me había quedado con tres simples cartas y el resto de la noche para matar el tiempo. Volví a casa. Varios automóviles me hicieron luces hasta que me percaté de que iba conduciendo con los faros apagados. La línea del horizonte de Kansas City brillaba al este, como un modesto Monopoly, con torres de radio que destacaban aquí y allá. Intenté pensar en cómo ganar dinero. En cosas que hicieran los adultos. Me imaginé a mí misma con una cofia de enfermera, sosteniendo un termómetro; después con un uniforme azul ceñido, acompañando a un niño al cruzar la calle; después haciéndole la comida a mi maridito, luciendo un collar de perlas y un delantal de flores. «Las cagadas de siempre —pensé—. Tu idea de ser adulta sigue siendo la de los libros ilustrados». Y, mientras pensaba eso, me vi escribiendo el abecedario en una pizarra ante las alegres miradas de un grupo de escolares. Intenté pensar en trabajos realistas, algo con ordenadores. Introductor de datos, ¿no era eso una especie de trabajo? ¿Atención al cliente, quizá? Una vez vi una película en la que una mujer paseaba perros para ganarse la vida, siempre vestida con una bata y un suéter, llevando ramos de flores y tirando de un perro baboso y cariñoso. Recordé que no me gustan los perros, me dan miedo. Finalmente pensé, por supuesto, en trabajar en una granja. Nuestra familia había dado granjeros durante un siglo, incluso mi madre, hasta que la mató Ben. Entonces la granja fue vendida.

De todos modos, no sabría qué hacer en una granja. Tengo recuerdos de aquel sitio: Ben recogiendo el estiércol en medio del frío barro de primavera, golpeando con fuerza a los terneros para que no se apartaran del camino; mi madre hundiendo las ásperas manos en los sacos de semillas marrones que luego florecerían en maíz; los chillidos de Michelle y Debby saltando sobre las balas de paja del granero. «¡Esto pincha!», se quejaba Debby, y saltaba de nuevo. Nunca puedo detenerme en estos pensamientos. He etiquetado los recuerdos como si vinieran de una región particularmente peligrosa: el Lugar Oscuro. Detenerme demasiado en la imagen de mi madre intentando arreglar de nuevo la cafetera rota, o en la de Michelle bailando en camisón, con los calcetines subidos hasta las rodillas, haría que mi mente se hundiera en el Lugar Oscuro. Persistentes manchas de color rojo estallando en la noche. El hacha inevitable, rítmica, moviéndose mecánicamente como si estuviera cortando leña. La escopeta de caza disparando en el pequeño vestíbulo. Los chillidos de cuervo aterrorizado de mi madre, con media cabeza arrancada, pero aún intentando salvar a sus hijas.

«¿Qué hace un auxiliar administrativo?», me pregunté. Subí hacia mi casa, caminando por una acera en la que alguien había grabado «Jimmy ama a Tina» en el cemento, décadas antes. A veces me venían flashes de cómo debía de funcionar esa pareja: él era un jugador de béisbol de una liga menor / ella, un ama de casa de Pittsburgh luchando contra el cáncer. Él, un bombero divorciado / ella, una abogada que se había ahogado en la Costa del Golfo el año pasado. Ella era maestra / él había muerto de un aneurisma fulminante a los veinte años. Aunque repugnante, era un buen divertimento para mi cabeza. Tenía la costumbre de matar siempre a uno de ellos, al menos

Miré mi casa alquilada, preguntándome si el tejado estaba torcido. Si se viniera abajo, no perdería demasiado. No tenía ningún valor, excepto un viejo gato llamado Buck, que aún me aguantaba. Mientras caminaba despacio, cansada, sus maullidos de resentimiento me llegaron desde el interior de la casa y recordé que aún no le había dado de comer. Abrí la puerta y el viejo gato vino hacia mí, lento y zigzagueante, como una vieja tartana con una rueda rota. No me quedaba comida para gatos —la tenía apuntada en la lista de la compra desde hacía una semana—, así que fui a la nevera, cogí unas cuantas lonchas de un queso suizo ya endurecido y se las di. Después me senté y abrí mis tres sobres. Los dedos me olían a leche agria

Nunca pasé de la primera carta.

Querida señorita Day: Espero que le llegue esta carta, ya que parece que no tiene un sitio web. He leído sobre usted, he seguido su historia de cerca durante años, y estoy muy interesado en saber qué hace actualmente y cómo se encuentra. ¿Va a dar alguna charla? Pertenezco a un grupo que le pagaría quinientos dólares por venir. Por favor, contacte conmigo. Estaré encantado de proporcionarle más información.

Con cariño, Lyle Wirth

P. D. Esta es una oferta comercial legal.


¿De stripper? ¿En algo porno? Recuerdo la época en que salió el libro, con su capítulo «Las fotos de cómo ha crecido la pequeña Day». Lo más destacable era yo, con diecisiete años, mis palpitantes pechos de mujer apenas contenidos dentro de un top barato de mercadillo. A consecuencia de eso recibí bastantes proposiciones de revistas guarras, pero ninguna ofrecía suficiente dinero como para que me lo tomara en serio. Y aún ahora quinientos tampoco bastarían, si es que esos tipos querían que me desnudara. Pero quién sabe —«¡piensa en positivo, pequeña Day!»—, quizá era realmente una oferta legal, otro de esos grupos de víctimas que me necesitaba para enseñarles que tenían una razón para hablar de sí mismos. Quinientos por unas cuantas horas de simpatía era un buen intercambio. La carta estaba mecanografiada, salvo un número de teléfono que aparecía al final, escrito a mano y con trazos firmes. Marqué el número, esperando que me respondiera un contestador automático. En cambio, se hizo una pausa cavernosa en el auricular. El teléfono había sido descolgado, pero nadie hablaba. Me sentí incómoda, como si hubiera llamado a alguien en medio de una fiesta de la que se suponía que yo no sabía nada

Al cabo de tres segundos, se oyó una voz masculina:

—¿Hola?

—¿Qué tal? ¿Está Lyle Wirth?

–Buck se estaba frotando contra mis piernas, ansioso por que le diera más comida.

—Sí, ¿quién eres?

—De fondo, un silencio profundo. Como si él estuviera dentro de un hoyo.

—Soy Libby Day. Tú me escribiste una carta.

—¡Caramba, Libby Day! ¿En serio? ¿Dónde estás? ¿Estás en la ciudad?

—¿En cuál?

El hombre, o el chico —sonaba joven—, le gritó algo a alguien detrás de él, que incluía la frase «Ya los he hecho», y luego gruñó en mi oreja.

—¿Estás en Kansas City? Vives en Kansas City, ¿verdad?… ¿Libby? Yo estaba a punto de colgar, pero el chico empezó a gritar «¿Holaaa? ¿Holaaa?» al teléfono, como si yo fuera un alumno despistado, así que le dije que vivía en Kansas City y que qué quería. Él soltó una de esas risitas en plan «Jejeje, no-te-lo-vas-a-creer-pero…».

Bueno, como te decía en la carta, quería hablar contigo para que vinieras a vernos. Si te parece. —¿Para hacer qué?

—Bueno, pertenezco a un club especial… Tenemos una reunión extraordinaria la semana que viene, y…

—¿Qué tipo de club?

—Bueno, uno, ya te digo, especial. Una especie de grupo alternativo… —No dije nada, le dejé que se enrollara. Tras el arrojo inicial, noté que se sentía incómodo. Bien.

—Oh, mierda, es imposible explicarlo por teléfono. ¿Puedo, esto…, invitarte a un café?

—Es muy tarde para un café —dije, y entonces pensé que él probablemente no quería decir esta noche, sino tal vez algún día de esta semana, y entonces me pregunté de nuevo cómo mataría yo las próximas cuatro o cinco horas.

—¿Una cerveza? ¿Vino? —preguntó él.

—¿Cuándo? Pausa.

—¿Esta noche? Pausa.

—Perfecto.

Lyle Wirth tenía la pinta de un asesino en serie. Lo que significaba que probablemente no lo era. Si vas por ahí descuartizando putas o persiguiendo a la gente para comértela, intentas parecer normal. Estaba sentado a una mesa de juego mugrienta en medio del Tim-Clark’s Grille, un antro húmedo situado junto a un mercadillo de segunda mano. El local había cobrado fama por sus barbacoas, pero se había aburguesado. Había una incómoda mezcla de veteranos canosos y tipos melenudos con pantalones vaqueros ajustados. Lyle no era ni lo uno ni lo otro: tenía unos veinte años y un cabello castaño ondulado que había intentado domar con demasiada gomina por todas partes menos donde le hacía falta, así que le quedaba medio rizado, medio lustroso. Llevaba gafas sin montura, una cazadora impermeable y unos vaqueros ajustados, pero no a la moda: simplemente eran muy estrechos para él. Sus rasgos eran demasiado delicados para resultar atractivos. Los hombres no deben tener labios de fresa.

Me miró mientras caminaba hacia él. Al principio no me reconoció. Se limitó a repasar de arriba abajo a la desconocida. Cuando casi había llegado a su mesa, el cerebro le hizo un clic: las pecas, el esqueleto de pajarillo, la nariz chata, que resultaba aún más chata y agresiva cuanto más se la miraba.

—¡Libby! —dijo. De pronto se dio cuenta de que sonaba demasiado familiar y corrigió—: ¡Day! —Se puso en pie, apartó una de las sillas plegables, adoptó la posición de firmes y volvió a sentarse—. ¡Eres rubia!

—Bueno, sí —dije. Odio a la gente que empieza las conversaciones con obviedades. ¿Qué se supone que hay que decir? «Sí, hoy hace mucho calor. Ya lo creo.» Miré alrededor para pedir una copa. Una camarera con una camiseta minúscula y un voluptuoso cabello moreno nos daba la espalda revelando sus bonitas posaderas. Tamborileé con los dedos en la mesa hasta que se volvió, mostrando una cara que debía de tener por lo menos setenta años, las mejillas con el aspecto de una tortita arrugada y las manos surcadas por venas purpúreas. Algunas articulaciones de su cuerpo crujieron cuando se inclinó para tomar nota, y arrugó la nariz cuando vio que solo le pedía una cerveza.

—Aquí hacen unas pechugas realmente buenas —dijo Lyle. Pero él no había pedido pechuga, simplemente bebía a sorbos los restos de un batido.

La verdad es que no como carne desde que vi a mi familia rebanada y descuartizada. Todavía estaba intentando apartar de mi mente a Jim Jeffreys y su bistec grasiento. Me encogí de hombros, y mientras traían la cerveza miré alrededor como una turista. Lo primero en lo que me fijé fue en que Lyle tenía las uñas sucias. La camarera vieja llevaba la peluca torcida: mechones de pelo blanco sudado se le pegaban al cuello. Se los remetió como pudo mientras agarraba una ración de fritura que chirriaba bajo la lámpara de calor. Un hombre gordo sentado en la mesa contigua comía costillas de cerdo y examinaba lo que había comprado en el mercadillo: una vieja jarra kitsch con una sirena pintada. Sus dedos habían dejado marcas de grasa en los pechos de la sirena. La camarera dejó la cerveza en la mesa con un golpe y se puso a ronronearle algo al gordo, al que llamó «cariñito».

—Bueno, háblame de tu club —le insté. Lyle se sonrojó y la rodilla empezó a temblarle debajo de la mesa.

—Bien, ya sabes que hay chicos a los que les da por jugar al Fútbol Fantasy o por coleccionar cromos de béisbol… —Asentí. Él soltó una extraña risita y continuó—: O mujeres que leen revistas de cotilleo y se saben de memoria la vida de los actores, incluido el nombre de sus hijos y el del pueblo donde nacieron.

Hice una comedida inclinación de cabeza. —Bueno, pues es algo parecido, solo que, bueno, nosotros nos llamamos el Kill Club. Le pegué un trago a la cerveza y dulces burbujas estallaron en mi nariz. —No es tan raro como suena. —Pues suena jodidamente raro. –—¿Sabes a cuánta gente le gustan los misterios? ¿O está enganchada a los blogs de crímenes reales? Bueno, pues en este club hay mucha gente así. Cada uno tiene un crimen que le obsesiona: Laci Peterson, Jeffrey MacDonald, Lizzie Borden…, tú y tu familia. Vuestra historia es una de nuestras preferidas. Por no decir la que más. Más que la de JonBenet. —Me pilló haciendo una mueca, y añadió—: Una verdadera tragedia. Y tu hermano en la cárcel por ¿cuánto, veinticinco años? —No sientas pena por él. Mató a mi familia. —Está bien. —Chupó un cubito de hielo de su batido—. Pero ¿has hablado alguna vez con él sobre aquello? Sentí que me ponía a la defensiva. Hay personas por ahí que juran que Ben es inocente. Me mandan por correo recortes de periódicos que hablan sobre él, pero nunca los leo; los tiro en cuanto veo su fotografía, con la melena roja sobre los hombros en plan Jesucristo, enmarcando su cara resplandeciente, llena de paz. A sus cuarenta y tantos. Nunca he ido a verlo a la cárcel. Su prisión actual está, convenientemente, a las afueras de nuestro pueblo —Kinnakee, Kansas—, donde cometió los asesinatos. Pero no soy una nostálgica. La mayoría de los fans de Ben son mujeres. Orejudas y dentonas, con traje chaqueta, peinadas con permanente y de labios apretados. De vez en cuando se presentan en mi puerta con los ojos demasiado brillantes, y me dicen que mi declaración fue errónea. Que estaba confusa, que me manipularon, que mentí cuando juré —a la edad de siete años— que mi hermano era el asesino. A veces me gritan, soltando abundante saliva. Algunas incluso han llegado a pegarme. Eso las hace aún menos convincentes: una mujer roja como un tomate e histérica es muy fácil de ignorar, y yo siempre busco una razón para ignorar. Si fueran un poco más amables conmigo podrían obtener algo de mí. —No, no hablo de Ben. Y si la cosa va de eso, no me interesa. —No, no, no. Es como una especie de convención. Simplemente tendrías que venir y dejar que te hiciéramos algunas preguntas. ¿Realmente nunca piensas en aquella noche? Lugar Oscuro. —No. —Podría resultarte muy interesante. Hay algunos fans…, verdaderos expertos en el tema, que saben más que los que llevaron el caso. Aunque ya sé que eso no es tan difícil. —Así que se trata de un puñado de gente que quiere convencerme de que Ben es inocente. —Bueno… quizá. Aunque quizá tú los convenzas a ellos de lo contrario. —Descubrí en él un atisbo de condescendencia. Se inclinó hacia delante, los hombros tensos, excitado. —Quiero mil dólares. —Puedo darte setecientos. Paseé la mirada por el local, sin comprometerme a nada. Aceptaría cualquier cantidad que él quisiera darme, pues estaba buscando un trabajo real para ya mismo, y no podía permitirme regatear. Yo no soy una persona que pueda comprometerse con nada cinco días a la semana. ¿Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes? Nunca he madrugado cinco días seguidos; ni siquiera recuerdo haber comido cinco días seguidos. Permanecer ocho horas en un lugar de trabajo, ocho horas enteras fuera de mi casa, me resulta impensable. —Setecientos está bien —dije. —Excelente. Y habrá un montón de gente aficionada a coleccionar objetos, así que tráete algunos souvenirs, cosas de tu infancia que quieras vender. En total, puedes sacarte dos mil fácilmente. Sobre todo con las cartas. Cuanto más personales mejor, claro, y si es posible, cercanas a la fecha de los asesinatos. El 3 de enero de 1985. —Dijo la fecha como si la repitiera a menudo—. Trae también alguna cosa de tu madre. La gente está realmente… fascinada con tu madre. La gente siempre lo estaba. Todos querían saberlo: ¿qué clase de mujer es asesinada por su propio hijo?