Elena Ferrante: la persistencia del anonimato

No obstante la fuerte presión periodística, la exitosa novelista italiana que escribe con este seudónimo mantiene oculta su identidad; el caso recuerda el de otros escritores anónimos

Pocos escritores se animaron a borrarse a sí mismos en vida para llevar al extremo la precisión de sus ficciones. El cuentista y novelista Abelardo Castillo (Buenos Aires, 1935) describió alguna vez la ambición del horizonte soñado: “No hay escritor que en los días inmodestos de sus primeros versos no imagine la edición de sus obras completas, vasta colección en papel biblia que lo salvará de la muerte y el olvido”. La frase la incluyó en el volumen Ser escritor. Apareció por primera vez en Buenos Aires, en una edición modesta de editorial Perfil en 1997. Desde entonces no dejó de reeditarse.

Por aquél año, internet era una palabra que apenas asomaba la nariz en el mundo globalizado y dejaba de ser el proyecto Arpanet concebido para funcionar puertas adentro del Pentágono. Todavía faltaba para que los escritores tuvieran redes sociales y un perfil dónde mostrar quiénes son, qué han escrito, dónde se presentarán la siguiente noche o dar a conocer sus opiniones sobre un tema de agenda pública.

El sueño de trascendencia estaba necesariamente ligado al libro; sin publicación, no había posibilidad de ser escritor.

El rechazo a un nombre con rostro

Algunos casos de escritores hacen pensar que, de haber existido en su tiempo, internet habría sido una herramienta prescindible. Más aún, una amenaza. Tal como acaso lo vivió semanas atrás la escritora que se esconde tras el seudónimo Elena Ferrante, el gran misterio literario de este siglo y tal vez de las últimas cinco décadas.

Ferrante se convirtió en un fenómeno internacional con sus cuatro novelas que transcurren en Nápoles: La amiga estupenda (2012), Un mal nombre (2013), Las deudas del cuerpo (2014) y La niña perdida (2015). Allí, la autora recupera las vidas de dos mujeres desde su infancia pobre en Nápoles hasta su vida de clase media durante la posguerra italiana. En México, después de La amiga estupenda (Lumen), acaba de editarse este mes Un mal nombre.

Hace unas semanas, un perfil de Twitter bajo el nombre de Anita Raja decía: “Lo confirmo. Soy Elena Ferrante. Abro este perfil y pronto lo cerraré”. El mensaje desde @AnitaRajaStarn, traductora y esposa del célebre escritor italiano Domenico Starnone, causó revuelo en Italia, donde muchos creyeron que, por fin, la autora que se esconde bajo ese nombre había decidido abandonar su anonimato. La ilusión se esfumó en un puñado de horas, pues la editorial E/O que publica a la autora declaró que ese perfil de Twitter era falso, y enseguida la cuenta fue suspendida.

Una semana antes, Anita Raja ya había visto su nombre en la prensa mundial por un periodista italiano que la señalaba como la autora de la saga. En el texto, publicado en el diario económico Il Sole 24 Ore, el periodista Claudio Gatti analiza el boom de ingresos de la casa E/O, fundada en 1979. Detalla que los registros financieros provistos por una fuente anónima indican que los pagos de la editorial para Raja, traductora del alemán, aumentaron casi 50 por ciento en 2014, y en 2015 más de 150 por ciento. “Alcanzó una cifra que supera siete veces lo que recibía en 2010”, dice el artículo, reproducido por los principales portales del mundo. Gatti agrega que los pagos coinciden con el período en el que es probable que Ferrante recibiera cheques por regalías y que ningún otro autor ni empleado de la editorial registró un aumento tan drástico en sus ingresos.

Una de las dueñas de E/O, Sandra Ozzola Ferri, se limitó a decir: “Si alguien quiere que la dejen en paz, déjenla en paz. No es miembro de la Camorra (mafia napolitana, ndrangheta) ni es Berlusconi. Es una escritora y no le hace daño a nadie”. El de Ferrante es el último caso más notorio de un escritor que priorizó su obra, escindiéndose de su nombre. Pero no es el único.

México fue el país que el autor de El tesoro de Sierra Madre escogió para escribir a las sombras de su nombre. La firmó como B. Traven, uno de los seudónimos que utilizó el novelista, actor en Berlín y anarquista y periodista de la revista Der Ziegelbrenner, “que él mismo redactaba, imprimía y distribuía en círculos clandestinos de la izquierda radical en Bavaria”, como lo consigna el muy preciso volumen editado por el Museo de Arte Moderno dedicado al autor.

Las investigaciones para trazar su biografía le atribuyen como su verdadero nombre el de Otto Feige. Algunas sitúan su nacimiento en Alemania, en 1882, y su muerte en la Ciudad de México, en 1969. También usó los seudónimos Traven Torsvan y Ret Marut. Bajo este último fue actor en teatros ambulantes en Alemania. Curiosamente, es el seudónimo de un escritor alemán condenado a muerte por anarquista después de la Primera Guerra.

El seudónimo de Bernhard Traven Torsvan está relacionado a un estadunidense nacido en San Francisco en 1892. Fue en México donde dejó de ser Traven Torsvan para ser B. Traven. “Jamás fue Bruno”, como algunos vieron en aquella B, cuenta Sofía Neri, desde el departamento de Curaduría e Investigación del Museo de Arte Moderno, donde a mediados de este año se expuso una muestra con objetos del autor.

“Su obra fue traducida a unos 40 idiomas. Seguramente fue alguna ocurrencia de algún editor, que necesitaba explicar de qué era esa B, porque Traven jamás firmó como Bruno”, cuenta Neri.

Al llegar al puerto mexicano de Tampico, Traven se sintió atraído por el movimiento revolucionario. Por entonces aún empleaba el seudónimo Traven Torsvan, como demuestra su credencial de explorador para la Campaña contra la Langosta, en Veracruz, el primero de mayo de 1926.

La mayoría de sus novelas transcurren en México y se obsesionan con insurrecciones de oprimidos. Las escribía en alemán o inglés. Fue gracias a él que México se incorporó a la literatura mundial. Y fue aquí donde concibió la novela que lo hizo más famoso, El tesoro de Sierra Madre (Der Schatz der Sierra Madre, 1927), llevada al cine en 1948 por John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart.

Traven vivió su vida con un total rechazo a la publicidad sobre sí mismo, aunque trabó amistad con algunos intelectuales de la época, como Frida Kahlo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros o Esperanza López Mateos, su primera traductora.

Su rechazo a la promoción lo llevó a inventar también un representante: “Era él mismo y se presentaba con el seudónimo Hal Croves”, contó Neri.

El secreto con que pretendió llevar su nombre obsesionó a algunos. Como al diario Mañana, que en su edición número 258 anunciaba: “Mañana descubre la identidad de Bruno Traven”, con un texto del redactor Luis Spota, y fotografías que muestran al autor de espaldas, huyendo de la cámara, y otras de frente, tapando su rostro con el humo del cigarro.

“¿Que dónde queda mi patria? En el lugar en el que esté y en el que nadie quiera saber quién soy, ni qué estoy haciendo, ni de dónde soy: ésa es mi patria, mi tierra”, escribe en El barco de la muerte.

El relato transcurre al terminar la Primera Guerra y narra la situación de los marinos mercantes indocumentados, que no encontraban empleo o residencia en ningún país. El personaje y narrador es Gerard Gales, sin pasaporte, que al no poder acreditar identidad es abandonado en Amberes, donde comienza su derrotero de deportaciones.

En México halló una compañera que entendió bien que no debía hurgar en su pasado. “Casi nunca le hacía preguntas porque sabía que a él no le gustaban”, contó en una entrevista su viuda, Rosa Luján, reproducida por el biógrafo de Traven, Karl Guthke. Además, sabía que cualquier pregunta sería inconducente: “No creo que pudiera decir la verdad incluso si lo quería. El mismo ya no sabía la verdad”, dijo.

El silencio de Salinger

Nunca se sabrá si J.D. Salinger pudo haber conservado el anonimato que consiguió durante años, de haber accedido a aparecer en la prensa de vez en cuando. Tras de publicar en 1951 El cazador oculto (El guardián entre el centeno-The catcher in the Rye, en algunos países), Salinger se recluye en Cornish (Nuevo Hampshire), envuelto en una ola de misticismo hindú, junto a su esposa de 19 años, Claire Douglas.

La oscuridad de aquellas páginas donde describe el mundo de la adolescencia lo vuelve una celebridad. El libro se agota en cada edición y es celebrado por el mismo Ernest Hemingway. La prensa lo busca, los lectores le envían cartas. Pero Salinger quiere vivir casi como un menonita. Quiere dejar atrás sus depresiones de años antes, su trabajo en Polonia, enviado por su padre, a los hielos de Bydgoszcz en la industria del jamón. Quiere olvidar su vuelta a Estados Unidos y su fracaso en la universidad. Su alistamiento en el frente en 1945, su hospitalización en Nuremberg a causa de sus brotes depresivos.

Todo funcionó bien hasta 1986, cuando el joven escritor Ian Hamilton le envió una carta contándole que escribiría una biografía sobre él y pidiéndole su colaboración. Salinger se negó, pero el crítico decidió llevar a cabo su proyecto. En paralelo, envió cartas a todos los Salinger que aparecían en la guía telefónica de Manhattan. Consiguió dar con una sobrina y su hijo, tras lo cual recibió también por carta la furia del escritor por molestar a su familia.

Más tarde, su editor inglés Hamish Hamilton (sin parentesco con el crítico) le entregó una treintena de cartas que Salinger había escrito entre 1951 y 1960. La correspondencia pertenecía a las universidades de Harvard, Princeton y Texas. El 30 de julio de 1985 termina su libro, In Search of J.D. Salinger: A Writing Life (1935-1965).

Hamilton envíó el manuscrito a la casa Random House, que entregó un cheque de adelanto por derechos de autor y comenzó la campaña promocional. Todo estaba listo: la fecha de la presentación, la aparición en librerías, los ejemplares para la prensa, la foto de portada. El periódico The Observer compró los derechos para la publicación por entregas.

Todo se desmoronó con un requerimiento del despacho de abogados Kaye-Collier-Booze, de Nueva York, dirigida a Random House, Heinman y The Observer, donde se advertía que el escritor no toleraría el uso de su correspondencia privada y los demandaría si no desistían de la publicación.

Hamilton podó las páginas de su investigación, eliminando citas directas y reemplazando palabras originales. Así surgió otro manuscrito, ya sin la voz del escritor asomando por el papel. El nuevo boceto debía ser revisado por Salinger, que resultó más molesto y acudió al Tribunal Supremo de Justicia, donde se falló a favor del escritor. Tenía 69 años y habló durante casi seis horas, en la conversación más larga que sostuvo en su vida con extraños.

Hamilton dio luz a un tercer texto, In Search of J.D. Salinger, donde cuenta su enfrentamiento con el autor. “Quiere ser un santo, pero su problema es el de quien tiene un carácter opuesto a la santidad”, escribió Hamilton.

No fue la única vez que Salinger abandonó su ostracismo por las hostilidades del mundo exterior del que huía. El lunes primero de junio de 2009 reapareció a través de sus abogados en los tribunales de Nueva York. Demandaba por plagio a un misterioso escritor que publicitaba su libro como la continuación de El guardián entre el centeno.

Salinger tenía 90 años y demandó además a la editorial y a la distribuidora de la obra, que llevaba el título de 60 Years Later: Coming Through the Rye. Salinger defendía que ese libro vulneraba sus derechos de autor, al considerar que solo él podía escribir una secuela y utilizar el nombre del protagonista, Holden Caulfield.

El autor de esa secuela firmaba la obra bajo el pseudónimo J.D. California. Y en los papeles ante los tribunales de Manhattan se identificaba como John Doe, un nombre empleado en acciones legales en Estados Unidos cuando se desconoce el nombre del demandado, equivalente al “Juan Pérez” en castellano.

Impenetrable, Salinger volvió a ganar el juicio que reconoció los derechos sobre su propia obra. Murió siete meses después, el 27 de enero de 2010; el primero de ese mes había cumplido 91 años. Lo hizo rodeado del silencio que siempre defendió y que interrumpió solo cuando la provocación le pareció demasiado insoportable.

Conservar un enigma

La literatura está llena de ejemplos que muestran que para muchos autores su obra ha estado siempre muy por encima de su nombre. El considerado máximo escritor argentino, Jorge Luis Borges, usó el pseudónimo Honorio Bustos Domecq para escribir a cuatro manos con su amigo y maestro del género fantástico Adolfo Bioy Casares. El pseudónimo lo concibieron para la colección detectivesca Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), Un modelo para la muerte (1946), Crónicas de Bustos Domecq (1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977). ¿Por qué siguieron usándolo cuando eran escritores ya consagrados? Bioy Casares ya había escrito La invención de Morel (1940) y las Ficciones (1944) de Borges ya sacudían el campo de las letras en castellano.

En una entrevista publicada en mayo de este año —concedida por correo electrónico— el periodista italiano Nicola Lagioia le preguntó a Elena Ferrante porqué decidió emprender su carrera literaria escondiéndose. La autora dijo: “Escribir es ya de por sí un acto de soberbia”.

Tal vez así se explique el silencio que Elena Ferrante conservó tras la investigación que desnudaba ante un público infinito las finanzas personales de la traductora, a la que se identificaba con la saga de La amiga estupenda.

Interpelado por la razón de su investigación, Gatti se defendió: “Entiendo que un buen número de lectores podría estar molesto”, dijo. Y agregó que él solo hacía su trabajo como periodista. “El misterio más grande fuera de Italia es quién es Elena Ferrante. Se supone que debo dar respuestas, a eso me dedico”, sentenció.

Lo que Gatti ignoraba es que hay preguntas que el ser humano busca siempre esquivar para asegurarse una ganancia: conservar la promesa de un espejismo, en la certeza de que ciertos enigmas son el terreno fértil del que se nutren las mejores ficciones.