El Anahuacalli fue para Diego Rivera su más grande creación

A 130 años del nacimiento del muralista, el texto revela la charla que sostuvo con el poeta Alfredo Cardona en torno a esa construcción   

Mi pincel puede convertir
el efecto en dirección.
—Diego Rivera

Era el Sol. Venía el mediodía y el claro abarcaba completo la tierra hasta sedimentar el polvo esparcido. Sobre el enorme cabezal de la fuente unos ojos tremendos despertaban a la curiosidad. Una boca abría sus dentadas fauces hasta liberar un vaho de cristalinos colorcillos. No podía dejar de mirar aquello, era una piedra cobrada de forma viva. Al mismo tiempo mis pupilas no abarcaban por completo el cuerpo del gigante recostado en escorzo sobre el piso, eso me generaba la impresión de mirarlo moverse por momentos, como en espasmos. Aquello era un Frankenstein de rocas que despertaba a la vida, era un monstruo increíble. Así se veía la fuente que Diego Rivera construía en el cárcamo del Lerma, en Chapultepec.

Pasaba el tiempo y Diego asomaba su sombrero entre las rocas.

—¡Maestro! —le dije. No sabía que usted ya estuviera por aquí, en la cámara de aguas (mural sumergible en la cámara de distribución de agua potable del río Lerma). Es un gusto conocerlo al fin. Soy Alfredo Cardona, el poeta que le llamó hace un par de días. Mucho gusto.

—Si no estaba yo por aquí arriba, es justo porque andaba abajo, mi querido Cardona —contestó. —No, Alfredo, no podría olvidar esa llamada. Usted prometió venirme a buscar a la obra para que le enseñara mi más grande creación. Venga.

Rivera me tomó del brazo y con apresurado paso me obligó a entrar al edificio del cárcamo. "Mire", me dijo mientras observábamos el contenedor del agua de Lerma pintado sobre sus cuatro muros. "Esa es la historia de la vida en la tierra, donde todo comenzó por el agua, ¿lo ve?", señalaba el maestro apuntando cada cosa con una enorme vara que usaba como bastón de mando. Ahí se miran cada uno de los elementos creadores de la vida, todos retratados con una exactitud y precisión totalmente realista.

Rivera estaba verdaderamente emocionado, se le notaba ansioso, como con prisa a pesar de estar en el sitio donde me citó. De repente se comenzó a despedir de sus asistentes y tomó sus cosas de un rincón. Me volvió a tomar del hombro y me condujo a la salida. Pensé que era una forma en la que me estaba evadiendo pero luego le chifló a su chofer y me invitó a subir a su camioneta. Yo no sabía que era lo que pasaba, deduje que me llevaba a su estudio en el cual estaría más cómodo para ser entrevistado. Opté por no preguntar sobre nuestro destino. (Una versión de esta charla puede verse en A. Cardona Peña. El monstruo en su laberinto. Conversaciones con Diego Rivera. México, Diana (1980).

Finalmente llegamos, la charla del maestro me había distraído lo suficiente para no echar ni un ojo fuera del vehículo; para mi sorpresa no se trataba de San Ángel, donde estaba su estudio, estábamos en otro poblado periférico a la ciudad. No podía ubicar el sitio pero era un pueblito fincado en la ladera de un cerro, lleno de vegetación y con una extraña vereda de roca volcánica en picada.

—¿Dónde estamos? —Al fin decidí interrogar a Rivera.

—Se llama San Pablo Tepetlapa, pero yo le digo mi casa del agua o más comúnmente: Las piedras. Usted quería conocer mi más grande obra y eso es lo que le voy a enseñar Alfredito. Venga, mire esos montículos de rocas, ahí vamos a entrar.

En el horizonte podía mirar un torreón de roca del que parecía una especie de castillo. La intensa vegetación me impedía ver el resto del lugar, pero Rivera me empujaba con su bastón y me hacía pasar entre las cactáceas y el pedrerío. De un tropezón caí sobre una explanada y pude levantar el rostro. Aquello era inverosímil, quizá monstruoso. Diego estaba construyendo una pirámide. Jóvenes, casi niños, eran dirigidos por maestros canteros que picaban lotes de basalto. Algunos cargaban los cortes de roca otros subían por andamios con el material, algunos más iban apoltronando piedra a piedra para levantar el gigante rascacielos. Muchos le ayudaban a Diego a bajar cosas de la camioneta, los niños le rodeaban como si hubiera llegado un familiar esperado. Salían perros de todas partes a recibirnos como lo hacían las personas. De entre los vanos se asomaban algunas piezas prehispánicas que pendían de extrañas repisas de roca. Alrededor de nosotros el viento agitaba furioso la vegetación que abrazaba con su húmeda brisa el pedregal, por cada uno de los costados. Todo eso me parecía un sueño.

Diego había crecido entre granjas y minas, pensé hipnotizado por las piedras. Dedicó su niñez a coleccionar guijarros, piedritas y cavar agujeros en la tierra para buscarlos. Podríamos imaginar al niño "Chilebola", como le llamaban, explorando en los paisajes pedregosos mientras retrataba los cerros y se colaba por las grietas y túneles de las viejas casonas de Guanajuato. Así el pequeño se dejó afectar por la fuerza del paisaje, su color, sus texturas y olores. Pronto su padre encauzó su talento hacía la observación, el reparo y la clasificación de aquellos garabatos de piedras y plantas en color, forma y composición. Diego fue educado en la contemplación de la naturaleza, su multiplicidad y metamorfosis, mediante el dibujo. Entre sus anotaciones, poco a poco logró tomar conciencia de la transformación de la naturaleza, por la intervención del hombre, en complejos urbanos de calles laberínticas y abigarrados edificios. De ahí la enorme capacidad de Diego para el detalle, el finura del trazo y la miniatura de sus figuraciones. El niño miró desde las rocas las crisis internas, sus reacciones y desenlaces externos, notó la complejidad de sus interrelaciones como secuelas de su apilamiento hasta configurar enormes montículos, montes, cerros y montañas.

Así, como esas piedras, la sensibilidad del pintor acumuló la riqueza del paisaje en impresiones poderosas que capturaban “lo natural”. Quizá por ello optar por la arquitectura como operación plástica, por su relación con el apilamiento, el montículo y la forma pétrea. Diego, el mirón de minerales, radicalizó aquella inquietud por las formas rocosas. El mundo se abría ante sus ojos como el canto sobre el nacimiento de un dios a través de su mirada en el espejo mineral.

—¿Qué le pasa? ¡Despierte Alfredo! —me sacudía Rivera la espalda con un tono risueño y burlón para sacarme de la ataraxia.

—El cuerpo arquitectónico es una combinación de estilos azteca, maya y Rivera tradicional —sentenció.

—No pues no sé qué decir, ¿por qué se está construyendo una pirámide y cómo consiguió a toda esta gente para ayudarle?

—Le voy a responder ahí adentro pero debe prometerme que por ahora no publicará lo que le voy a decir, pues este proyecto es todavía mi secreto.

Pasamos al grupo de trabajadores que ya comían de las viandas que ofrecían sus ayudantes y entramos por una especie de caverna al interior de aquel monstruo de basalto. De inmediato un mosaico apareció en el techo del lugar con la extraña representación de un Tláloc. Luego por un laberinto oscuro y húmedo me condujo el maestro hasta una habitación llena del “idolaje” como doña Frida gustaba llamarle a las piezas precolombinas de Diego.

—Esto es mi herencia al pueblo de México —me decía el pintor mientras abría los brazos mostrándome la extravagante cueva donde se montaron las repisas para los ídolos. Querido Cardona —siguió— durante toda mi vida he recolectado piezas de los antiguos con la finalidad de apreciar su belleza, de aprender de ellas algo sobre el pasado. Hoy enfrento una terrible enfermedad (en aquel año, Diego fue diagnosticado de padecer cáncer) y espero paciente el final de mis días, me voy sin más pendiente que acomodar aquí una casa para mis ídolos que le sirva de museo al pueblo de México. ¿Sabe Alfredito? siempre que me siento disgustado por alguna pintura que haya hecho no tengo más que ver mis ídolos y de repente me siento nuevamente bien. Eso espero que haga el arte antiguo para nuestro pueblo. La gente ha venido aquí a ayudarme con la idea de ser parte de este sueño, unos me traen piezas que quieren donar al museo, otros quieren conocer mis piedras y otros simplemente buscan trabajo y pues yo quien soy para negarle al pueblo lo que es de ellos.

Rivera guardó silencio mientras miraba apacible una hermosa escultura nayarita. Yo no podía creer lo que veía, aquel sitio era indescifrable. Luego de un rato le pregunté:

—¿Cómo le hará maestro para donar esto al pueblo?

—Pienso hacer un comité que organice mi cuate Chicho Bassols para administrar los derechos de mi obra pictórica y con eso contribuir a la manutención. Mi plan es donar el museo al Estado, en la inteligencia de que tendrá que aportar el dinero que se requiere para terminarlo. La única condición que pondré será que se me permita supervisar la construcción hasta que se termine. Lo único que yo quiero es regresar las maravillas de piezas de nuestro arte mayor, que he logrado rescatar de las manos de bandidos que se las llevan a vender a Estados Unidos, al pueblo mexicano que les dio vida. Eso es todo. Mi más grande obra es ésta, no el museo, eso es humildemente mi tributo a mis antepasados, es mi colección de ídolos: esa es, mi apreciado Alfredito, mi obra más importante.

El maestro no me dejó reponerme del impacto, pronto me sacó de ahí y me llevó a comer de la canasta de tacos y el pulque que las muchachas disponían para la fiesta que ya se armaba en honor de la llegada del muralista a sus piedras, su Anahuacalli, como posteriormente le llamaron.

Me pasé algunos años pensando cómo ordenar aquel sueño intranquilo. Muerto Rivera todavía me pregunto cómo dar testimonio sobre la Pirámide del Pedregal diseñada para guarecer al monstruo de Diego. Ahora lo hago pensando en el demiurgo colosal de su creador, como un laberinto aterrador que solo salva la belleza inesperada de los ídolos que protege.

@inmitros