ENTREVISTA | POR RAÚL CAMPOS

Gonzalo Martré Escritor

El autor hidalguense publicó una de las primeras novelas mexicanas que trató abiertamente el tema de la vida nocturna homosexual en la capital, y fue un hito.

Los bares gay de los 60: 'Safari en la Zona Rosa'

Ciudad de México

Hace 46 años, en 1970, se publicó la primera novela gay mexicana: Safari en la Zona Rosa, del escritor hidalguense Gonzalo Martré, la cual narra la vida y milagros de los asiduos al Club Safari —primer antro abiertamente homosexual de la Ciudad de México—, desde la perspectiva de Rosendo, el segundo a cargo del lugar y buen amigo del escritor, quien explica que la única razón que permitía la existencia de un lugar como aquel, durante una época “llena de mojigatería provinciana”, era que le pertenecía a Fernando Romero, jefe de la Policía Judicial del DF en aquel entonces, y de quien se decía (era un secreto a voces entre los asiduos al club) que era lilo.

El libro solo tuvo tres ediciones, y por él la crítica le adjudicó a Martré el sambenito de “pornógrafo”. Sin embargo, fue la primera novela de circulación nacional que abordó abiertamente el tema homosexual y sirvió de parteaguas para la demás literatura gay mexicana: nueve años después, Luis Zapata publicó El vampiro de la colonia Roma.

Recientemente Nitro Press reeditó Safari. Esta nueva edición incluye fotografías, reseñas y notas periodísticas que hablaban de la novela, un texto de Martré sobre cómo la ideó, además de reflexiones de autores como René Avilés Fabila y Humberto Musacchio.

¿Por qué escribió ‘Safari en la Zona Rosa’?

Yo no había escrito ninguna novela larga y resulta que de casualidad conocí el club Safari. Caí en cuenta de que hasta esa fecha, 1969, no existía alguna de circulación nacional con el tema homosexual, y las pocas que estaban eran casi clandestinas, pues solo llegaban a librerías de segunda mano. Como el ambiente del Safari era principalmente gay, vi que ahí estaba el tema; por ello empecé a frecuentarlo hasta hacer amistades dentro y obtener materiales suficientes. Acudí alrededor de un año, y cuando el club cerró, o más bien cuando lo clausuraron, me dije: “es tiempo de escribir”.

¿Qué diferencias hay de cuando salió, hace casi 50 años, a la fecha?

Únicamente se cambiaron los nombres de los personajes, pues en la primera los disfracé y ahora salen los reales: el del personaje principal, el mesero Rosendo, al principio fue Carlos, pues al ser él uno de mis informantes más importantes, me rogó que no utilizara su identidad verdadera, pero a 47 años de eso y él ya muerto, ¡qué importa!

La canción “Los hermanos Pinzones”, de doble sentido, regocijaba mucho a los asistentes al club

¿Cómo era la Zona Rosa en aquellos años?

Pretendía ser un lugar cosmopolita: se abrieron restaurantes de cocina europea y sobre todo cafés combinados con librería, todos muy pequeños, que era algo que en esos años no existía; dado que el existencialismo estaba de moda, los dueños de esos sitios decidieron llamarlos “cafés existencialistas” para atraer parroquianos intelectuales. Algunos lo lograron, como el Café Carmel, que era propiedad del poeta Jacobo Glantz. Algunas de los grandes bares que ahora hay ahí ni soñaban con existir, en aquel entonces todos los establecimientos eran tranquilos, era más bien un lugar comercial, pero ya apuntaba a convertirse en un lugar de diversión.

Había muy pocos clubes nocturnos. Lugares de baile con música en vivo; estaban el Jacarandas y el Florencia, pero la gente que iba ahí se comportaba muy propiamente. En general había un ambiente tranquilo, solo roto por la presencia del Safari.

¿Cómo era el club?

La historia del Safari se desarrolla en las postrimerías de la era uruchurtiana; su cierre, aproximadamente en 1966, fue impuesto por aquella moral. El club estaba exactamente en las esquina de Havre y Hamburgo, en un edificio de dos pisos que fue demolido. El ambiente homosexual fuera del él solamente se escenificaba en casas de algunos jotos ricos que hacían fiestas privadas, y nada más: no había bares ni cantinas para los otros. Cuando yo lo conocí ya era el punto de reunión gay, nunca supe cómo llegó a formarse.

El Safari era un lugar de tamaño mediano decorado con motivos africanos: pieles de tigre, panoplias supuestamente de África, lanzas entrecruzadas y, sobre todo, máscaras aborígenes; en el centro había un templete pequeño, ocupado por uno o dos grupos musicales. Recuerdo a uno que se llamaba Los Pao, que amenizaba muy bien el lugar; pero el club no tenía permiso para bailar.

En aquellos tiempos era indispensable, si se quería bailar, contar con un permiso del Departamento del Distrito Federal, sección de espectáculos; si alguna pareja ya animada por la música se levantaba e intentaba hacerlo en los pasillos o entre las mesas, era inmediatamente aplacada por alguno de los meseros o por el capitán, quienes les pedían que no lo hicieran pues podían ser multados. Así eran las reglas de aquel tiempo en los centros nocturnos.

Los Pao tenían en su repertorio canciones picarescas y cada noche, por lo menos una vez, cantaban “Los hermanos Pinzones”, pieza cuya letra de doble sentido regocijaba mucho a los asistentes, lo cual era un gran atrevimiento porque en ningún otro sitio público se oían interpretaciones así. Y eso hacía, entre otras cosas, diferente al Safari de todos los demás centros nocturnos, llamados así porque la denominación “antro” aún estaba circunscrita solo a lugares de ínfima categoría en colonias de rompe y rasga.

¿Cómo eran aquellos tiempos?

Se vivía una era de represión civil impuesta por el regente Ernesto Uruchurtu. La mayor parte de los centros nocturnos y antros tenían que cerrar a la una de la mañana o los multaban, solo los que eran muy caros como El Patio, El Señorial o Los Globos permanecían abiertos hasta las cuatro, con su licencia respectiva, desde luego.

El regente Uruchurtu impuso su puritanismo provinciano a la gran capital. Antes de él todos los centros nocturnos de primera y de todas las clases cerraban cuando muy temprano a las cuatro, y había otros que nunca lo hacían, solo cambiaban sus turnos de meseros y ficheras; en ellos siempre era de noche. Realmente antes de ese señor se vivía una especie de “bella época”, semejante a la parisiense de los años 20, pero aquella le chocaba al payito venido de Sonora, quien convirtió la ciudad cosmopolita, alegre y bulliciosa en un rancho.

Además, la palabra “gay” no estaba en uso, los homosexuales hombres eran señalados como “putos” o “maricones”, “joto” suplía a ambos términos por no ser un vocablo muy fuerte, y a las mujeres ya se les decía lesbianas.

Hábleme de Rosendo, su personaje principal.

Rosendo era un muchacho güero, piel blanca y ojo azul, un ejemplar típico de Los Altos de Jalisco. Cuando lo conocí ya era el segundo de abordo del Safari, tendría él unos 25 años. El administrador del lugar era un hombre de unos 50, al que todos conocían como El Capi Espinoza, quien muy en su papel siempre amable, sonriente, no se alteraba ni cuando le quedaban a deber la cuenta, simplemente incautaba los relojes, tenía un cajón lleno. Ambos hacían migas con los parroquianos, digamos que los distinguían de nombre y vista, sabían cuáles eran los que jamás dejaban el reloj en prenda y a quiénes había que estar cuidando para que no se escaparan. Eran muy amables, con poquito que les trataras de sacar plática ellos se dejaban tratar, por ello los clientes asiduos se consideraban una gran familia. Allí todos se conocían.

Gran parte de eso fue debido a ellos dos, pero sobre todo por algo que sucedía frecuentemente viernes y sábados, que era cuando se seguían la farra en lo que se llamó “el cinturón de vicio”, que eran los linderos del Estado de México, donde las restricciones uruchurtuianas eran inoperantes: por un lado, alrededor del Toreo de Cuatro Caminos se abrieron muchos cabaretuchos adonde emigraban los farreros; otro foco era pasando Indios Verdes, y el tercer lugar era en Ciudad Neza, pero ahí pocos iban, porque su peligrosidad y sus condiciones urbanas dejaban mucho que desear. Cuando el Safari cerraba a la una, mientras El Capi y Rosendo hacían corte de caja, los demás emigraban allá o a fiestas en casas de algunos notables jotos o lesbianas, adonde siempre los invitaban.

Ellos dos conocían vida y milagros de cada uno de los miembros de la familia Safari, por ello un día, ya cerrado el club, pesqué a Rosendo y le dije lo que yo quería: hacer una novela con él como figura central. Aceptó y le hice varias largas entrevistas en las que me contó muchísimas anécdotas de los parroquianos y que acabaron en el libro, todo bajo la condición de que para nada apareciera su nombre. Por ejemplo: en el libro hay una parte donde Rosendo acompaña a un maestro al velorio del nieto de Leonora Carrington. En la primera edición, era el de la pintora Torrington.

El regente Uruchurtu impuso su puritanismo provinciano a la capital de los 60

¿Cómo fue recibida la novela en aquellos años?

¡Me tildaron de autor pornográfico!, cuando el libro de pornografía no tiene nada. Eso porque me atrevía a romper el tabú existente sobre el tema homosexual en la literatura mexicana, casi todas las notas fueron superficiales. Realmente creo que no entendieron la novela, pero así era la época: imperaba en el medio literario nacional la mojigatería, había que escribir con “moderación” y “decoro”, pero eso fue roto por un grupo de jóvenes escritores que se lanzó con sus novelas a quitarle las telarañas a la literatura y todos sabes quiénes son: José Agustín, Parménides García Saldaña, René Avilés Fabila, Gustavo Sainz, en fin.

¿Podemos decir que su libro fue un parteaguas de la literatura gay mexicana?

Antes de Safari en la Zona Rosa el tema gay no era tratado en la literatura, simplemente la homosexualidad era tabú, no se nombraba, y si acaso algún autor lo hacía era para leerse entre líneas. Digamos que mi libro fue pionero en el tema, no detonante. Después de Safari los demás escritores supieron que sí se podía, claro, a condición de ser malmirados por la crítica oficial. Y una de las cumbres de esa literatura es justamente la novela de Luis Zapata, El vampiro de la colonia Roma, que cuando la leí me gustó muchísimo, y creo que algo así solo pudo haber sido escrito por un homosexual. Y la mera verdad, fuera del Vampiro, no he leído algo mejor.

Según supe, hubo un intento de reabrir el Safari con otro nombre en la Roma, pero no resultó. De eso habla la novela de una escritora llamada Gilda (Salinas), cuyo apellido ya olvidé, el libro se llama Las sombras del Safari, pero el texto en cuestión adolece de muchas fallas técnicas y literarias y no tuvo éxito. No sé si se consiga aún y tampoco qué fue de ella.

¿Cómo ve la Zona Rosa después de tantos años?

¡Ahora es un inmenso antro! No la frecuento, pero lo que me cuentan los que van es que es una gran convención de homosexuales, que se celebra los fines de semana, pero que también tiene sus lugares encendidos todos los días. Alguien me dijo que el actor Tito Vasconcelos, quien es abiertamente gay, ¡es dueño de cinco antros! No he visitado alguno porque ya no estoy para eso.

A lo largo de su carrera publicó otras novelas como Plutonio en la sangre y La casa de todos, algunas de ellas narconovelas y de ciencia ficción. ¿Alguna vez le han ofrecido llevar alguna de ellas al cine?

¡No, por fortuna! Los cineastas mexicanos se creen descendientes directos de Godard y Bergman, y cuando adaptan alguna obra literaria lo hacen tan mal que la echan a perder. Sí hay excepciones: Ripstein filmó El lugar sin límites (1978) y le salió muy bien, pero fuera de esa, la mayoría son lamentables. Me alegro mucho de no haber recibido ofertas para llevar mis textos al cine; no obstante, la mayor parte de ellos son muy filmables, y me congratulo de ello, porque no quisiera ver destrozadas mis historias.