David Toscana juega a ser un Dios de carne y hueso

El escritor mexicano reelaboró los textos bíblicos para escribir su novela ‘Evangelia’, pero tuvo que corregir “las incongruencias y contradicciones” del original, advierte en entrevista

Evangelia (Alfaguara 2016) es la más reciente novela de David Toscana, quien ha sido ganador de los premios José María Arguedas, Antonin Artaud, Colima y Fuentes Mares, además de que su obra se ha publicado en 15 idiomas. De alguna manera, en Evangelia juega a ser un Dios de carne y hueso, reinterpreta algunos pasajes bíblicos, agrega el tono humorístico que caracteriza a su narrativa, y nos presenta una Biblia en la que han dejado de ocurrir los milagros.

En esta charla, lo que me interesa es retomar la figura de David Toscana como uno de los narradores mexicanos más importantes en la actualidad, cuya obra ha venido de más a menos desde la publicación de El ejército iluminado.

¿Qué puedes decirnos del conjunto de tu narrativa?

Yo quisiera que hubiera una especie de ADN característico de todas mis novelas para que de alguna manera se distinguieran; sin embargo, no me puedo desprender de mí, trato de cambiar los temas, las geografías (porque ya se me acabó Monterrey), cambiar las épocas y, por supuesto, cambiar los personajes, muchos de los cuales se heredan de una novela a otra, por ejemplo, los ebrios de cantina que aparecen en Historias de Lontananza (1995) vuelven en Los puentes de Königsberg (2009), y ahora aparecen de nuevo en Evangelia.

¿Son parte de una continuidad?

Claro, porque siempre he necesitado un desquiciamiento por parte de los personajes, ya sea en El ejército iluminado (2006), cuyos personajes tienen síndrome de Down, o con los cirqueros en Santa María del circo (1988), que por su misma condición ya no nos parecen gente “normal”; también puede estar Pruneda, que luego de una visita al cementerio se desquicia, y ahora están también los ebrios.

¿Por qué la insistencia con los ebrios?

Porque me parece que siempre que estamos en ese estado lo que hacemos es liberar la imaginación, la palabra, y esto es para mí muy importante: no estar constreñidos a una forma de hablar, de tal manera que Don Quijote de la Mancha es grandioso porque está trastornado; si fuese una persona “normal” sería bastante aburrido.

¿Le apuestas al realismo verbal en cada uno de tus personajes?

No, porque luego ocurren casos como el de Vargas Llosa en su última novela, Cinco esquinas (Alfagura 2016), donde nos muestra algunos fragmentos de un submundo, un periodista, un declamador venido a menos, y esos son personajes que le salen bien. Pero luego tiene otros de la alta sociedad peruana y entonces los hace hablar como si estuvieran haciendo literatura, es decir, ¿por qué voy a ser realista si la alta sociedad peruana no hace literatura cuando habla?, más bien son bastante frívolos, y si como autor no superas esa frivolidad, estos episodios van a ser iguales.

¿Crees que tu obra narrativa ha venido de más a menos?

Hay una opinión dividida. Incluso cuando mis lectores se apuntan a decir cuáles son mis mejores novelas, siempre están en disputa El ejército iluminado y La ciudad que el diablo se llevó (2012). Para mí, por ejemplo, la más entrañable es Duelo por Miguel Pruneda (2002), porque es la que envuelve situaciones personales, y en ese sentido, yo como juez soy incapaz de responderte la pregunta, porque cada obra que escribo es justo la que quiero escribir. Y tengo que confesarte que la única razón por la que la entrego a un editor es porque me gusta mucho.

O sea que no firmas un contrato ni te comprometes a entregar una o dos novelas al año, lo que en la mayoría de los casos demerita la calidad literaria.

Yo no tengo un contrato hasta que termino la novela. Sí me han dicho que me lo adelantan, pero nunca con un afán de exigirme tiempos o temas en específico. Esto normalmente nos pasa a los que no escribimos un género literario determinado. Por ejemplo, los que escriben novela policíaca ya están un poco condenados a seguir escribiendo acerca del mismo tema, y que además el mismo detective sea el protagonista. El día que alguien les diga “ya no escribes novelas policíacas sino de amor”, los lectores van a batallar. Mis lectores son pocos. Yo le he dicho a mi editor que mi único orgullo es estar traducido a 15 lenguas sin nunca haber agotado una primera edición, nunca he tenido ningún éxito.

¿Cómo es que se da lo de la traducción?

Lo que pasa es que siempre he trabajado con editoriales pequeñas. En español no, porque tenemos a este grupo editorial enorme (Alfaguara), pero todas mis editoriales son de un editor que lee algo mío, le gusta y no aspira a grandes ventas. Así es como he estado publicando en puras editoriales independientes fuera de México. Por lo mismo, ni siquiera me considero parte de un mercado editorial.

En 'Evangelia' partimos de una historia que ya está escrita y de una reinterpretación que haces de esa historia. ¿Cómo es este proceso? Veo que hay demasiadas escenas humorísticas, lo cual también es una constante de tu narrativa.

Primero porque soy lector de la Biblia y la leí en una época en que creía en esas cosas; ahora la sigo leyendo, porque la considero un clásico de la literatura, pero leyéndola de una forma u otra siempre me quedan muchas dudas, siempre hay una crítica que hacerle, parece que incluso se le puede hacer una crítica literaria a los temas que aborda, porque hay momentos incongruentes, que se contradicen o bien que se cuentan de manera muy escueta. Por ejemplo, y es un caso que menciono en Evangelia, cuando se abren las aguas y pasan por ahí los judíos, digo, ¡esa tiene que ser una gran aventura!, ¿qué pasaría si la hubiera contado Homero?

O el caso de los Santos inocentes...

Sí, se resuelve todo en una línea. Parece que el cristianismo es tan poco crítico, tan poco imaginativo, que no pide más, simplemente les dicen que hubo una matanza de inocentes y ¿cuántos fueron?, ¿cómo se realizó?, ¡quién sabe! Tenemos algunas obras del Renacimiento que nos pintan a unas madres angustiadas con los niños en brazos, mientras estos soldados de Herodes están matándolos, y uno como novelista se tiene que poner a pensar: ¿cómo es una matanza de niños?, ¿cómo entras a un pueblo y empiezas a matar a todos los niños menores de dos años?, ¿cómo identificas si tienen más o menos de dos años?, ¿cómo vas a esperar que no haya padres que defiendan a sus hijos? En la Biblia hay muchas historias que si las ves como novelista quedan pendientes, pero como evangelista no, porque ellos no te quieren contar la “carnita” del asunto, simplemente te quieren demostrar que vino un hijo de Dios, que te vas a salvar si crees en él y que él murió y resucitó por nosotros.

De esa manera se construye el dogma católico...

Claro, y se construye más fácil si cuentas una mentira sin detalles. Tú bien sabes que la policía por eso hace las recreaciones de un asesinato. Si alguien dice “yo estaba en mi casa”, no es lo mismo a ir repasando cada evento y darte cuenta de las inconsistencias. En los detalles está todo el asunto novelesco. Hablábamos de novelas policiacas, pues imagínate cómo sería si de repente te dicen “se encontró este cadáver”, ¡no!, tú quieres saber si hubo manchas de sangre, todas las hipótesis acerca del cadáver, qué investigó el detective, a quién entrevista...

¿Te tienta escribir una novela policiaca?

No, porque nunca he sido lector de novelas policiacas. A veces digo: si escribiera novelas de tal tipo qué sencilla sería la vida, porque simplemente cambio el asesinato y las circunstancias y no hay que crear un mundo nuevo, personajes nuevos; pero si un día me propusiera escribir ese género seguro encontraría que también tiene dificultades que ahora solo veo de manera superficial.

En tu columna del suplemento Laberinto tocas lecturas de autores europeos, ¿cuál es el panorama que tienes respecto a la literatura latinoamericana actual?

Lo primero que trato de tocar en la columna son novelas clásicas, porque para mí, mi religión es promover la lectura, y me parecería un tanto oscuro promoverla con cierto autor que leí de Hungría o de algún otro lugar.

Pero sí llegas a hacerlo...

Casi siempre recurro a Dostoyevski o a Cervantes, en cada columna quiero mezclar vida con literatura para que no sea únicamente un ejercicio intelectual. Te he de confesar que sí estoy un poco desconectado, sobre todo ahora que me fui a vivir al viejo mundo. Cuando hablo de autores latinoamericanos siempre lo hago de mis preferidos, que además de los ya mencionados son Juan Carlos Onetti y José Donoso, son dos escritores que están un poco olvidados y, sin embargo, para mí son esenciales, más allá de si estoy muy al tanto de las novedades literarias latinoamericanas.

Volvamos a 'Evangelia', parece que tocas temas serios y profundos, pero de alguna manera te encargas de volverlos ligeros. Creo que mucho tiene que ver, insisto, el humor. ¿A quién le aprendes el humor en la literatura?, sé que me vas a contestar que a Cervantes...

¡Claro!

Pero dime otro...

Es que parece que en los autores latinoamericanos que más me gustan, Onetti, Donoso, Rulfo, no hay nada de humor...

¡Y menos con Juan Rulfo!

Pero otro autor, que también es de mis favoritos y al que trato de aprenderle mucho porque entra en profundidades con aparente ligereza, es Chejov. Para mí es el maestro de esta prosa que tú señalas, de apariencia ligera, a él le trato de aprender. Para mí, la forma natural del relato es el humor. No es que diga que todo debería ser así, pero me he dado cuenta que cuando nos pasa una tragedia, cada vez que se recrea se hace de manera humorística. Eso que no tuvo gracia pasa a adquirir humor cuando ya lo ves en perspectiva; además, me interesa mucho la caricatura de los periódicos, porque a través de ella se reflejan los problemas graves, las tragedias, las injusticias con un toque humorístico.

Supongo que delimitar el campo para 'Evangelia' te representó un problema, porque al hablar de la Biblia, si te extiendes, te saldrían 10 tomos...

Al final yo quería escribir un evangelio y me quedó un poco más largo que el de Lucas, que es uno de los más extensos; lo que hice fue tomar los cuatro evangelios, escribirlos a cuatro columnas y mover las historias y los párrafos para que más o menos hubiera una misma historia coherente; también hubo necesidad de sacar los elementos que se contradicen, ya sea de manera temporal o que incluso en las palabras se dicen cosas diferentes, es el caso del evangelio de Juan, que es muy distinto a los otros.

¿Esa fue la base de 'Evangelia'?

A partir de esto saqué un guión que utilicé para ir contando la historia, digamos que para sacar la secuencia, decir ya sé cómo lo voy a contar: comenzar con nacimiento, más o menos como lo cuenta Mateo, que es el de los Reyes Magos, después voy a pasar a los Inocentes, viene después Juan; el evangelio de Lucas comienza con Juan, pero yo lo pongo más adelante y así armo un evangelio coherente a partir de los cuatro. Posteriormente viene el cambio de género literario, meto a más personajes, por ejemplo a José, que después de que nace Jesús no vuelve a aparecer, al Arcángel Gabriel y las cuatro mujeres que elige Manuel para que sean sus discípulas; elegí cuatro porque meter 12 personajes era inútil.

¿Has recibido comentarios de lectores que sean muy religiosos y que de alguna manera piensen que te burlas de las sagradas escrituras?

Algunas personas me han dicho que hice una caricatura de Dios. Pero yo les digo que lean el Antiguo testamento y verán que soy bastante fiel al personaje iracundo que cambia de opinión, es vengativo y mata al pueblo elegido por cualquier nimiedad, al que incluso le puedes hacer un poco de trampa para hacerlo cambiar de parecer. De ese personaje extraigo el mío y creo que se parecen bastante.

Lo haces de carne y hueso...

Sí, porque tengo que escribir como novelista y no como profeta. Yo tengo que seducir al lector y no le puedo decir o me crees o te vas directo al infierno. Carezco de la autoridad que tiene el profeta o que tiene el mismo Dios, ya que como novelista soy nadie, hasta que consiga una relación con el lector.

Podrías decirle al lector o me crees o mejor dejas la novela, la devuelves a la librería...

Es lo que trato de evitar. Por ejemplo, el lector de la Biblia, incluso el no lector, decide creer aun sin leer. ¿Quién me va a creer a mí sin leerme? ¡Nadie!, ahí es donde el trabajo del novelista es muy distinto, yo no me puedo poner a amenazar al lector con todas las pestes de Egipto si no me lee.

¿Por qué lo del cuadro de Caravaggio donde debe ir una fotografía tuya?

Dos cosas: la primera es que nunca he entendido por qué tiene que haber una fotografía del autor en el libro. Incluso es algo que critico en El último lector, donde aparecen los autores poniendo caras sensuales porque los mismos editores dicen que la fotografía vende... tal vez se refieren a los autores guapos; las mujeres también ponen sus fotografías y en ocasiones ponen una de hace 15 o 20 años. Hay una parte comercial en ello, y siempre que puedo evitarlo, lo hago.