REPORTAJE | POR BRUCE SWANSEY

'Brexit' al este de Dublín: "¡No lo puedo creer!"

La salida del Reino Unido de la eurozona representa una complicación comercial, política, financiera y productiva mayúscula para Irlanda, que deberá redefinir hasta su gobierno

—¡Se salieron!

Era la mañana del viernes 24 de junio e Irlanda estaba en vilo, pendiente del resultado del brexit.

—Deben estar contando los votos.

—¡No! Es el resultado final. ¡Se salieron!

—¡No lo puedo creer!

Desde esa mañana el estupor ha dominado. Europa ha vivido una tras otra las oleadas de réplicas sísmicas desatadas por el terremoto del jueves 23, cuando el Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea. Los resultados del referendo han tenido consecuencias negativas para el propio Reino Unido —cuya moneda se ha desplomado por debajo del récord de 2008, cuando se hablaba de una recesión internacional—, y para el resto de Europa porque se teme que la salida motive un efecto dominó, pero de manera especial para Irlanda, cuya historia la liga muy estrechamente a Inglaterra.

Entre 1916 y 1922, con la firma del Tratado Anglo-Irlandés que reconoció la independencia de Irlanda, el gobierno fue provisional y su carácter tentativo continuó a través de una guerra civil entre los que aceptaron ese acuerdo y quienes lo rechazaban. La inestabilidad del gabinete formado hoy por el primer ministro Enda Kenny parece reproducir la fragilidad de aquellos años. Aunque Irlanda ha cambiado, la separación entre el norte y el sur es una asignatura pendiente. A pesar de los esfuerzos por la paz y la reconciliación, las secuelas de ese enfrentamiento siguen latentes y a partir del llamado brexit, el fantasma de la discordia recorre de nuevo el territorio.

El penal fiscal

El desgajamiento del Reino Unido subraya uno de los problemas que enfrenta Europa desde 2008, cuando la deuda de los países menos ricos los convirtió en rehenes de un penal fiscal custodiado por acreedores. La inequidad entre los miembros de la UE ha conducido a graves desilusiones. Un ejemplo es la moneda común que ha desquiciado el precario equilibrio de las economías locales. España es otro ejemplo: de la peseta al euro se abre el abismo de una capacidad adquisitiva que el país no tenía. El consiguiente encarecimiento de la vida ha dejado tras de sí una estela de desahuciados que, como en Grecia, se rebelan contra la austeridad que solo beneficia a los países del norte y de manera especial a Alemania.

—Europa enfrenta una crisis anunciada, debido a su indiferencia por la democracia y por su absoluta falta de cohesión social y de solidaridad —declaró Alexis Tsipras, primer ministro griego.

Las llamadas burbujas inmobiliarias financiadas por una banca al margen de todo control, la crisis financiera que debía resolverse en media década y continúa asfixiando a los deudores, la acumulación de poder en el Banco Central Europeo, el desastre prolongado del programa de austeridad impuesto por el Fondo Monetario Internacional —cuya fórmula ya ha arruinado varios países en otras latitudes—, la designación de funcionarios al margen de toda transparencia, los consiguientes recortes de presupuesto en áreas como salud, educación y transporte, y el empecinamiento al decidir que Europa solo puede salvarse mediante nuevos acotamientos en el gasto público, encareciendo los servicios, son algunas de las contradicciones que amenazan ser irresolubles. Si todo esto no fuera suficiente, se suma un nuevo peligro: el nacionalismo populista que destrozó Europa hace un siglo.

—Hasta ahora, la guerra contra el terrorismo ha sido solo verbal. Ya es tiempo de hacerla real —exige Marine Le Pen.

A diferencia de Francia, donde el Frente Nacional liderado por Le Pen —que aprovecha la tragedia ocurrida en Niza recientemente— exige un referendo parecido al realizado en Inglaterra, y de Holanda, donde el Partido de la Libertad encabezado por Geert Wilders pide algo similar, en Irlanda se tiene conciencia de que a pesar de los problemas de la Unión Europea, permanecer dentro es tan importante como mantener la relación con Estados Unidos para diversificar la dependencia.

Réplicas sísmicas

Según el reciente censo, Irlanda tiene unos 4.75 millones de habitantes, 8.6 por ciento de desempleo, un estado corporativo de bienestar social que disimula la adquisición de votos, corrupción en todos los niveles incluidos los círculos políticos, las instituciones de caridad (el caso de Console, destinada a combatir el alarmante aumento de suicidas, es un escándalo), la Iglesia católica que todavía obstaculiza el avance de la sociedad civil en cuanto al tema del aborto, los cárteles dominantes en el tráfico de droga que extienden sus redes a otros países europeos y, sobre todo, a la llamada “Costa del Crimen” en España, más una forma autoritaria de entender la sociedad, las instituciones y sobre todo los partidos políticos.

—Fascismo sin uniforme —dice Sean—, el colonialismo mezclado con el autoritarismo de la Santa Madre nos ha hecho un país en el que la crítica es vista como la lepra del espíritu. ¡Mira las universidades!

Desde la conmoción de 2008, cuando la bonanza espectacular se transformó en un panorama aciago, Irlanda aceptó cuanto se le impuso para estabilizar la deuda nacional, cuyo pago asciende a 8.25 billones de euros anuales. La medicina ha sido amarga, pero según los comunicados oficiales ha surtido efecto y el país, hasta el brexit, se encontraba en vías de superar la catástrofe. En 2015 las exportaciones aumentaron 34 por ciento, las inversiones alcanzaron 27 por ciento y las importaciones subieron a 22 por ciento, aunque la inflación se calcula en 0.4 por ciento, el costo de la educación ha subido 3.8 por ciento y el de los servicios 6 por ciento, lo cual aumentará los precios, que ya son altos, pero según las cifras oficiales hubo 26 por ciento de crecimiento económico.

—Las estadísticas, ya se sabe, hay que tomarlas con pinzas. Es una forma razonable de contar mentiras —dice Orla, que solo puede comprar lo más necesario en Moore Street, en el mercado que se monta en la calle, donde las marchantas pregonan su mercancía.

En esto Orla coincide con el análisis del Deutsche Bank: como consecuencia del brexit habrá un descenso del crecimiento de 5 por ciento a 2.9 por ciento para el año próximo, lo cual también tendrá repercusiones en la batalla contra el desempleo. Si además se pierde el libre tránsito con Inglaterra, que en los pasados cinco años absorbió 113 mil personas, el desempleo puede ascender cinco puntos.

Como Orla, a quien las buenas nuevas eluden, el economista norteamericano Paul Krugman también cuestiona las estadísticas denominándolas economía leprechaun (los duendes del folclor celta), pero es verdad que Irlanda se ha vuelto un país atractivo para las grandes empresas trasnacionales: Google, Facebook, Apple, Pfizer, Intel, IBM, Microsoft y AerCap son algunas de las compañías que han elegido la isla como nido informático. El problema es que en lugar de los 12.5 billones de dólares que deben pagar en impuestos, solo pagan 4 billones. Una posibilidad de recuperar ese dinero sería adquirir acciones a nombre del gobierno irlandés. Mientras los impuestos son transitorios, las acciones son relativamente estables y podrían constituir parte sustancial de la riqueza nacional futura.

Mientras en Londres George Osborne redujo el impuesto corporativo y París busca ofrecer mejores condiciones, Dublín se mantiene a la expectativa. El pariente pobre, incapaz de proyectar un futuro, no quiere agraviar a los ricos. Un síndrome colonial que viene de los tiempos en que la única posibilidad de sobrevivir era callar y barajar.

Si es necesario reubicar el “cochinito” de las finanzas internacionales, Dublín podría ser una de las posibles ciudades para reubicar la banca que desea seguir teniendo acceso a los 500 millones de consumidores de la UE. Aparte de Malta, es el único sitio donde el inglés es la lengua oficial. Pero distraída por los acontecimientos políticos domésticos y por la carga de la historia que le ha impuesto cautela, desgajada entre su vocación continental y su dependencia de Londres, Dublín aguarda quizá perdiendo oportunidades. Además, según Deutsche Bank, tal esperanza es improbable debido a la escasez de vivienda y escuelas, y a la falta de inversión apropiada en infraestructura.

En la cuerda floja

En las negociaciones que el brexit ha exigido, la posición de Irlanda es frágil y Angela Merkel ha expresado claramente que el país será tratado igual que los demás miembros. Eso significa que a pesar de la cercanía geográfica, cultural, histórica, lingüística y del hecho de que cientos de miles de irlandeses viven en Inglaterra, mientras en Irlanda residen otros tantos súbditos británicos, la especificidad de la relación entre los dos países no será considerada más que la que Inglaterra sostiene con Eslovaquia.

La claridad de Merkel sugiere que las fronteras, el comercio, la migración e incluso el acceso a la ciudadanía serán determinados desde Bruselas, lo cual recuerda la situación que Irlanda enfrentó en 1922. Pero a diferencia del Tratado Anglo-Irlandés, que alentaba el comercio y el tránsito libre entre las dos islas, la UE amenaza con restringirlas.

—Europa siempre nos pareció una especie de El Dorado. Nos permitió disipar la sombra colonial, pero no sé si lo único que hemos logrado es intercambiar una forma de colonización por otra —Fergus habla con una sonrisa teñida de melancolía.

El gobierno presidido por Theresa May no permite albergar demasiadas esperanzas en cuanto a las necesidades de Irlanda, aunque su primera visita haya sido a Edimburgo para subrayar la importancia de mantenerse unidos. El mutis del Reino Unido significa anular el Acuerdo de Belfast, tratado bilateral firmado en 1998, mediante el cual Inglaterra acepta la injerencia de la Comisión Europea de Derechos Humanos. Ya antes del referendo, May manifestó que tal intrusión “ata las manos del Parlamento, no añade nada a nuestra prosperidad, aumenta la inseguridad al impedirnos expulsar del país a los extranjeros a quienes se juzga peligrosos y no contribuye a modificar la actitud de países como Rusia, respecto de los derechos humanos”.

Al respecto es importante recordar que en 2000, Michael Gove, hoy caído en desgracia, publicó un panfleto titulado El precio de la paz. Allí afirmaba que el proceso en Irlanda del Norte significa capitular ante el ERI. Desligarse de la Comisión de Derechos Humanos convoca el fantasma que asoló el norte hasta 1998 y que ha vuelto a recorrer Europa, donde la lucha contra el terrorismo se ha vuelto esencial.

El nuevo gabinete británico conservador no puede desligarse de la ideología ni de los intereses que representa y que son el epicentro de las ondas sísmicas que continúan desestabilizando la política y específicamente la coalición reunida para formar gobierno en Irlanda. Con fuerza creciente se habla de exigir la renuncia del primer ministro, a quien según la última encuesta revela, 57 por ciento del electorado le exige renunciar a más tardar en octubre. La decisión de Enda Kenny de continuar como taoiseach o primer ministro significa que la llamada “nueva política” en la práctica implica falta de consenso. Los diputados o “mensajeros del pueblo” independientes han introducido la estampida en el panorama del rebaño. La apertura fuera de las filas constituidas de partidos institucionales coincide con el brexit. En el futuro inmediato Irlanda tendrá que formar nuevo gobierno.

En el norte de Irlanda el voto favoreció la permanencia dentro de la UE, ya que están en juego 1.3 billones de euros de ayuda que cesaría en 2018. Esto pone sobre el tablero político la cuestión de la frontera entre el norte y el sur de Irlanda como frontera entre la UE y el Reino Unido, lo que podría motivar otro desgajamiento que reunificara Irlanda. Sinn Féin, el partido nacionalista que surge del ERI, presiona para que haya un referendo previsto por el Acuerdo de Belfast para decidir la integración de Irlanda, porque como en Escocia, la mayoría del electorado (56 por ciento) votó a favor de seguir en la UE. En esto no está solo. El 19 de julio, Enda Kenny no descartó la posibilidad de una posible reunificación de Irlanda del norte y del sur que comparó con la de Alemania en 1990. El tema quizá sea, además de una aspiración genuina, una estrategia para permanecer en el poder.

James Brokenshire, nuevo secretario de Estado para Irlanda del Norte, declaró que su propósito es “trabajar para mantener el libre tránsito entre nuestros países. Necesitamos asegurar la unidad de nuestro objetivo para poder negociar satisfactoriamente la salida de la UE”.

Lo cual significa que “las condiciones previstas por el Acuerdo de Belfast para realizar un referendo relativo a la unificación de Irlanda, por el momento no son las adecuadas”.

El brexit ya ha afectado los comercios situados en la frontera entre el norte y el sur de Irlanda. En Navidad de 2015, cuando la esterlina tenía gran poder adquisitivo, el comercio en el sur fue inundado por consumidores del norte en busca de gangas. A partir del brexit la situación ha cambiado: muchos consumidores cruzan la frontera para adquirir bienes que en el norte son más baratos, desde carbón hasta televisores, ropa y alimentos, lo cual es pésima noticia para los comerciantes en el sur.

En cuanto a las exportaciones irlandesas, el brexit significa que han subido 19 por ciento, lo cual amenaza la existencia de muchos negocios y señaladamente el de la agricultura, que ha sido la espina dorsal del país, que por otro lado se encuentra bajo el microscopio de Bruselas, debido a que 40 por ciento del gas metano es producido por las vacas. Además, para procurar pastura se ha deforestado el país. Actualmente solo 11 por ciento de la superficie está poblada por bosques, comparada con 42 por ciento en Europa.

La decisión que el jueves 23 de junio modificó la integración de Europa y amenaza modificar el mapa de Inglaterra, plantea serios problemas para Irlanda, cuyas exportaciones a ese país alcanzan 17 por ciento y en el sector alimenticio aumentan a 40 por ciento.

—Cuando la libra baja nuestras exportaciones bajan. Mire, no gané nada porque el precio que me dieron por el ganado ya lo había gastado en lo que se comieron las reses —el hombre cavila un momento. —Eso sin contar con el precio de los abonos, del grano, del mantenimiento de las instalaciones y los veterinarios…

La baja de la libra hace más accesible los productos que el Reino Unido exporta a Irlanda, pero ejerce una presión considerable sobre la competencia irlandesa, que deberá revisar sus líneas de abastecimiento. Una nueva relación comercial tendrá que negociarse entre los dos países, pero independientemente de cuan estratégica sea, Irlanda podría regresar al programa de austeridad cuando parecía superar la crisis que se ha prolongado desde 2008.

Después de votar por salirse de la Unión Europea, muchos británicos cuestionan su decisión e incluso se habla ya de un voto “suicida”. Como Krakatoa, el legendario tsunami al este de Java, el brexit levanta una cortina colosal al este de Dublín, que amenaza con desplomarse sobre un mundo precariamente sostenido.