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Lunes , 10.12.2018 / 08:36 Hoy

Doisneau o la belleza de la vida cotidiana

La selección de los momentos que captura el fotógrafo francés es incuestionable.

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Mirar la exposición de Robert Doisneau implica viajar de manera inmediata a la Francia de los años 30 (aunque sustancialmente hay algo más que la sociedad y la época) para contemplar aquello que la articulaba: nos sumergimos dentro de las imágenes con la satisfacción de encontrarnos con aquella belleza inagotable que tiene de suyo lo cotidiano.

Robert Doisneau procura captar el instante que está siendo conjurado por miles de escenas con el propósito de significarlas, enfrentándose a la realidad detrás del visor, para fijarla, nunca manipularla. Lo genuino de su expresión es resultado del acceso a lo armónico mediante la unión de contenido y forma.

Recorremos París en tan solo dos salas, conocemos a Picasso, vemos a Henri Héraut con sus hermanos, nos cautiva una pareja en el muelle de la Rapée, tomamos un tren de Juvisy para ir de las costas de Bretaña a la Opera de París con el objetivo de pasearnos entre viejas callejas como el pabellón de Nogent, desembocando en la plazuela de Ivry.

Este fotógrafo aprende a diferenciar aquello que lo rodea deviniendo uno con lo viviente, cumbre que suelen alcanzar a menudo quienes se dedican al arte para evitar sucumbir a los dolores propios de la condición mortal; emprende una búsqueda que tiene como punto de partida el ejercicio contemplativo, de eso cuanto reverbera en el entorno.

A Robert Doisneau lo mueven tanto intereses como gustos por estados donde existe lo superfluo, ciudades mercantiles, provincias, ya sea en su cumbre o en decadencia habitadas desde luego por el hombre, al que trata de envolver con delicadeza. No es coincidencia que en la arquitectura se refleje el alma humana, pues tendemos a inaugurar espacios con el fin de ampliarlos hasta el infinito.

Todo constituye el paisaje, que cobra vida gracias a la frescura de la impresión, es ahí donde yace lo bello: en los espacios lúdicos que se inventan día a día, versando con valores que no pueden comerciarse.

Entre el poema y el poeta se da una complicidad, el espectador forma parte de ella. En su seno hay un instinto que hace tomar conciencia, conmoviendo nuestra capacidad perceptiva. Las imágenes van volviéndose razonables sobre la marcha, al galope adquirimos el ritmo del acontecimiento que ha sido capturado, evitamos sobrecargarnos inútilmente y atestar nuestra memoria, de manera que al juntar goce con sensación no perjudicamos la nitidez de la imagen. Cada foto es un relato que se graba, espontaneidad y urbanismo, un espectáculo incorruptible al tiempo.

Robert Doisneau se limita a escoger el instante en que se involucran múltiples pasiones: las ansias de alegría, la ferocidad, van manifestándose en los sutiles e infinitos detalles, que sorprenden por su novedad pero también por su familiaridad. Empezamos en las costas de Bretaña, gozando del azotar de las olas, para terminar la visita admirando el tierno beso que se da una pareja frente al Ayuntamiento de París.

El logro de este artista resulta singular: la simetría absoluta no ofende al ojo, su arte alcanza un límite en que la técnica lo supera; su selección de los momentos que captura es incuestionable dando como resultado un producto que nos encanta a través de los ojos, siendo lo bello el fulgor de lo verdadero.

Robert Doisneau La Belleza de lo cotidiano se estará exhibiendo en el Palacio de Bellas Artes hasta al 29 de Junio, Av Hidalgo 1, Centro Histórico.

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