Alta escritura

Cuenta ella misma que sus primeras lecturas en la biblioteca paterna —en casa de pueblo olvidado— la llevaron a descubrir a Dante.
Amparo Dávila, Árboles petrificados, Nitro Press, México, 2016, 160 pp.
Amparo Dávila, Árboles petrificados, Nitro Press, México, 2016, 160 pp. (Milenio)

México

Cuenta ella misma que sus primeras lecturas en la biblioteca paterna —en casa de pueblo olvidado— la llevaron a descubrir a Dante. Una Divina Comedia que ilustrada por Doré llegó a horrorizarla. Nacía entonces esa “constante aventura y un ir y venir entre el cielo y el inferno”, periplo que transitó dejando como registro siete libros de relatos (Salmos bajo la lluvia, Meditaciones a la orilla del sueño, Perfil de soledades, Tiempo destrozado, Música concreta, Muerte en el bosque y Árboles petrificados). Con el último, Amparo Dávila (Zacatecas, 1928), recibiría en 1977 el Premio Xavier Villaurrutia.

“Qué importa el tiempo”, dice una voz omnisciente en “La carta”, uno de los doce cuentos de Árboles petrificados. Qué importa “que transcurra si finalmente es tan sólo una línea, una división convencional para ordenar la diaria existencia, situar al pasado o al futuro”. Qué importa (también, digo yo) que hayan tenido que pasar muchos años para que la obra de Amparo Dávila sea ahora reconocida cabalmente, y que la edición conmemorativa de este libro, inscrito originalmente en el desaparecido sello de Joaquín Mortiz, suponga el arribo de nuevas reediciones de la obra de la zacatecana.

Una deuda que bien comienza a saldarse con los textos que acompañan la edición de Nitro Press, a cargo de Jonathan Minila, Alberto Chimal, Karen Chacek, Marianne Toussaint, Bernardo Esquinca y Evodio Escalante, como el rescate de las misivas que entre 1959 y 1965 le escribiera desde París Julio Cortázar a la autora. Cartas, no exentas de señalamientos críticos a la obra para entonces publicada, donde se pondera la conformación de un estilo, un tono; además de la tipificación del género al que habría de ceñirse Amparo Dávila.

“El cuento es monstruosamente exigente —escribe el autor de Rayuela—, y creo que por eso nos fascina a usted y a mí. Nunca tendremos mejor enemigo, amante más implacablemente rebelde (…) Y gracias de nuevo por dedicarme su cuento y por escribir tan bien”.

Lo que constatará el lector en esta nueva entrega de Árboles petrificados, resultado de “esta pasión que nació con mi vida y se irá con ella”, donde mundos imaginados nos abren sus puertas a la sorpresa con una gran sencillez, característica de la alta escritura.

El canon de nuestra literatura merecía una obra como la de Amparo Dávila. Original, misteriosa, imaginativa, oscura, fantástica, inquietante, terrorífica, inexplicable…, su narrativa nos lleva a universos que de tan insólitos nos resultan propios. Quizá por ello nadie que se haya acercado a cualquiera de sus cuentos pueda mantenerse al margen de esos mundos y esos personajes.

Una invención que permanece viva, apuntalada en su estructura casi perfecta, y que como nos recuerda Chacek en esta bella edición conmemorativa, entreteje los mundos exterior e interior. Siendo el resultado un territorio extenso para encontrar las respuestas a las preguntas de siempre —otra de las claridades de la literatura—, incluidas las de mañana.