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Divertimento surrealista

La farsa fulmina la atávica tradición religiosa que dice que nos toca vivir solo lo que Dios permite.

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El nuevo Nuevo testamento es una farsa surrealista. Posee una estructura narrativa armada y bien producida, y el autor logra un divertimento entretenido, una metáfora de nuestros valores culturales, que se sustentan en la tradición judeocristiana en la que el padre de familia es visto como un Dios —tiene facha de holgazán, de bebedor, vive no solo en Bruselas sino en cualquier parte del mundo, ronca, es intolerante, autoritario, ordena y castiga—, la esposa sumisa no replica y solo se dedica a las labores del hogar, mientras la hija, desde niña, debe atender los preceptos paternos y soportar los malos tratos cuando desobedece.

La divina familia vive en el cielo, aislada, supeditada a las órdenes de Dios-Padre, a quien le importa un bledo que su hija tenga poderes telequinéticos y arguye que esas son payasadas; sin embargo Ea, orgullosa, le dice que él no puede hacer las cosas que ella hace, lo que deviene en despiadados cintarazos.

Con ayuda de su único amigo, JC, una estatuilla de Jesucristo, Ea baja al mundo terreno para buscar a seis nuevos apóstoles que le ayudarán a descubrir el nuevo camino que debe seguir la humanidad. Pero antes de irse entra al estudio de Dios-Padre, y desde la computadora manda a la gente un mensaje que les llega por celular: les informa la fecha de cuándo van a morir para dejar de convertirse en un “hasta que Dios quiera” y luego se transporta al mundo por medio de una lavadora del siglo pasado.

El divertimento se hace surrealista pero verosímil para nuestro placer; la farsa fulmina la atávica tradición religiosa que dice que nos toca vivir solo lo que Dios permite y le confiere al ser humano la libertad de manejar su existencia como le dé la gana bajo su propia responsabilidad. Por eso Martina decide enamorarse de un gorila y Jean-Claude intenta suicidarse, sin conseguirlo nunca.

Dios-Padre no se queda con los brazos cruzados: baja a buscar a su hija desobediente ante el asombro de su mujer, pues nunca ha bajado al mundo. Dios, lleno de ira, sigue el mismo camino de Ea por la lavadora.

La película tiene connotaciones tecnológicas muy cotidianas —la ciencia tiende a reducir la fe religiosa—, y no son gratuitas las lavadoras, los celulares y que Dios acepte que creó al hombre porque lo detesta —eso huele a Nietzsche—, y por eso maquina mil y una fechorías desde su oficina en una computadora rodeado de gavetas donde guarda la existencia de cada uno de nosotros.

Aquí todo es factible, hasta el surrealismo a ultranza, porque se hace con talento.

“El nuevo Nuevo testamento” (Bélgica, Francia, Luxemburgo, 2015), dirigida por Jaco van Dormael, con Pili Groyne y Benoit Poelvoorde.

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