La diva fulgurante

El Santo Oficio.
El Santo Oficio.
(Riama film)

Ciudad de México

En un tiempo lejano y oscuro, del cual no quisiera acordarse nunca, el cartujo fue un pecador imperdonable. Víctima frecuente de malos pensamientos y escandalosos deseos, estaba lejos de imaginar el sosiego de una vida dedicada a la meditación y las plegarias.

En aquellos años de locura, en algún cineclub de la época, vio por primera vez La dolce vita. No pudo dormir. Pasó la noche pensando en Anita Ekberg, la musa de esa obra maestra de Federico Fellini, por quien guarda una devoción cercana a la idolatría.

Pensó viajar a Roma para beber las aguas de la Fuente de Trevi y empaparse por dentro y por fuera del espíritu de la Ekberg (muerta el pasado 11 de enero); lo detuvo una causa infranqueable: la falta de dinero. Pero bien lo sabemos, no hay freno para la imaginación. Sus noches se poblaron entonces con escenas de la escultural sueca, quien interpreta a Sylvia, una estrella de cine asediada por los paparazzi (término inventado por Fellini). En una de ellas con el periodista protagonizado por Marcello Matroianni, el viento le arranca el sombrero, su frondosa cabellera rubia se alborota, se revuelve; la cámara se detiene en su rostro mientras a lo lejos el sombrero vuela y Roma aparece como marco incomparable para esa mujer perfecta.

En uno de sus libros, el director de La strada recuerda cuando la descubrió en una revista. “Pensé —dice el genio de Rímini— ‘¡Dios mío, no hagas que me la encuentre nunca!’. Daba esa sensación de maravilla que se siente ante criaturas excepcionales como la jirafa, el elefante o el baobab”. Ella era una reina de belleza, una actriz incipiente intentando triunfar en Hollywood, cuando Fellini la llamó para La dolce vita. Nada volvería a ser igual para Anita y menos aún para quienes desde entonces la guardan entre sus sueños más preciados.

En otra escena, Sylvia baila con el reportero Marcello Rubini (Mastroianni), a quien trae arrastrando la cobija. La orquesta toca una música suave, él la pega a su cuerpo, acaricia su espalda desnuda y le dice al oído: “You are everything: Tú eres la primera mujer del primer día de la Creación; eres la madre, la hermana, la amante, la amiga, el ángel, el diablo, la tierra, la casa. Ah, eso es lo que eres, la casa”.

De pronto alguien grita “Sylvia” una y otra vez, ella voltea y descubre a un viejo amigo, un actor llamado Frankie. Abandona a Marcello, la orquesta cambia de ritmo y Frankie la hace bailar de manera salvaje, con innegable lujuria.

La escena icónica de La dolce vita es cuando Sylvia, después de andar vagando con Marcello, a quien, sin importarle la hora, manda a conseguir leche para un gatito callejero, se mete en la Fuente de Trevi. El agua la baña y, al regresar, él la mira sorprendido. Sylvia lo llama, él duda un momento, luego dice: “¿Y por qué no?”, y la acompaña en uno más de sus caprichos para acentuar la magia de la noche y del deseo.

Queridos cinco lectores, con la música compuesta por Nino Rota para La dolce vita, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.