Qué diablos es la dismorfia

Se lleva a cabo en México una de las primeras investigaciones sobre este severo trastorno, consistente en la insatisfacción obsesiva y patológica con el propio cuerpo.

Ciudad de México

El hilo de sangre que emanaba de su rostro habría salido por debajo de la puerta, habría atravesado la sala, salido a la calle, descendido escaleras, doblado una esquina a la derecha y otra a la izquierda, avanzado, tal vez, entre los andenes del Metro y habría pasado sin ser visto entre el tumulto de vagoneros y oficinistas; habría surgido de las profundidades de la ciudad y emergido de una cloaca hasta aparecer en la zotehuela para anunciar que la abuela había decidió empuñar el cuchillo.

Pero ésta, por más surrealista que parezca, no es la historia de José Arcadio Buendía, ni de otro personaje garcíamarquiano. Ella había determinado saldar cuentas con su “deformidad”. Tenía que ponerle fin a los pliegues que desde hace años habían comenzado a sitiar sus ojos.

Llevaba un registro minucioso. Todos los días, antes de dormir, al despertarse, a la hora de la comida, casi cada dos horas, los contaba, medía y, en un intento por darles batalla, los apretujaba. Nunca cedieron. Temía que un día terminaran por devorarla hasta convertirse en una masa voluptuosa y arrugada de la que todo mundo huyera. La maestría en el bisturí la consiguió en una página de internet llamada Do it Yourself. Y después de unos cuantos tutoriales decidió cercenarse la cara.

Con 60 años de edad y una rajada que comenzaba a un costado de la oreja derecha llegó al Instituto Nacional de Psiquiatría, donde le diagnosticaron Trastorno Dismórfico Corporal (TDC) o dismorfia, un padecimiento que, según datos de la Asociación Americana de Psiquiatría, padecen dos de cada 100 personas en el mundo.

“La paciente consideraba que su rostro parecía el de una mujer de mayor edad. Al final, un cirujano plástico la atendió, pero solo suturó adecuadamente lo que ella hizo mal”, detalla la doctora Cristina Lóyzaga Mendoza, coordinadora de la Clínica de TOC y Trastornos del Espectro del Instituto Nacional de Psiquiatría, y encargada del primer estudio que se realiza en México sobre de este padecimiento.


NADA ES LO QUE PARECE

Distorsión es la palabra que resume este peculiar trastorno. De acuerdo con especialistas, las personas con dismorfia tienen una preocupación excesiva por una parte de su cuerpo que perciben como deforme. Entonces todos los caminos, todos los medios, así sean irracionales, son válidos —según ellos— para modificar su apariencia.

A la lista se pueden sumar cuatro horas diarias en el gimnasio, decenas de cirugías plásticas, trastornos alimenticios como la bulimia o anorexia, o kilos de bótox. Pero si eso no da resultado, lo cual es probable pues cualquier modificación no será suficiente, queda el ostracismo. Hay quienes optan por vivir encerrados con tal no revelar la fealdad de la que se creen poseedores.

“A veces ven su mentón grande, o su nariz excesivamente pronunciada o sus ojos inadecuados y su percepción no necesariamente es correcta. Por más que la gente que los rodea les diga que no hay nada anormal en ellos, simplemente no lo entienden”, detalla el doctor Óscar Galicia, jefe del laboratorio de neurociencias de la Universidad Iberoamericana.

“Estas personas nunca están satisfechas con su imagen. Pueden realizarse un procedimiento quirúrgico, no se trata de uno o dos cirugías, son varias las que se hacen, incluso llegan a deformarse completamente y ni así”, agrega.

Para Silvia menos es más. Menos volumen en su cintura es el equivalente al ideal de belleza y el pase para comerse el mundo. Con cuatro lipoesculturas y una abdominoplastía —procedimiento que en pocas palabras consiste en arrancar el exceso de pared abdominal, cortarla y después unir los trozos restantes para reconstruir hasta el ombligo— ha llegado a reducir su cintura hasta los 45 centímetros. Es decir, su pecho y cabeza han estado unidos a sus caderas por la misma distancia que mide lo de una regla y media, esas que utilizan los niños de primaria.

“Es una friega, porque te puedes hacer la “lipo”, pero a pesar de que hago dietas y ejercicio, subes rápido de peso… ¿Qué me ha dado mi cintura de avispa?, pues de todo, es más, hasta un viaje a Petra. A los hombres les gusta que te veas escultural, uno con el que salí me llevó de viaje gratis a Tierra Santa, por ejemplo”, asegura la chica de 28 años.

Mientras habla de sus intervenciones quirúrgicas se toca constantemente el abdomen, como para comprobar que los jeans ajustados que viste no se han encargado de desbordar un río de tejido adiposo. Desde pequeña, dice, soñaba con ser bailarina de ballet. No quería bailar, anhelaba tener el cuerpo de las bailarinas, tan livianos como las plumas. Comenzó con una cirugía para extraer la grasa de sus cachetes porque era la más barata y menos riesgosa. Le siguió una de nariz. Y cuando entró a trabajar a la cadena de casinos Caliente no solo juntó el dinero, sino también el valor para sus dos implantes mamarios.

“La mayoría de las viejas que están ahí están súper operadas, ellas me contactaron con los médicos que me hicieron las cirugías”, confiesa. Meses después, apenas se recuperó de la cirugía de senos, vino el viacrusis abdominal. Pero la realidad que Silvia ve frente a un espejo no es la misma que ve cualquier otra persona, ni un experto en cirugía plástica.

“Estos pacientes pueden llegar a tener hasta 10 operaciones, pero nunca quedan satisfechos… lo preocupante aparte del número de intervenciones es cómo consiguen el capital. Su obsesión los lleva a sobregirar sus tarjetas de crédito, pedir préstamos bancarios, vender sus bienes o hasta robar a sus familiares”, alerta el doctor en cirugía plástica y reconstructiva, Miguel Ángel Soto. A pesar de que un paciente con este trastorno signifique una mina de oro, dice el especialista, lo más recomendable es remitirlo con un psicólogo o psiquiatra.

“Lo mejor es canalizarlo con un experto que lo pueda ayudar, primero, por simple ética, y segundo porque tampoco conviene operar a alguien así; ellos nunca quedan satisfechos y un cirujano plástico se da a conocer a través de recomendaciones”, refiere.

Sin embargo, la mayoría de estos pacientes acuden con diferentes cirujanos para evitar ser rechazados. El jefe de servicio de higiene mental del Hospital La Raza, el doctor Miguel Ángel Jiménez, advierte que los primeros visos del Trastorno Dismórfico Corporal se presentan desde la adolescencia, pero en la mayoría de los casos se diagnostica hasta la edad adulta, que es cuando quienes lo padecen ya tienen la capacidad económica o autonomía y poder de decisión para cambiar su imagen. Además, señala, con el envejecimiento se acentúa la inconformidad con el cuerpo porque se empiezan a ver los efectos de la salud y de los años. Y en cuanto a género, el TDC no discrimina.

“Todos los estudios internacionales dicen que se presenta con igual frecuencia entre hombres y mujeres, nosotros en el estudio que estamos realizando en México, hemos encontrado que 70 por ciento de nuestros pacientes son hombres”, detalla Lóyzaga Mendoza.

“En la discusión académica no logramos determinar la prevalencia por género, suponemos que culturalmente es más fácil que las mujeres accedan a tratamientos cosméticos, pero en los hombres el trastorno es muy común”.

Podría decirse también que es un enemigo silencioso. La investigación que comenzó en el Instituto Nacional de Psiquiatría hace cuatro años arroja que es más frecuente incluso que la esquizofrenia, pero a diferencia de ésta, las conductas de la dismorfia no son tan notables.

“Más de 50 por ciento de nuestros pacientes llegan aquí por otros problemas, como depresión y ansiedad, pero cuando indagamos y les aplicamos las pruebas nos damos cuenta que lo principal es el trastorno dismórfico”, señala Lóyzaga.


DEL OTRO LADO DE LA FRONTERA

No toda persona vanidosa tiene dismorfia y no toda la preocupación por el físico es normal. ¿Dónde está la línea entre quererse ver bien y una conducta patológica?

“La línea sería lo que afecta a la salud al individuo. Si una mujer tiene tres intervenciones entonces hay que aconsejarle que vaya al psiquiatra, porque si con una operación no queda complacida con su cambio de imagen y sigue viéndose deformada, ahí ya hay un problema psiquiátrico”, indica el especialista de La Raza.

Para Cristina Lóyzaga la frontera es ambigua. “Por ignorancia se confunde la vanidad con esta enfermedad, y son cosas diferentes. La vanidad tienen que ver con cuestiones de autoestima, la diferencia está en la frecuencia y la intensidad de la conducta y las disfuncionalidad, hay pacientes que dejan de ir a trabajar o se enclaustran en sus casas y ni siquiera salen para ir al súper o a comer”.


EL MAL GRIEGO

Todos lo conocían, era el hombre más feo que había ido al asedio de Troya. Cojo, de hombros encorvados y contraídos sobre el pecho, la cabeza puntiaguda y cubierta con una cabellera rala, así era Tersites, un personaje indómito que Homero maquiló en la obra cumbre de la mitología griega, Ilíada. Ese a quien finalmente Aquiles, el del tendón, terminó asesinando por burlarse de él.

El aspecto nada agraciado de Tersites sirvió años después, en la década de los sesenta, para declarar el Complejo de Tersites a aquellas personas que sufrían un defecto físico, el cual, ante la los parámetros de belleza que marca la sociedad, terminaba por convertirse en una experiencia traumática.

Fue en 1987 cuando la Asociación Psiquiátrica Americana lo reconoció como trastorno psiquiátrico en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, algo así como la biblia de la psiquiatría en el mundo. Y aunque ya han pasado más de 50 años desde lo que se considera la primera aproximación al Trastorno de Dismorfia Corporal, son pocos los estudios que se han realizado al respecto. Menos lo son los centros de apoyo, las estadísticas o censos que permitan tener datos sobre la población que se ve afectada por el mal de Tersites.

En México, la Encuesta Nacional de Salud del 2012, que es la más reciente, no contempla el TDC como tal. “Un gran número de casos de este padecimiento está enmascarado en los trastornos alimenticios, que son la bulimia y la anorexia, pero esas enfermedades son solo una de las acciones producto de la dismorfia, hay un hueco enorme en cuanto al diagnóstico”, enfatiza el psiquiatra Miguel Ángel Jiménez.

En el Instituto Nacional de Psiquiatría se realiza la primera investigación formal de este trastorno con 100 pacientes, pero aún no se ha determinado específicamente qué lo origina. “Sabemos que están involucrados aspectos genéticos, áreas del cerebro; aspectos de crianza, por ejemplo, aquellas familias perfeccionistas en las que se le da un peso bien importante a la imagen; y por supuesto, el bombardeo de los medios de comunicación con una imagen corporal única, que genera un choque entre la imagen real de la persona y la ideal”, dice Lóyzaga, quien encabeza el estudio.

Estudios internacionales dictan que el tratamiento va desde la terapia cognitivo conductual hasta su combinación con fármacos conocidos como “inhibidores de la recaptación de serotonina”, medicamentos suministrados como antidepresivo a personas que padecen de ansiedad y trastornos de la personalidad.

Tal como el misterio que nunca se aclaró en Macondo tan pronto José Arcadio cerró la puerta de su dormitorio para dar pie al estampido de un pistoletazo, así de ambiguo resulta, por lo menos hasta ahora, desenmarañar qué hay detrás del tipo con dismorfia que escudriña frente al espejo.


RECUADROS

CARACTERÍSTICAS DE LOS AFECTADOS

Camuflaje: Ocultan con maquillaje, pelucas, gorras y ropa el área del cuerpo que consideran anormal, o suelen operársela en más de una ocasión.

Evitación: Evitan exhibir el área que les avergüenza; dejan de asistir a balnearios y, en casos extremos, se alejan del mundo exterior.

Relación con los espejos: Los evitan o se ven de forma excesiva en espejos o en superficies reflejantes, como aparadores de los centros comerciales o hasta cucharas.

No intiman: Tienen familia nuclear (papá, mamá, hermanos), pero no pareja. El 60 por ciento de los pacientes no tiene relaciones sexuales por miedo a que juzguen su físico.


Fuente: Instituto Nacional de Psiquiatría.



ADICTOS A LAS CIRUGÍAS

Donatella Versace: Botox, liftings y múltiples cirugías de nariz han deformado el rostro de la famosa diseñadora de modas italiana.

Michael Jackson: Además del proceso al que se sometió para aclarar su tono de piel, al Rey del pop también se le señala por más de 10 cirugías que se realizó en la nariz.

Uma Thurman: Padece dismorfia desde la infancia. La musa de Tarantino vive con la obsesión de su estatura, pues mide 1.83 metros.

Sarah Michelle Gellar: La actriz admitió hace tres años padecer TDC. Evita a toda costa mirarse al espejo.