Diego y Frida, en voz de Raquel Tibol

La crítica de arte Raquel Tibol falleció el 22 de febrero pasado, a los 91 años. Con ella se va una parte de la memoria viva del arte mexicano.
“Antes de hablarle de mí le voy a hablar de mi mujer: Frida Kahlo”. Allí me dijo: “Véngase a México a hacer el Congreso Nacional de Cultura”
“Antes de hablarle de mí le voy a hablar de mi mujer: Frida Kahlo”. Allí me dijo: “Véngase a México a hacer el Congreso Nacional de Cultura” (Especial)

Ciudad de México

A manera de homenaje, reproducimos esta conversación con ella, realizada en el verano de 2004. Tibol habló sobre su primer viaje a México, a petición de Diego Rivera; sobre los amantes de ambos artistas, las calacas de la Casa Azul, sobre María Félix, Lupe Marín, el general Cárdenas e incluso de cuando tuvo que raptar a su propia hija. También relata, con ese don tan suyo, la muerte y cremación de Frida en 1954.

"Las tristezas no se borran con una encamada, pero a veces el entretenimiento de una relación sexual hace más llevadero el sufrimiento profundo, sobre todo para un temperamento humano y sensual como el de Frida, para quien el piel a piel contaba mucho, demasiado", reflexiona la crítica de arte Raquel Tibol, de 80 años de edad, desde una vivaz mirada inusualmente moderna para su generación. Toda una institución en el arte mexicano, la autora de Ser y ver. Mujeres en las artes visuales y de Nuevo realismo y posvanguardia en las Américas, entre unos 40 títulos, rememora, a propósito de la tercera edición de Escrituras de Frida Kahlo (Plaza y Janés), no solo su vida con Frida y Diego Rivera, sino toda una época.

LA SALVAJE RAQUEL, SEGÚN FRIDA

Yo conocí a Diego Rivera en Santiago, en 1953, donde participó en el Congreso Continental de la Cultura presidido por Pablo Neruda. Lo entrevisté para La Prensa de Buenos Aires pero me advirtió: "Antes de hablarle de mí le voy a hablar de mi mujer: Frida Kahlo". Allí me dijo: "Véngase a México a hacer el Congreso Nacional de Cultura". Y del aeropuerto, el 25 de mayo de 1953, me fui a vivir a la casa de Coyoacán, que entonces nadie llamaba la Casa Azul. También estaban el estudio de San Ángel y la casa chica de Ema Hurtado, con quien Diego tenía relación desde 1946. Su segunda ex esposa, Lupe Marín, también seguía enlazada: le cosía las camisas, le exigía dinero... Además estaban Frida y las novias. Para mí fue entrar en una tribu, porque nadie rompía los lazos ahí.

Tenía 29 años y una hija, pero mi sorpresa ante ese mundo de drogas y alcoholes y figuras como éstas, hacía que Frida le dijera a Diego "Raquel es una salvaje". Yo estaba al margen de enredos y ellos venían de regreso. A Frida ya la esperaba la amputación, ya había visto la puerta de salida de la muerte, como expresó ella. Era una Frida tremendamente angustiada. A los 51 años sigo conociendo a Frida. Es un personaje demasiado multifacético. Cuando hice un comentario analítico al conocido libro de Hayden Herrera —Frida. Una biografía de Frida Kahlo— le puse "La biógrafa que se espanta al ver la vida abierta" por el cuadro de Frida de una naturaleza muerta con una muñequita mirando una papaya como un sexo. Es La novia que se espanta al ver la vida abierta. El libro tiene muchos valores pero Herrera tiene una moral burguesa y encorseta a Frida.

—Un acierto de Escrituras de Frida Kahlo es presentarlo fuera de un marco interpretativo.

—Ninguno de los libros sobre Frida se compara a su propia escritura. El prólogo de Antonio Alatorre aproxima sin enviciar su figura. Ella no presume de artista: "No me creo la gran caca". Respetaba demasiado su quehacer como para mostrarlo como un plumero.

Mi salida de Coyoacán se debió a una incitación de Frida, no respondida por mí, cuando drogada profundamente está postrada todo el día bajo un foco, como los que se usan para calentar carnitas, para que circule la sangre bajo su pie gangrenado. Mi rechazo provocó en ella ira. "Maestro, yo tengo que salir de esta casa", dije a Diego.

Empezamos a hacer visitas para el Congreso. Nicolás Bassols dijo: "Diego, no se haga ilusiones, no va a poder hacer el Congreso". Después vi lo tremendamente agresivo que era el macarthismo en México. Diego navegaba con banderas desplegadas. Se le podrán poner peros a Diego, que si era estalinista, que si era trotskista, pero su antiimperialismo...

Tenía la idea de regresar a Chile por la hija de mi primer matrimonio. En 1954, mi hermano ya no podía cuidarla, así que la rapté y me la traje a México. Antes me despedí para no regresar, pero no aguanté Argentina. Tenía muchísimos amigos en la cárcel, había represiones contra las izquierdas y los peronistas. En estas 253 cartas aparece una sola referencia lésbica, en 1933, cuando Frida dice a Clifford Wright que Georgia O'Keeffe ha estado en el hospital y "no me hará el amor". Frida se llamaba Mara cuando tenía ciertos amores, como el encuentro lésbico-gay con Carlos Pellicer. Diego decía "Yo soy lesbiano". También le gustaba decir "El amor ya no se usa".

LA TENEBRA DIEGO-TROTSKY

—En una carta de 1939 —yo le llamo "Carta informe" porque están divorciados y él le ha dejado una carta-poder para que ella pueda mover todo el estudio de San Ángel—, ella le dice: "Te voy a hablar de mí". Le han dado la espalda las gentes, la desprecian porque no está con él. Hay una carta fenomenal a los Wolfe cuando Diego y ella se vuelven a casar el 8 de diciembre de 1940. Todo el tiempo está jugando, pero esa carta, con toda la experiencia que tengo sobre la figura de Frida, me conmovió sobremanera porque Diego, que está implicado en el asunto Trotsky, le presta la camioneta a Siqueiros: tenebra que todavía no podemos contar puntualmente.

Él no quiere implicar a Frida, se quiere largar a Estados Unidos. Estaba pintando en México a Paulette Goddard, y ella necesita conseguir visa. Él se divorcia de Frida y ella y su hermana Cristina, junto con el amante del momento de Frida, van a parar a la cárcel. Ella le reclama que le tuviera más confianza a Paulette Goddard. Eso la ofendió brutalmente. ¡Fue como si me hubieran ofendido a mí! Ahí estaba yo con las lágrimas chorreando. Yo no podría traicionar a esas figuras, tal mundo me entregaron. Diego es inasible y Frida es reconstruible.

De Diego, me queda oscuro que él comienza a simpatizar con la oposición de izquierda en 1927, luego se mete al trotskismo y en 1930 lo expulsan del partido. ¿En qué momento regresa al estalinismo? Porque él, que era muy cínico en ciertos momentos, me había repetido una frase que dijo en unos libros editados en Argentina por dos trotskistas: "Yo invité a Trotsky a México para que aquí se le ajusticiara". Y después, cuando mataron a Beria, tenía una caja de vodka que le mandó la embajada polaca: "Raquelito, abra una botella porque vamos a brindar por el regreso de los trotskistas al poder soviético".

—¿Por qué no le dieron a Frida la beca Guggenheim, avalada como estaba por André Breton, Carlos Chávez y otros?

—Porque ya había sucedido la bronca de Diego en el Centro Rockefeller. Y ella la necesitaba como agua, porque Diego sufría de conjuntivitis graves que podían cegarlo y pasaba temporadas en el hospital.

—¿Qué momentos luminosos recuerda de Frida?

—Cuando le cantaba canciones de contenido poético. Le gustaba mucho "Se equivocó la paloma", del poema de Rafael Alberti. Una vez que la canté me dice "Canta esta canción y ponme la letra en el diario". Por años estuvo esa página hasta que la arrancaron. Después aparecen otras páginas falsificadas en el diario. Estuve viviendo con ellos de mayo a noviembre de 1953. Diego estaba terminando el Teatro de los Insurgentes.

CÁRDENAS Y LAS PIERNAS DE LA JOVEN RAQUEL

Había mucha curiosidad: "Bueno, quién es esta chava que se trajo Diego". Al general Cárdenas lo conocía por Diego, y Cárdenas me invitó a su casa y me mandó su chofer. Quería saber mi posición frente al peronismo porque Lupe Rivera, que siempre ha sido muy especial, muy demente, había ido, casi con lágrimas en los ojos, a decirle a Diego:

"Raquel es una espía peronista". Cárdenas me preguntaba sobre peronismo, pero no se me olvida que me miraba las piernas, pues yo tenía buena pierna. Era, y sigo siendo, antiperonista. Perón y Evita fueron pro nazis. Cuando Evita fue a visitar al Papa y a Franco, se fueron a depositar a Suiza el oro robado por Hitler a los judíos.

—¿Le impresionó la personalidad Cárdenas?

—No, y eso que fui de las fundadoras del Movimiento de Liberación Nacional. Estuve en las mesas de redacción de los documentos. Tampoco su hijo Cuauhtémoc. Yo fui acumulando a Frida. Venía de Sudamérica, donde no se usan calacas, y su casa estaba llena de ellas. Eso todavía lo sigo respirando, el perfume tal cual estuvo en ese momento. Podría colocar ciertas cosas en su lugar: las dos camas, la mía y la de Frida, con los palanquines. Y cuando le inyecté el Demerol. Quién sabe si Frida se había inyectado sola, tenía costras de aquí hasta acá, un costrón de este ancho y grueso que me puso al borde del desmayo. Ella decía: "Toca, toca, donde encuentres blando pica". Yo piqué pero ella entró en un estado de somnolencia comatosa. Salí a respirar el aire nocturno, entonces pasa el velador y me dice: "Señorita Raquelito, ¿no tiene miedo de que se le aparezca el fantasma del señor Trotsky?". Según la conseja, el fantasma de Trotsky se paseaba por esa casa de Londres y Allende. Solo recuerdo que, a la mañana siguiente, Diego, que había dormido en el estudio, llegó y la encontró en ese estado.

Había una mesita que se ponía delante de la cocina; íbamos a comer cuando Diego, escurriéndole las lágrimas, me dijo: "Si pudiera, la mataría". Era piedad, realmente era un amor grande.

—¿Hasta dónde domina el dolor la expresión artística de Frida?

—No en la pintura. Frida tiene una etapa digamos naif que es cuando está en la preparatoria. Entre esos cuadritos que guardó Miguel N. Lira hay uno revelador de su etapa estridentista: el retrato de Lira. Ya asoma una pintora con un ingenio insólito en el medio mexicano. No es imitación de pintura europea, es pintura a la mexicana con una nueva música. Después se asoma a la pintura riveriana y, llegando de Estados Unidos, florece la Frida verdadera, estalla la gran pintora, con el cuadro del aborto: La cama voladora o Henry Ford Hospital. Están el retrato voluntariamente ingenuo del doctor Eloesser, La vitrina, y el notable retrato Mi vestido cuelga ahí de 1933, uno de los grandes cuadros alegórico-sociales de la pintura mexicana, con un uso finísimo del collage.

Volví una vez a Coyoacán, cuando salió el artículo. Ya Frida estaba amputada y yo la llamé. Me dijo: "Ven, te quiero ver", y pasé un día con ella y entonces me contó que las hermanas se habían enojado porque ella dijo que la madre ahogaba a los ratones en una barrica de agua. ¡Ay, la Frida que encontré! Era el espectro de la que había conocido cuando ya le habían anunciado la amputación de la pierna y estaba en ese estado de exaltación depresiva. Ya amputada estaba color cenizo, triste hasta la tristeza extrema.

Una cosa que la tengo como si ahora la estuviera viviendo es el crematorio de Frida. Ahí estaba Diego con el general Cárdenas, que se quedó las dos horas y media que tardó el cuerpo en convertirse en cenizas. Frida me pidió una vez un cuchillo de estos de mentada, y empezó a raspar una pintura que no le gustaba. Era Frida y su cabeza dentro de un girasol; con el cuchillo la empezó a raspar, produciendo ese ruido muy especial de la pintura seca. En el crematorio, casi todo el tiempo estuve junto a Diego y el general Cárdenas. Cuando salimos, caminé con Siqueiros y su esposa Angélica, y dijo David:

"Cuando metieron el cadáver su cabello se levantó como si fuera un girasol". Después la vi ya muerta, porque en la plancha que entra al crematorio entra de cuerpo entero. Cuando veníamos con Diego de Sudamérica, en 1953, en unos aviones lecheros, éste bajó en el aeropuerto de Guatemala. Ahí compró collares de hilo de plata enredado. Cuando la van a cremar, Frida trae este collar. Cuando sacan el cadáver, hecho casi polvo, todavía tiene la forma del cuerpo y las partes metálicas están derretidas. La habían adornado muy bella, pero no olvido una placa de metal, mezcla de oro y plata ahí, en el pecho. Luego recogieron todo con una pala de madera, metiendo las cenizas en la olla prehispánica. Diego estuvo abrazado a esa olla todo el tiempo...

(Versión resumida del texto "Escrituras de Frida Kahlo", publicado en MILENIO Semanal en julio de 2004).