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Domingo , 16.12.2018 / 14:26 Hoy

Dictadores del norte

La guarida del viento


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Un periodista me pregunta si La fiesta del Chivo (2000) fue la última novela en torno a un dictador. Me cita otros libros como Yo el Supremo, El señor Presidente y El otoño del patriarca. En todas ellas, como en la obra de Vargas Llosa, el dictador aparece representado como un protagonista. No ocurre lo mismo con libros valiosos y posteriores como Patria o muerte de Alberto Barrera Tyszka o La vida doble de Arturo Fontaine, donde se reproduce más bien la vida de personajes asociados a las dictaduras. ¿Pinochet y Chávez han pasado a la inmortalidad como personajes literarios en alguna gran novela? Fidel Castro le debe su fama en las letras a un libro testimonial magnífico, Persona non grata. En cuanto a Maduro, es difícil pensar que ocupe una gran novela próxima.

Ello se debe a que los dictadores han dejado de fascinar a los escritores. Los pocos dictadores de hoy no ejercen el magnetismo o el poder de los de antes. El retroceso del machismo, una nueva conciencia cívica y la globalización, han impedido la aparición de protagonistas que se proclamen caudillos, como lo hicieron Trujillo o Francia. Pasaron los tiempos en lo que el ensayista venezolano Laureano Valenilla Lanz escribiera en El cesarismo democrático (1919) que la dictadura era la forma de gobierno que se adecuaba naturalmente a la sociedad latinoamericana. Sanz fue ministro y apologista del dictador Juan Vicente Gómez, que caminaba descalzo por Palacio de Gobierno y firmaba con un garabato las leyes que promulgaba.

¿Pero las figuras de los dictadores realmente han muerto? Conversando con el periodista, le dije que algún escritor norteamericano debía escribir la novela sobre Trump, que es lo más parecido a un dictador que ha producido nuestro continente en los últimos años. Estados Unidos no es una dictadura pero Trump es un dictador. Su narcisismo, su odio a la prensa, sus limitaciones, son los ingredientes de cualquier dictador de una república latinoamericana tradicional. Un episodio de esa novela podría ser la primera reunión del gabinete el pasado junio, en la que todos agradecieron a Dios el privilegio de trabajar con el presidente. Otro es la defensa implícita a los grupos supremacistas que acaba de proclamar. Gracias a algunas instituciones americanas como el poder judicial y el periodismo, Estados Unidos no es una dictadura, pero los novelistas americanos ya pueden pensar en sus primeras novelas sobre el dictador. También les llegó la hora.

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