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Días feriados: ¿Y qué pasa si el libro me aburrió?

En un mundo perfecto, las novelas serían siempre tan agradables como sus autores, pero en la realidad suele ocurrir que algunos te simpatizan tanto que mejor ni los lees.

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En resumidas cuentas, escribo por hacer lo que me gusta. Aunque igual es verdad que en esta profesión toca de pronto hacer lo que a uno no le gusta, como ir a poner su cara de palo en la presentación de un texto que no logra entusiasmarle. En un mundo perfecto, las novelas serían siempre tan agradables como sus autores, pero en la realidad suele ocurrir que algunos te simpatizan tanto que mejor ni los lees. Hasta que un día te invitan a presentarlos y no encuentras el modo de negarte. ¿Quién te dice, además, que no está bueno el libro?

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Una vez que aceptaste presentarlo, te llega el mamotreto precedido de una dedicatoria conmovedora. Si pensabas poner algún pretexto, tanta amabilidad te ha desarmado. Comienzas la lectura con el deseo vibrante de que el libro sea bueno, pero igual te proteges anotando las líneas más citables, ya que el mayor terror de los presentadores consiste en hacer mutis a mitad de la charla. No saber qué decir, trastabillar, caer, salir del agujero con la ayuda de un par de lugares comunes que de aquí en adelante recordarás con pesar y sonrojo recurrentes. ¿Es que nada mejor se te pudo ocurrir para salir del paso? ¿Cómo evitar decir que un libro está muy bueno sin que se note mucho lo malito que es?

Se han dado casos de presentadores tan infumablemente honestos que pasado el evento el autor les retira la palabra. No es para menos, pues, aunque tampoco es cómodo escuchar esas salvas de guayabazos que remiten a algún cenáculo de quiosco. Y si pasa que el libro salió bueno y lo presenta uno con todo su entusiasmo, falta encontrar el modo de sonar tan genuino que el público se olvide de lo obvio: el autor es tu amigo, se espera que hables bien de su novela.

Una muestra de la modestia pueblerina a la que recurrimos siempre que algún elogio nos abruma, consiste en afirmar que el comentario ha sido "generoso". ¿Y desde cuándo la generosidad es virtud de importancia en los lectores? ¿Le quedo debiendo algo a quien fue "generoso" con mi trabajo? ¿Cómo va a compensarme quien "generosamente" me recomendó la lectura de un bodrio inenarrable? ¿Y al público no le debemos nada, tras soplarse nuestras zalamerías y en un descuido ir a comprar el libro?

Como lector, autor, presentador y público, abomino de cierta generosidad, mejor emparentada con la diplomacia que con el gusto cómplice de leer y escribir. No es de amigos soltarse las verdades, pero tampoco intercambiar mentiras. Entre esos dos extremos, queda la sana opción de pasarla tan bien como te sea posible. Los presentes, al fin, qué culpa tienen.

Casi todas las misas de tres padres contienen algún cierto porcentaje de plomo. No suelo organizarlas, pero tampoco evito participar en ellas. Me gustaría pensar que cantaremos gospel, en vez de dar sermones en latín y hacer de la velada penitencia. Un lector generoso lo es exclusivamente consigo mismo. Nada le cuesta parar de sufrir y abandonar la sala o la lectura. Prefiero, para el caso, que sean mezquinos, díscolos y hedonistas, y aun así se queden. Por puro gusto, no faltaba más.



RSE

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