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Días feriados: La feria de los nombres

He hecho, en estos años, varios buenos amigos cuyo nombre a la fecha sigo sin ubicar, de modo que entre menos los recuerdo más amable me porto.

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Cuentan que el tiempo tiene alas cuando la pasa uno bien. Quisieras registrarlo y recordarlo todo, pero he aquí que el olvido va volando al parejo. Luego de hacer un cálculo a ojo de pájaro, encuentro que he pasado unas ochenta noches en la FIL. Poca cosa, quizá, si se compara con la memoria de ciertos pioneros, cuya experiencia pasa de las doscientas. ¿Será que ellos recuerdan esos cientos de rostros que van y vienen a toda hora y sin cesar lo ponen a uno en aprietos? “¿Te acuerdas de mí?”, dicen, y uno solo sonríe, con la cara de bobo que espera le merezca una disculpa.

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El colmo son los nombres. Si acaso los recuerdas, ello suele ocurrir demasiado tarde, cuando ya la persona se ha dado media vuelta y una vez más pasaste la vergüenza de presentarla a otra sin decirle de paso cómo se llama. Mejor eso, no obstante, que equivocarte y cambiarle de nombre, tras lo cual pasarás horas o días de remordimiento. “¿Cómo fui a ser tan bestia?”, te repites y temes que tu equivocación carezca de remedio. Hay quienes nunca olvidan esas pifias y no faltan los que un día se las cobran (más todavía si les colgaste el nombre de alguien a quien detestan).

He hecho, en estos años, varios buenos amigos cuyo nombre a la fecha sigo sin ubicar, de modo que entre menos los recuerdo más amable me porto, no sea que se me sientan. Es tarde, por supuesto, para preguntarlo, aunque a veces ocurre que alguien se les acerca y los nombra. Pruebo entonces un alivio tan grande que en cosa de segundos ya lo volví a olvidar, por eso me despido con un abrazo doblemente fuerte y me voy insultándome en secreto.

“¿Me recuerda su nombre?”, piden los vendedores, que de por sí no suelen olvidar al cliente. Si es verdad que no existe sonido más querido y melodioso que el del propio apelativo, hay que ver lo groseros que pueden resultar estos olvidos. Pero son tantos rostros, nombres, apellidos y anécdotas los que le bailan a uno en la cabeza que termina metiendo la pata inclusive en los más elementales. Porque al cabo no solo está la FIL, sino el resto de ferias y eventos aquí, allá y acullá, por donde es natural que pulule la misma población flotante. Siempre que no recuerdo el nombre ni la cara, intento hacer memoria a partir del lugar donde nos conocimos. Total, si me equivoco es menos grave que rebautizarlos. Y me equivoco siempre, pero espero que aprecien el esfuerzo.

No es poca la importancia de los nombres en la cabeza de un novelista. Tiendo a pasar semanas buscando el adecuado –aquel que los lectores ojalá nunca olviden– pero ocurre después, ya escrita la novela, que los confundo a media presentación. Me lo dice más tarde mi mujer y yo me hago el occiso, porque esa vez al menos a nadie ofendí. No pierdo la esperanza de que algunos de mis buenos amigos cuyo nombre me angustia no saber, lean estas palabras y muy discretamente me lo recuerden. Prometo, por lo pronto, no volver a olvidarlo.


ASS

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