Las cartas perdidas del padre de Ana Frank

Después de 35 años del fallecimiento de Otto Frank, el Museo Judío de Sidney expone por primera vez las misivas que intercambió con Anne Finlayson, devota lectora del célebre diario de su hija.

Bruselas

“Estimado señor Frank, quizá se pregunte por qué una total desconocida le escribe. La razón por la que hago este intento es para expresar mi más sincero y profundo aprecio al diario de su hija Ana (Anne, como originalmente se escribía su nombre), el cual considero una de mis posesiones más valiosas”, escribió una joven y elegante australiana de piel blanca y cuello largo llamada Anne Finlayson en marzo de 1956.

Por meses, la chica de entonces 19 años, no recibió respuesta a esas líneas que buscaban de alguna manera confortar a un total desconocido por el cual sintió el afecto que se otorga a un padre. Luego de más de un año, en junio de 1957, llegó a casa de los Finlayson un sobre despachado desde Ámsterdam, Holanda, del cual Anne era la destinataria.

En su respuesta, Otto Frank, nada menos que el padre de Ana Frank, la niña que escribió el que se convertiría en el diario más famoso de un judío perseguido por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, se disculpaba por la tardanza de su réplica.

Mucha gente le escribía, pero ella lo conmovía por llamarse igual que su hija

“Mi respuesta a su muy amable carta del 15 de marzo llega muy tarde, estoy seguro que me perdonará y comprenderá lo ocupado que me encuentro —se justificó Otto en su misiva—. Usted me escribió en maravillosos términos y me sorprendió muchísimo con esa edición especial de La familia del hombre (libro dedicado a una famosa exposición fotográfica que tuvo lugar en 1955 en Nueva York y que ofrecía una visión del ser humano alrededor del mundo, el cual parece que la chica incluyó en su correspondencia)”.

En ese momento, Anne Finlayson no pudo creer que el mismo padre de su admirada Ana Frank le había dedicado algunas palabras. Si bien la australiana no era la primera ni la única persona a la que Otto enviaba respuestas —muchos y fervientes lectores del famoso diario de su hija redactaron notas expresándole el gran aprecio que le tenían—, sería con Finlayson con quien desarrollaría una relación más afín gracias al nombre que ambas compartían.

Como se sabe, dos años después de la invasión alemana a Holanda en 1940, Ana Frank comenzó a escribir sus memorias en un cuaderno de pastas rojas que su padre le obsequió. En él, la chica nacida en Fráncfort relata a Kitty —en alusión a una compañera de nombre Kathe Zgyedie— la vida cotidiana de su familia, su barrio y su escuela; los cambios paulatinos en la vida diaria de su comunidad tras la ocupación nazi, de cómo los judíos como ella tenían que portar obligatoriamente una estrella amarilla para identificarlos o de la prohibición sobre el uso del transporte público.

Tras su captura y la de su familia en 1944, incluidas su madre Edith Hollander y su hermana Margot, Ana continuó describiendo el día a día de ese duro periodo, primero en el campo de concentración de Auschwitz y luego en el de Bergen-Belsen, donde moriría a principios de 1945 a la edad de 15 años, con la esperanza de que sus memorias fueran publicadas.

Otto, como también se sabe, sobrevivió, y tras ser liberado de Auschwitz regresó a Ámsterdam. Ahí conoció la noticia de la muerte de toda su familia, incluida su esposa y sus dos hijas, y la existencia del diario de Ana. Luego de varios intentos, en 1947 el escrito fue publicado en Holanda bajo el título Las habitaciones de atrás, texto que en 1950 sería reeditado y traducido posteriormente a otros idiomas, entre ellos el inglés.

El diario de Ana Frank se volvería extremadamente popular en muy poco tiempo en el mundo, incluida la remota isla de Australia, y Otto Frank comenzaría a recibir cientos de comunicaciones provenientes de todas partes que le expresaban su solidaridad y admiración, entre ellas la de la joven de piel blanca y cuello elegantemente alargado.

El museo de Ana Frank en la capital holandesa es la única institución que guarda una colección de las misivas que le fueron enviadas al padre de Ana Frank. Sin embargo, hasta ahora, de las respuestas que él envió a diferentes lugares del orbe y de la relación que mantuvo con quienes lograron ponerse en contacto con él muy poco o nada se conocía.

Fue durante 2015 cuando el Museo Judío de Sidney lanzó una convocatoria para dar con el destino de las cartas provenientes de la pluma del señor Frank que pudieran existir al menos en Australia. A través de medios de comunicación, la institución intentó localizar sin mucho éxito a quienes tuvieran en sus archivos algunas de las comunicaciones.

Afortunadamente, la tenacidad de una voluntaria de nombre Ann Slade, quien supo que Anne Finlayson había sido la primera australiana a quien Otto había escrito, le permitió conocer que al casarse la chica había cambiado su nombre a Anne Skurray y que por eso había sido prácticamente imposible dar con ella y su desconocido archivo.

“Eres la primera chica de Australia que me escribe —le dice Otto a Anne Finlayson en aquella primera respuesta de 1957—. He recibido cartas de todas partes del mundo que han leído o han visto la obra de teatro. Es así que se ha formado una comunidad de lectores de Ana Frank conectados por la idea de un mejor entendimiento entre personas de diferentes razas y religiones”.

“A partir de ahí Otto y yo establecimos una relación muy cercana”, contó Finlayson a la cadena pública de televisión australiana ABC tras mostrarse sorprendida del interés público sobre sus preciadas cartas.

En sus escritos, se lee a un Otto Frank que guarda un sentimiento de culpa sobre el destino de su familia y asegura que pudo haber hecho más para protegerla. “Él necesitaba seguir sintiéndose padre luego de que sus hijas Ana y Margot murieron en Belsen en 1945, solo unos días antes de que fuera liberado”, contó.

Frank y Finlayson, intercambiaron comunicaciones por décadas y Anne pudo visitar en un par de ocasiones a Otto y a su segunda esposa, Fritzi, hasta un año antes de su muerte en 1980. Este año, las cartas se exhiben en el museo judío, una tras otra dan cuenta de la cercana amistad de ambos, uno en Europa y la otra en Oceanía.

“Me gusta pensar que yo le di un poco de confort después de la pérdida de toda su familia. El que nosotras tuviéramos el mismo nombre le daba un poco de confort. Una vez me preguntó: ‘¿Has tenido la sensación de que conoces a una persona por mucho tiempo aún cuando acabas de conocerla? Es la sensación que tengo contigo’”, se lee en una de las cartas de Otto dirigida a la “otra Ana”, que ahora ven la luz.