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Miércoles , 21.11.2018 / 01:02 Hoy

‘El diablo de las provincias’, una historia violenta sin balazos ni sangre

La naturaleza como protagonista de una historia de violencia, de esa premisa parte Juan Cárdenas para escribir 'El diablo de las provincias', novela que presentó en la FIL de Guadalajara.

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Tras 15 años en Europa, un biólogo de 40 años vuelve a su ciudad natal, en Colombia, y se enfrenta a su pasado. Éste es el punto de partida para la historia de El diablo de las provincias (Periférica, 2017), la más reciente novela de Juan Cárdenas.

El escritor colombiano, quien presentó su novela en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, habló con MILENIO sobre esta historia de violencia contada a través de un personaje peculiar.

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Está presente en tu novela la violencia de una manera muy sutil, soterrada, sugerida, y está también este mundo de los poderes que son paralelos al Estado. En la novela mexicana, para narrar estos mundos aparecen sicarios, periodistas, detectives, pero tú elegiste un biólogo.

¿Por qué un biólogo para contar la violencia? Porque el mayor crimen de todos es la naturaleza, la naturaleza como invención, como concepto, el concepto de naturaleza es el súper crimen de todos, y en América Latina todo ese concepto de naturaleza históricamente fue muy decisivo en nuestras historias nacionales. Podrías decir que nuestras historias nacionales se configuraron a partir, en gran medida, impulsadas por ese concepto de naturaleza, entonces me pareció casi natural poner este biólogo en medio de esta trama que es muy sencilla.

Este biólogo vuelve a su ciudad natal, ese es el punto de partida de la historia y me parecía casi natural que este hombre fuera el que nos guiara en esta especie de nudo ciego en el que nos vamos adentrando poco a poco en el libro.

Los personajes no son los seres humanos, no es el biólogo, la ex novia, la madre, es la naturaleza. Me sorprende porque la novela latinoamericana había olvidado a este personaje como protagonista.

Es gracioso, porque parece que los latinoamericanos estamos condenados a vender autenticidad en el mercado de las ideas, a satisfacer esa demanda de autenticidad, esa demanda de verdad, cualquier cosa que eso sea, bien sea mostrando la miseria, mostrando el horror, la violencia, mostrando el choque de lo natural y lo humano y lo político, etcétera. Pero me parece que ahora mismo, pasadas tantas décadas de estas experiencias de novelas latinoamericanas que no tratan lo natural o la naturaleza, podemos volver a esas novelas y a esos temas con una mirada crítica más compleja.

Sabemos que todos esos conceptos de naturaleza son construcciones con una historia muy larga. Yo me imagino a esos conceptos como un mil hojas, unas capas de realidad y sustratos históricos. Por eso me pareció importante regresar a todos estos temas, como te decía, el gran crimen del siglo por resolver es saber en qué medida estamos determinados por ese concepto de naturaleza.

Otra cosa que yo celebro de tu novela es que tienes la preocupación verdadera por el lenguaje.

El lenguaje en la ficción, y precisamente por efecto del auge del género periodístico, la crónica, etcétera, se ha instrumentalizado en buena parte de la ficción contemporánea y yo no puedo considerar el lenguaje así porque el lenguaje no es sólo una herramienta, no es sencillamente un instrumento para determinado fin, que sería contar una historia. El lenguaje mismo dentro de su movimiento interno es esa historia y es inseparable de eso.

Yo veo que en esta novela hay historias dentro de la gran trama, y tienes una historia en un momento de la novela que me parece verdaderamente aterradora y creo que le da el fondo ominoso. Ese encuentro del biólogo con un individuo que le cuenta un cuento, uno aterrador, y el biólogo de pronto reconoce en que tierra vive. ¿Qué tiene Colombia en esta novela?

Pues esto es precisamente lo que yo no sé, no tengo una respuesta concisa para eso. Supongo que mi respuesta son las novelas. Y no sólo Colombia, sino en general que es este continente donde nos tocó nacer a todos, con todo se cruce de fantasías, de deseos, de proyecciones históricas, utopías y de horrores.

En tu novela no vemos descabezados, no vemos mutilados, no vemos balazos y sangre. No pude evitar pensar en la violencia como un personaje también. El escritor debe tomar decisiones en cada momento, ¿fuiste consciente de que la violencia tenía que ser como un fantasma presente en la novela?

Esa es una respuesta que mis libros han estado explorando hace rato. Para decirlo rápido: me parece redundante contar la violencia mediante actos violentos. Es una redundancia. La imagen violenta misma requiere un tratamiento y requiere una reflexión que normalmente en su aparición o en la manera que aparece es como en la ficción literaria, cine o televisión, carece de ese marco para poder abordarla bien.

No es que mi libro le tema a la imagen violenta, creo que mi libro está lleno de imágenes violentas pero no necesariamente esas imágenes son del decapitado, la violación o del regodeo en la truculencia. Me parece redundante. Más interesante que eso hay que pensar cuales son las capas de deseo que una sociedad determinada va produciendo para configurar una forma de violencia.


RSE

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