El día que la Heroica Puebla se vistió de gloria

La noche del 5 de Mayo de 1982 no durmieron los poblanos, recorrían las calles vitoreando a la República; se recuerda el día que se venció al ejército francés, el más poderoso de la época.

Puebla

5 de Mayo de 1862. Ciudad de los Ángeles. A la primera luz del sol, el enemigo tendía su campo cerca del cerro de Amalucan, distante tres leguas de la capital. Su ataque era seguro.

La Brigada de Toluca, compuesta de tres cuerpos ligeros al mando del general Felipe Berriozábal, estaba en la plazuela de San José, lugar cercano a los cerros de Loreto y Guadalupe, estando el primero al norte y el segundo al noreste de la misma capital.

La Brigada del general Negrete, compuesta de tres cuerpos, ocupaba los dos cerros citados y avanzaba un poco hacia abajo por el noreste del de Guadalupe, cubriendo al mismo tiempo la pequeña garganta que divide ambas colinas.

El general Ignacio Zaragoza con la brigada de Oaxaca, compuesta de tres cuerpos, al mando del general Porfirio Díaz y con el cuerpo de Zapadores que mandaba el general Francisco Lamadrid, estaba situado en el punto de los Remedios, barrio separado de la ciudad por el oriente.

La Brigada Michoacán, compuesta de tres cuerpos y al mando del general José Rojo, estaba situada en la plazuela de San Francisco, al sur de Guadalupe.

El Batallón Fijo de Veracruz, estaba en la calle de Cárdenas, suburbio inmediato al cerro y también por el lado sur. El Batallón Rifleros de San Luis Potosí, al mando del coronel Carlos Salazar, se encontraba de reserva en el templo del Hospitalito, situado entre el caserío.

Dos Compañías de Michoacán guarnecían el templo de la Compañía de Jesús, y pequeñas fracciones de otros cuerpos y Brigadas, cubrían el perímetro de fortificación en la plaza, quedando todos a las órdenes del general Santiago Tapia.

El único Regimiento de Caballería, al mando del general Antonio Álvarez, y el escuadrón del coronel Miguel Solís, estaban situados al pie del cerro de Loreto por el lado noreste.

Una guerrilla compuesta de sesenta hombres, se avanzaba en la llanura del Molino del Cristo, oriente de la población.

Esta fue la posición de nuestras tropas a las diez y media de la mañana del día 5.

Optimismo francés

Ahora sabemos cuál era la postura de los franceses al pretender tomar la Ciudad de los Ángeles con seis mil hombres. Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, confiaba en su superioridad militar, su organización y su "elevación de sentimientos"; así se lo describió al mariscal de Francia, Lannes, días antes de este 5 de Mayo:

"Somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que le ruego anunciarle a Su Majestad Imperial, Napoleón III, que a partir de este momento y al mando de nuestros 6.000 valientes soldados, ya soy dueño de México".

Mujeres y niñas en los balcones

A los tres cuartos para las once, el ronco tañido de la campana mayor de catedral, anunció que había llegado la hora del combate. Una extraña sensación se apoderó del ánimo de todos, y la población entera se movió con lentitud.

Los alumnos del Colegio del Estado abandonaron sus cátedras y fueron a pedir armas al general comandante de la plaza, y ocuparon en seguida las trincheras de los puntos de San Luis y Santa Catarina.

Los establecimientos de comercio se cerraron y sus dependientes se presentaron al Comandante Militar en solicitud de armas, pasando desde luego a cubrir algunos parapetos.

Los aguadores y domésticos se presentaron también a las trincheras y pidieron armas.

Muchos jóvenes particulares, armados y montados, salieron al campo por la línea que mandaba Zaragoza.

El coronel Rafael Cravioto cubría el punto de San Agustín, con una parte del Batallón de Huauchinango.

Señoras y niñas salían a sus balcones y saludaban con pañuelos a los grupos de tropa y pueblo armado, que atravesaban calles para cubrir las trincheras y las alturas de los templos. Todo era animación, todo entusiasmo para aquella sociedad que ha tenido el hábito de los combates, en nuestras luchas intestinas y que por lo mismo se hallaba acostumbrada al vértigo de los peligros.

Entre tanto, una columna de cinco mil franceses se desprendía del campamento de Amalucan sobre Guadalupe, y haciendo una conversión sobre su derecha, ocupó el rancho de Rentería, noreste del cerro y distante un cuarto de legua. Un cañonazo anunció a los batallones que el enemigo iba a cargar.

El general en jefe del ejército francés, puso su anteojo para nuestra línea de batalla y dijo a don Juan N. Almonte que le acompañaba: "Aquella es tropa", y Almonte, el traidor, le respondió: "Es lujo que servirá de alfombra a vuestros veteranos".

¡Desnaturalizado judas, que al calificar tal mal a nuestros bravos, olvidó que eran los hijos de aquéllos que con esplendente gloria, acaudilló Morelos! [Su padre, José María Morelos y Pavón].

A juicio del general Lorençez y de los traidores que lo acompañaban, la victoria era infalible, y aun varios retrógrados recalcitrantes, de esos que no han faltado en Puebla, prepararon banquetes ese mismo día, para obsequiar a los invasores, y festejar las desgracias de la patria.

El fuego era nutrido

Luego que el general Zaragoza vio el movimiento del ejército francés, ordenó al general Miguel Negrete que avanzara a las faldas de Guadalupe, por donde amenazaba atacar el enemigo, y el general Berriozábal que se situase en Aránzazu, punto que formaba flecha con los dos cerros, aunque más inmediato a Guadalupe por el suroeste [...].

El enemigo ascendía el cerro y Negrete lo encontraba con los tres cuerpos citados y sin disparar un tiro. A 78 metros de la trinchera en donde se encontraron, y cuando los franceses se hallaban a cincuenta pasos de distancia, el general Negrete se quitó de la cabeza su gorra de nutria que llevaba y vuelto a sus soldados exclamó con voz robusta: "¡Soldados, en nombre de Dios y de la Patria, cargad sobre el enemigo!", y el Batallón de serranos y los otros cuerpos, con banderas desplegadas, cayeron como leones sobre cinco mil franceses, y comenzó una lucha cuerpo a cuerpo, brazo a brazo y cuya carga no pudo resistir el enemigo.

[Horas después] La Brigada de Oaxaca (al mando del valiente general Porfirio Díaz), que se avanzaba a la derecha de nuestra línea de batalla (oriente), persiguió al enemigos sobre su derecha, y el Batallón Reforma por su retaguardia, reforzado por un piquete de Lanceros de Oaxaca y algunos jinetes armados que salieron de la ciudad con el objeto de batirse [...].

Por el ala izquierda del enemigo atacaron con denuedo el regimiento del general Antonio Álvarez y el escuadrón del coronel José Miguel Solís, quien perdió un brazo en la lucha. Ésta carga de Caballería intimidó bastante al enemigo, el que llegó a su campo, desmoralizado, arrastrando con trabajo sus cañones.

El teniente coronel de Zapadores, Miguel Balcázar con sus dos compañías del mismo cuerpo, persiguió también al enemigo.

Esta tercera carga del ejército francés la resistió el general Ignacio Zaragoza, quien con bota fuerte, traje de paño de color gris y cachucha azul con bordados de hilo de oro, montaba un caballo prieto.

El despecho del fracaso

Eran las tres y media de la tarde cuando el enemigo, por última vez, quiso, con todo el despecho del fracaso, dar la cuarta carga sobre nuestras posiciones.

El general Lorencez estaba frenético de mortificación, y con la opinión parcial de sus jefes subalternos, quería ser destrozado por completo en este día, y aun deseaba recibir la muerte en el combate.

Al efecto, formó una sola columna de tres mil hombres desmoralizados, con una batería y en marcha compacta se dirigió al cerro de Guadalupe por el lado más difícil y escabroso, tal vez con el objeto de evitar que nuestras fuerzas obraran con expedición en la defensa, y a fuego y pérdida de gente abrirse brecha por allí sobre los parapetos.

Los Fuertes de Loreto y Guadalupe, guardan la gallardía y valor del ejército mexicano


Con su columna se dirigió un poco al sur y nuestros soldados se situaron por el mismo lado de la fortaleza y esperaron el ataque. Pero cuando la columna francesa avanzaba serena en medio de un nutrido fuego de cañones, se desató una fuerte lluvia de granizo y se declaró una tempestad atmosférica, en la que los relámpagos y el trueno competían con las ráfagas de lumbre y el trueno de las armas.

La oscuridad fue densa en esos instantes y pareció que la Naturaleza se interponía para evitar la matanza de los combatientes.

Hubo media hora de silencio y aguacero. El enemigo se refugió entre las barranquillas que se encontró a su paso, poniéndose a cubierto por lo menos de los fuegos de nuestros soldados.

La tempestad del cielo terminó y a las cuatro y tres cuartos de la tarde regresaban los franceses mustios y cabizbajos a su campamento, donde se parapetaron con sus trenes, considerándose perdidos.

La jornada había tenido fin, las bandas de nuestros batallones tocaban dianas, los "vivas" y las aclamaciones hendían los aires, y el estandarte nacional flameaba victoriosos en las alturas y en medio de los batallones.

El general Zaragoza recogió las Brigadas y les presentó batalla a los franceses, allí frente a su campamento, pero la esquivaron y entonces se retiró a las siete de la noche para los dos cerros, la Misericordia y los Remedios.

El enemigo cargó con casi todos sus heridos, dejando en nuestro campo 1139 muertos, y en poder de nuestras tropas 40 prisioneros y 200 rifles.

Nuestro ejército tuvo de baja cuatrocientos noventa hombres, y doscientos diez heridos. Se quemaron ciento noventa mil mil cartuchos de fusil, carabina y rifle y dos mil ciento cincuenta de cañón.

En la noche del día 5 de Mayo no durmieron los poblanos, recorrían las calles vitoreando a la República y a la Patria. Muchas señoras se presentaron en los hospitales de sangre para curar a los heridos, y generalmente toda la sociedad tomó en la patriótica beneficencia, con excepción de los conservadores. [...]

El día 6 de mayo fueron quemados los cadáveres mexicanos y franceses... El día 7 el general Zaragoza presentó batalla al enemigo con diez mil hombres, pero el enemigo la evitó atrincherándose en su campamento con los carros que traía.

Los historiadores dicen que el enemigo dejó en el campo de batalla más de mil 100 muertos


En el silencio de esa noche, cuando nuestro ejército descansaba de sus prolongadísimas fatigas, el enemigo levantó sus tiendas y huyó rumbo a Orizaba. El día 8 nuestro ejército comenzó a salir en su persecución.

¡Qué bueno sería quemar a Puebla...!

En una carta fechada el 9 de mayo de 1862, Ygnacio Zaragoza (que así escribía su nombre, con Y), comenta al presidente Benito Juárez García:

"No me parece por demás advertir a V. que por este rumbo existen gruesas partidas de reaccionarios y que el orgullo francés ha sido herido profunda [mente] y por lo mismo importante mucho que esta ciudad, que no he incendiado porque existen en ella criaturas inocentes, quede de pronto bien resguardada y que se mande fortificar en regla, sin pérdida de tiempo y sin omitir gastos, para que no nos volvamos a ver en otro caso tan difícil como el que acabamos de pasar...".

Antes, el 7 de mayo, Zaragoza escribe al presidente Juárez:

"La persona que usted me encarga que esté en la oficina telegráfica no podrá decirle a usted sino lo que yo le transmita, de modo que yo tendré cuidado de participar cuanto ocurra de interés para evitar noticias falsas y alarmas que en la ciudad traidora cuan egoísta Puebla circulan. Esta ciudad no tiene remedio".

Pero lo que dejó una huella "maldita" en Zaragoza, es que quería quemar la ciudad y fue más explícito en su propósito en una segunda carta enviada al presidente Benito Juárez el 9 de mayo de 1862. La historia no es mítica. Está documentada:

"En cuanto al dinero nada se puede hacer aquí, porque esta gente es mala en lo general y sobre todo muy indolente y egoísta; sin embargo, acabo de mandar ver al señor Cabrera. Hoy no he podido completar ni para un día de socorro económico que importa $3,700,00 porque sólo tiene la Comisaría $3,300,00. La fuerza está sin socorro desde el día 5 y casi sin rancho. ¡Qué bueno sería quemar a Puebla! Está de luto por el acontecimiento del día 5. Esto es triste, pero es la realidad".

Historiadores y cronistas piden no sacar de contexto las palabras de Ignacio Zaragoza; y aseguran que el grueso de la población estaba con él, no así una fracción del alto clero y de la burguesía.

Transcripción Moisés Ramos.

Crónica de Manuel Emiliano Ayala de la batalla que tuvo como principal escenario el cerro de Acueyametepec; publicada en una hoja volante el 5 de Mayo de 1874 y reeditada por el doctor Efraín Castro Morales en 1988.