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Martes , 19.06.2018 / 14:06 Hoy

'Detroit', de Kathryn Bigelow

Los paisajes invisibles


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Iván Ríos Gascón

El 23 de julio de 1967, la policía de Detroit hizo una redada en un bar que servía alcohol a deshoras en Victoria Park, un barrio predominantemente negro. Aunque se trataba de una fiesta privada (la bienvenida a unos reclutas que retornaron de Vietnam), los polis hicieron lo acostumbrado: golpearon y catearon a los hombres, ultrajaron a las mujeres, los remitieron a las mazmorras. Hastiados de la recurrente prepotencia y brutalidad policiaca, los vecinos de Victoria Park comenzaron una revuelta: saquearon tiendas, apedrearon patrullas, quemaron autos. La respuesta, en “el país de la libertad y la democracia”, fue enviar a la Guardia Nacional, lo que enardeció aún más los ánimos y, para menguar la escalada de la protesta, comenzaron los toques de queda y más redadas (el argumento fue que había francotiradores) y entonces sucedió: un soldado mató a una niña que asomó por una ventana, el oficial Phillip Krauss disparó por la espalda a un pobre diablo que robó un comercio de abarrotes y después la ley marcial. El 25 de julio, en ese sórdido ambiente policiaco–militar, un bromista hospedado en el Motel Algiers, cercano a Victoria Park, percutió una pistola de fulminantes a decenas de metros de la tropa y provocó uno de los crímenes raciales más infames del siglo XX estadunidense: la policía, encabezada por el oficial Krauss, asesinó a tres hombres y golpeó con saña a nueve personas más. Eran diez negros y dos mujeres caucásicas. (¿Sobra decir que la policía local, la estatal y la Guardia Nacional era de piel blanca?... Entre ellos solo había un tipo negro, que intentó hacer de mediador, el guardia privado Melvin Dismukes.) Aquella noche, Larry Cleveland Reed, cantante de The Dramatics, vio truncada su carrera: el asesinato de su amigo Fred (regresaban de una malograda presentación en la que los productores de Motown iban a escuchar a The Dramatics pero debido al toque de queda se hospedaron en el Algiers) le inoculó una incurable fobia policiaca y se refugió por el resto de su vida en el humilde escalafón del coro de una iglesia.

Esta es una breve sinopsis de Detroit, el filme más reciente de Kathryn Bigelow (directora de Point Break, Strange Days, The Hurt Locker, Zero Dark Thirty), y créanme que es breve en tanto no vean la película, porque no solo omití detalles relevantes sino que tampoco anticipé el desenlace ni narré la turbación que provocan algunos personajes o la espiral de reflexiones que el guión de Mark Boal va planteando conforme avanza este relato (o incidente) que pudo acontecer en los años noventa o en 2000, en 2005 o el día de ayer o que podría suceder la próxima semana: los asesinatos de Florida (Trayvon Martin, 2014) y de Ferguson, Missouri (Michael Brown, 2015), perpetrados por policías sajones, mantienen vigente esa sentencia de James Baldwin a propósito de Medgar Evers, Malcolm X y Martin Luther King: “La historia del Negro en América es la historia de América, y no es una bonita historia”, frase que, por cierto, subraya el documental No soy tu negro (2016), de Raoul Peck, en el que Baldwin reflexiona en flashback y anticipa en flashforward la imposible alteridad en un país (y un planeta) que se sostiene en sus impulsos primarios: Kathryn Bigelow recrea en Detroit lo que sucedió hace 50 años y al mismo tiempo exhibe el presente de miseria moral, fascismo, misoginia, xenofobia y racismo porque sí: el tiempo cambia todo menos los instintos y las mentalidades (apenas en agosto de 2017, en Charlottsville, Virginia, los blancos supremacistas se declararon en guerra contra la población negra y las etnias inferiores). Detroit, de Kathryn Bigelow, es apenas una pincelada y no un retrato de este mundo en el que se cancela la publicación de los panfletos antisemitas de Céline por “incitar” al odio, pero se tolera sin aspavientos que un Donald Trump se refiera a El Salvador y Haití como “países de mierda” (¿cuántos más están, o estamos, en ese saco de materia oscura que almacena su fuero interno? La pregunta vale porque es como atisbar a las entrañas de un supremacista que por desgracia tiene acceso al botón que puede arrasar el planeta).

@IvanRiosGascon


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